Creo que en ocasiones es difícil describir los sonidos de las casas viejas. Cada cual descubre una palabra nueva, un ademán, una melodía que recrea los lamentos de las vigas, el llanto de los cristales, los pasos al bajar o subir una escalera. Las de mi casa suenan distinto de otras muchas que mis pies han recorrido. Hace mucho tiempo que se les ha apagado el brillo, sosteniendo las vidas e historias de sus inquilinos. Tienen ese sonido de la soledad que nos acompaña cuando visitamos museos poco concurridos o volvemos a casa a altas horas de la madrugada. Yo las bajo sosteniendo el peso sobre las puntas de los pies, sin apenas pisarlas, como con miedo a despertarlas de su silencio.
El patio hoy no me recibe con su habitual olor a limpio. Seguro que Esperanza se ha quedado acurrucada en la cama soñando con las playas de su Caribe natal y luego tendrá que ir como una loca quejándose de lo dura que es la vida en España. Cantando a pleno pulmón con su dulce voz de almíbar esas canciones de nostalgia y amores abandonados. La puerta tampoco emite su acostumbrada queja ante mi osadía de salir o entrar, que eso nunca se sabe, uno piensa que esta saliendo y puede que la realidad sea al contrario, que esta entrando en una dimensión paralela que es la vida cotidiana.
La calle Mayor me recibe con un aroma entre extraño y familiar del que casi no me he dado cuenta hasta que giro en Don Jaime I. En ocasiones, cuando paseo mirando sin ver, abstraído, sólo tomo conciencia de las cosas cuando llego al final del trayecto, al apagar el piloto automático. Hoy inconscientemente me he detenido al llegar a San Gil, he tenido el impulso, la necesidad de conversar unos minutos con Él. Dentro hay una semipenumbra que sólo deja entrever las facciones y la luz que apenas se cuela me muestra el polvo en suspensión flotando en el aire. Me acerco al espacio en sombra donde Él siempre me recibe con esa sonrisa que te conquista al instante. Sus ojos tienen la belleza profunda de las maderas nobles.
Hola, tenía necesidad de hablar un rato contigo.
Le miro hacia los ojos y mi mano apenas roza su cuerpo.
El otro día creí verte abrazado a una niña a la que se le habían roto los sueños.
Él me mira y sonríe, pero su silencio es más elocuente que mis palabras, bajo mis ojos al suelo murmurando una oración ininteligible, mientras escucho su voz de vida. Entonces mi duda como una enseñanza de la verdad se atrinchera entre nosotros.
Al salir a la calle la luz me deslumbra unos segundos, justo para que mis pies tropiecen con una lata de sardinas de esas de pandereta, con unas monedas dentro que suenan por el impulso de mi patada. Pero no hay ningún mendigo que reclame mi limosna o el perdón por el tropiezo. Me sorprende que, siendo la hora que es, la plaza de Sinués y Urbiola esté vacía y sin ninguna señal de actividad. Dirijo mis pasos hacia el paseo de Independencia y los semáforos sólo regulan mis latidos en el silencio de la mañana. En los bares, los bocadillos se agrupan encima de los mostradores, esperando las bocas ausentes y los cafés todavía humeantes son solitarios clientes en las cafeterías. No alcanzo a comprender por qué la gente no asiste al rito diario del desayuno. Mis pies apresuran su ritmo, sonando vacíos en las losas recién colocadas de las aceras. Es insólito que nadie se cruce conmigo esta mañana. Los libros esperan inútilmente en los estantes de las librerías, que alguien abra sus hojas y rompa el silencio con alguna palabra.
En la glorieta de Sasera, se hace evidente algo que me he resistido a reconocer, estoy solo en la ciudad. Recorro mentalmente los detalles que jalonan mi paseo desde que me he levantado esta mañana y tomo conciencia real de ello. No hay nadie a quien le pueda preguntar qué ha pasado, por qué este vacío, esta nada, esta soledad que me rodea. El mundo es un sitio terrible cuajado de gente a la que yo no logro encontrar.
Decido continuar mi búsqueda y recorro todo el paseo de Las Damas, hoy vacío de ellas. En los árboles, las hojas permanecen inmóviles, extrañamente suspendidas en el tiempo, sin el vaivén de la brisa, sin la susurrante quietud de la naturaleza. La atmósfera está cargada de una ausencia de sonido inquietante. El cielo matinal, es una fotografía inmóvil, donde las nubes no eligen ninguna dirección para moverse. Angustiado, miro los rincones donde permanece el recuerdo de la aglomeración, la concurrida plaza de Los Sitios, donde hasta el agua guarda silencio suspendida de las fuentes.
El Sol estaba alto, muy alto en el cielo, coronando todas las cosas. Miré entorno para descubrir alguna sombra delatora, que marcase el paso del tiempo. Pero la luz cegaba las esquinas, los soportales, todo era de una luminosidad espectral, haciendo bailar los edificios como si estuvieran hechos de humo y se difuminaran.
Me pareció que era el momento de regresar al punto de partida. Fui atajando por las calles estrechas que enmascaran mi solitario paseo. Al llegar pensé, le preguntaré a Él si sabe algo de esta opresiva nada que lo envuelve todo. Tomé aire tratando de refrescar mis pulmones, pero su ausencia es patente y desisto casi de respirar. La luz cada vez es más blanca, más brillante, y a pesar de ponerme las gafas de sol tengo que entornar los ojos para poder ver.
El mendigo sigue ausente, y las monedas continúan esparcidas en torno al pórtico de San Gil. Dentro Él está contemplándome desde la penumbra, como si mi paseo hubiera sido un paréntesis en nuestra conversación.
-“No hay nadie en la ciudad, ¿Por qué?”-
Le lanzo la pregunta con urgencia, pero sabiendo de antemano la contestación.
-“¿Es por ti?”-
-“¿Por fin has rellenado el crucigrama y otorgado a cada cual su casilla?”-
-“¿O simplemente te has cansado y quieres poner fin a la obra de teatro que comenzaste?”-
-“No lo sé, tal vez estés tan hastiado como yo de contar las escaleras que te separan de la calle”-
-“¿Por qué te sientes tan solo?”-
Su pregunta me llega de improviso, haciéndome retirar la mano que apoyaba en sus pies.
-“¿Dónde has estado todo este tiempo?”-
Su voz formula la pregunta con suavidad, tranquilizándome.
-“Todo el mundo está ya aquí conmigo, tú ¿A qué esperas?”-
La luz se abre paso a través de la puerta, y es de un color verde, muy verde, de un verde tan hermoso que solo le falta el blanco del horizonte para ser perfecta.




Vladodivac: relato que se lee de un tirón, siempre esperando la respuesta a esa interrogante de por qué, a plena luz del dia, no hay nadie en las calles, en la vía pública, nadie, digo, que note nuestra presencia. Y nos pones de manifiesto esta terrible realidad de que, a pesar de tantos transeuntes,de tante gente con la que te topas fuera de casa, estás solo…a nadie le interesas, a no ser que seas funcionario público del que se puede sacar algún beneficio.
Atentamente
Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México
Gracias Volivar, me gusta que el cuento te haya llegado, es difícil a veces describir esos momentos, Gracias por tu comentario..
SORPRENDENTE!!!
Expuesto y expresado con valentía.
me gusta.
Mil gracias por tu percepción, es un placer….
Muy interesante y creativo el relato. Muy bien retratada esa opresiva atmósfera de silencio y soledad. Gracias por compartir.
Gracias a ti por leerlo. Y por tu comentario…