Querida Paula:
Hoy hace once meses, dos semanas y cinco días que no te veo, pero pienso en ti a todas horas.
La noche, con su aterciopelado manto, cubre los prados. Reina el silencio, interrumpido, únicamente, por el canto de los grillos o el croar de las ranas.
Acaba de pasar una estrella fugaz. He cerrado los ojos y le pedí un deseo. Decías tú que si se tiene fe y confianza, la magia de la estrella lo concederá. Yo solo ansío una cosa: volver a verte.
Cada día revivo el día en que te conocí y el tiempo que pasamos juntos. No sabes cuánto te añoro. De mis ojos está brotando llanto; pero no me tengas lástima, que no es por dolor, sino de agradecimiento, ternura y nostalgia.
Te vi, por vez primera, una mañana del mes de mayo. El campo estaba florido y se respiraba la dulce fragancia de la primavera. Después de muchas horas de viaje, cuando el cansancio comenzaba a dejar huella en mi cara, llegué al lugar en el que pasaría los días más felices de mi vida.
Embriagado por aroma de romero y claveles de pasión; embrujado por la resonancia de castañuelas y quejidos de guitarra, se erguía el que sería mi hogar durante mucho tiempo, un acogedor cortijo blanco situado en “Cuevas de Puente Abajo”, en la mágica Granada.
De pronto apareciste tú, con tus largas trenzas de ébano y mirada vivaracha. Llegaste a mí, corriendo, alborotada y feliz, como cuando recibes un regalo de cumpleaños.
Desde el primer instante, me robaste el corazón. Esperaba, ansioso, el momento en que, después de mi jornada laboral, venías a verme y jugábamos, dichosos, entre rojas amapolas y dorados trigales. Recuerdo aquellas tardes interminables y el sonido de tu risa cantarina. Te gustaba colocarme aquel sombrero rojo sobre la cabeza y rodearme el cuello con aquella bufanda blanca, en los fríos días de invierno. A mí me resultaba incómodo, y trataba de quitármelos; entonces, con pícara sonrisa y gracioso acento andaluz, tú me regañabas y decías que era muy testarudo.
De ti me gustaba todo, incluso cuando me sermoneabas, cuando me hacías rabiar tirándome de las orejas; o cuando, cabalgando sobre mi lomo, te empecinabas en correr tras las hojas del otoño en los días de viento sur, a pesar de que a mi no me gusta el viento.
Los años pasaron y, apenas sin darme cuenta, tus atenciones fueron disminuyendo, hasta que un día desaparecieron. Poco a poco, te fuiste alejando; ya no te divertía jugar conmigo. Hiciste nuevos amigos y yo me convertí en invisible ante tus ojos.
No entendí tu cambio de actitud hacia mí. Sin embargo, traté de justificarte. Me acostumbré a verte de lejos, y aunque ya no me mirabas, yo te seguía queriendo como siempre.
Hoy han venido unos hombres extraños, de serio semblante y modales toscos. No entiendo lo que dicen, pero he sentido un escalofrío en el alma. Me llevaron consigo hasta un camión como el que me trajo muchos años atrás. Me puse nervioso y me tropecé al subir a la plataforma del furgón; casi me caigo.
Nadie me lo dijo, pero sé que no volveré a verte nunca. Busqué tus ojos en la puerta del cortijo, en el huerto, y en la ventana entreabierta del mirador; pero, lamentablemente, tú no estabas. Hubiera dado, con gusto, el tiempo que me restase de vida por una mirada, por una sonrisa, por una caricia en mi cansado lomo. Un ansioso rebuzno surgió de mi garganta. Era mi forma de decirte “hasta siempre”.
Nos alejamos deprisa; el paisaje se perdía ante mis ojos. A pesar del tiempo transcurrido, pude reconocer los árboles, el canto de las aguas del río, e incluso las piedras del camino por la que pasé cuando llegué por primera vez al pueblo. De pronto, todo se ha nublado ante mis ojos. No es la niebla, ni el caer de la noche. Son mis lágrimas.
Sí, estoy llorando. No me siento avergonzado por tener sentimientos. Los burros también lloramos. No puedo evitarlo. ¡Te quiero tanto! No te guardo rencor, ni siquiera te hago reproches. Lejos de albergar sentimientos negativos en mi alma, perpetuaré la alegría de los días vividos y de las experiencias compartidas.
Conservaré tu imagen en mi retina; en mi recuerdo, aquellas tardes de juegos, de risas cristalinas, de tus mimos y caricias; y en mi corazón, la adoración que te profeso.
No comprendo el porqué de tu olvido. Lo pienso, y al no encontrar motivo, me pregunto ¿será por ser yo un asno viejo y tú una linda y joven dama?
FIN



Awww… Me encantó. Eres realmente buena. Felicidades. Mi voto
+1
Muchas gracias, Gustavo. Un abrazo
Hermoso, Cenicienta. Promediando el cuento, me decía que le faltaba el final sorpresivo… y vaya que me lo diste. Te felicito y mi voto!
Muchas gracias Lidy, me alegra que el final haya sido de tu agrado. Aunque es un poco triste, refleja nuestro olvido a los animales. ¿ no crees?.
Un besazo
Tu destreza narrativa sorprende Cenicienta.
Contigo la literatura florece.
Y los sentimientos que vuelcas en el relato emocionan.
Maravilloso.
Un beso.
Y el voto.
Muchísimas gracias, Richard; tu comentario además de halagador, es un hermoso poema.
Te agradezo mucho tu dedicación y amabilidad.
Un besazo
Cenicienta literaria: eres terrible; mira que mantenernos a la expectativa casi hasta el final de tu relato, tan mágico, que hasta a mí me dieron ganas de estar en ese precioso cortijo de “Cuevas de Puente Abajo”, escuchando los cantos de los grillos y la boruca de las ranas, metido en el trigal para lanzar, yo también, mis más agudos rebuznos.
Recordé a José María Gabriel y Galán; a Azorín, a Fernán Caballero.
Creo que voy a estudiar este cuento; me lo meteré en la sesera y así podré recordarlo cuando me abrume la cotidianidad.
Mi voto
Volivar
Muchas gracias, Volivar.
No sabes cuanto admiro tu destreza al escribir, incluso manifestada en los comentarios de mis cuentos.
Eres ingenioso y divertido, además de culto e inteligente.
Me alegra que hayas podido viajar a “Cuevas de Puente Abajo” aunque sea con la imaginación.
Un besazo, amigo