Hacía un clima del demonio cuando Jonás se quitó la camisa a la entrada de la farmacia. La mañana de aquel Jueves, mientras él no podía escuchar nada más salvo lo que sus sueños le relatasen, la señora del clima decía en la tele del cuarto de al lado, que eran 39 grados los que azotaban Caracas. 39 grados que le adherían a la ciudad un poco más de pegote, y a Jonás, le mutilaban sus intenciones de un sueño completo. Frustrado y aún malpegado, tendría que levantarse de su plácida cama y enfrentar el caos habitual de su circo social. Era necesario prepararse lo más rápido posible; el día anterior tenía intenciones de sacar cosas de su cabeza y en el interín, también se esfumaría la compra de la píldora que lo mantenía de humana apariencia. Ya para el momento en que se encontraba frente al escarapelado ascensor de su edificio, estaría casi vestido por completo. Decimos casi porque la camisa aún está al revés y los pantalones a medio cinturón, flojos. Jonás era un tipo que debía jugar a aquello del Jekyll y el Hyde. Violencia y demencial apuro como rutina. Tres o cuatro cuadras a velocidad de sedentarias piernas de treintañero y el cansancio que golpea pinchando en el estómago. Habría que llegar rápido, pero el sol inclemente no le ayudaba. Sudor a raudales en todo su cuerpo y un malestar incipiente; ya se divisa el rojo neón que reza “de turno”. Más dolor de rodillas y punzadas miles. Pantalones y piernas se aman y se juntan tanto como pueden, gracias a los fulanos 39. Ya el razonamiento lógico lleva a Jonás a desprenderse de su prenda superior. La morena obesa que gana su sueldo al paso del clic-abolla-facturas, gustosa de más jarabe del que cualquier tos casual pudiera necesitar; reportó que el muchacho descamisado, sudoroso y pálido escupió palabras inentendibles y luego, empezó a temblar sin control en el piso de la droguería.



Crónica citadina de un habitante de una de estas metropolis locas que vuelven locos a los ciudadanos con su movimiento permanente, su bullicio, con el trajinar de miles de seres luchando por un espacio donde no todos caben. Felicitaciones por esta crónica urbana de una ficción-realidad que a ratos nos aturde. Sigue adelante madurando los textos y dejando fluir esa imaginación que sé que tienes.
¡Gracias, viejo! Amor para ti que tanto arte tienes
Muy buen relato, tengo un hijo epiléptico y no pude dejar de sentirme identificado. Muchas gracias por compartir. Saludos
Profundamente conmovido con tus palabras, Nanky. Gracias miles. Saludos.