Con el rostro desencajado, los ojos enrojecidos por el llanto, envuelta en negro ropaje y con expresión ausente, yacía Graciela sobre el butacón de piel. Frente a la ventana, sosteniendo una copa de licor en la mano, permanecía inmóvil, en la misma posición que adoptase horas antes y con la mirada puesta en el infinito.
El silencio reinaba en la desolada estancia. Los muebles, cubiertos de polvo, delataban la ausencia de una mano que les mantuviese limpios y en orden.
El desbarajuste de la vivienda, fiel reflejo del abandono interior de Graciela, era consecuencia del trágico suceso que perturbaba su vida.
Comenzaba a declinar el día, dando paso al anochecer, aunque a ella la circunstancia le resultase desapercibida.
Se incorporó compulsivamente. Con voz desgarradora y suplicante, se dirigió a la sombra que, chulesca, la miraba con gesto burlón desde el quicio de la puerta.
-¡Vete de aquí! ¡Déjame en paz! - clamó, sin apenas levantar la mirada del suelo.
Sus lágrimas, cual manantial en busca de libertad, parecieron cobrar vida, desparramándose caprichosamente por su cara.
Ajena al sufrimiento de la atormentada mujer, la misteriosa figura caminó unos pasos hacia adelante.
Graciela se cubrió el rostro con ambas manos, liberando la copa. Cayó ésta al suelo y estalló en mil pedazos. Sobre la moqueta quedó plasmado un boceto antojadizo e indescifrable.
El frágil cuerpo femenino se cimbreaba de un lado a otro, carente de voluntad. Con voz sofocada por el angustioso llanto, se dirigió de nuevo a la oscura silueta.
-¿Qué quieres de mi? - preguntó, ansiosa.
La siniestra aparición, elevando el tono de voz para hacer valer su autoridad, respondió:
- Nada deseo de ti ¿Quién puede querer algo de un ser tan derrotado? Eres tú quien me reclamas; yo solo secundo tus deseos.
Graciela, consciente de que estaba entrando en el juego de la astuta efigie, se sentía furiosa consigo misma; pero, aún así, desconocía cómo poner fin a aquella grotesca situación.
En absurdo intento por persuadir a la imagen para que dejase de asediarla, comenzó a exponer sus razones en forma de desesperadas súplicas.
- Éste no es tu lugar. Odio que aparezcas ante mí, regocijándote de lo que sufro. Juegas a engañarme, y cuando te creo vencida, regresas de nuevo para aumentar mi tortura.
La sombría figura avanzó un paso más, hasta situarse frente a Graciela, que espantada por la cercanía, escondió su maltrecho cuerpo tras los débiles brazos, en desesperado intento de protegerse.
- ¿Quién eres? ¿Qué deseas de mí? - volvió a preguntar, anhelando recobrar la cordura.
- Dímelo tú, que bien lo sabes.
Su voz llenó la estancia de lúgubres premoniciones.
Graciela hubiera deseado morir en aquél instante con tal de poner fin a la terrible pesadilla que la perseguía una y otra vez, sin darle tregua.
- Desconozco quién eres. ¿Por qué me atormentas? - inquirió, desesperada.
La enigmática figura, que parecía crecer entre las sombras, replicó con desprecio:
-Tú eres la única responsable de que acuda a ti una y otra vez.
-¿Acaso soy yo quién te llama? ¿Soy yo quién te invita a invadir mi vida, si puede llamarse así al tormento que sufro día a día? - rebatió Graciela -. No hay Dios al que no haya acudido en busca de protección, ni puerta a la que no haya llamado reclamando ayuda; pero todo mi esfuerzo ha sido en vano.
La silueta fantasmal que tanto se le asemejaba, clavó sus vacías pupilas en las de Graciela.
- ¿De verdad crees lo que dices? No te engañes, intentando justificar tu cobardía. ¡Mírate! - exclamó la visión -. Resultas patética, siempre con la mente obnubilada; cuando no son las pastillas, es el alcohol. ¿A quién quieres convencer? ¡Tú, pobre despojo humano, eres quien me reclamas con insistencia!
En desesperado intento para acallar la voz que tanto la inquietaba, Graciella se presionó los oídos. Comenzó a canturrear, como hacia de pequeña cuando alguna situación le asustaba.
Presa del agotamiento que la producía tan desesperante e ilógica batalla, y después de permanecer inmóvil unos minutos, miró angustiada a uno y otro lado, cerrando los ojos.
Todo pareció volver a la normalidad. Suspiró aliviada.
La noche comenzaba a extender su aterciopelado manto sobre la ciudad. Apenas había gente transitando por las calles; la lluvia acariciaba la urbe con sus interminables dedos cristalinos
Recogió los vidrios rotos del suelo e intentó eliminar la mancha de la moqueta, mudo testigo de lo sucedido horas antes.
Se acercó al aseo en busca de alguna pastilla que calmase la angustia que, aunque fuese por corto espacio de tiempo, seguía invadiéndola.
Las palabras de la extraña sombra acudieron prontas a su memoria.
En las últimas semanas consumía las horas entre medicamentos y alcohol. Se lo confesaba a sí misma, consciente de que, poco a poco, estaba minando su vida. Se sentía incapaz de remontar tan triste situación; pero, ¿qué otra cosa podía hacer? -se preguntaba cuando su mente recobraba la lucidez.
Pasado el efecto del sedante, el dolor resultaba tan insoportable que solo lograba sobrellevarlo con unos tragos de alcohol. Al menos eso era lo que deseaba creer; mas el olvido se tornaba en quimera inalcanzable.
El licor, lejos de aminorar su sufrimiento, hacía que éste cobrara aún más fuerza, hasta romperla por dentro - reconoció con desconsuelo.
Cogió una de las píldoras; titubeó durante unos instantes. Sabía que precisaba algo más que los fármacos para levantarse del duro golpe que había sacudido su vida. ¡Necesitaba valor! Mas si apenas le quedaban fuerzas para sostenerse en pie, ¿cómo iba a plantearse reiniciar la existencia? - se preguntaba una y otra vez, sin hallar respuesta satisfactoria.
Su vida permanecía en paréntesis desde el trágico acontecimiento de unas semanas antes.
Depositó el fármaco sobre su blanquecina lengua y bebió un trago de agua. A continuación, dirigió sus pasos, con torpeza, hasta el dormitorio; se recostó sobre la cama y, poco a poco, fue sumiéndose en profundo letargo.
Despertó sobresaltada. El sol de la mañana con su amoroso abrazo, entraba a raudales por el amplio ventanal.
- Otro día más - susurró con desaliento -. Si pudiese dormir el sueño eterno… No despertar jamás, era el único deseo de su dolorido corazón.
Se incorporó lentamente y caminó hasta la ventana. Retiró la cortina.
Los niños correteaban por la calle, inventando mil y una travesuras para divertirse, a la vez que exasperaban la paciencia de algún que otro abuelo.
- Hace un precioso día - balbució.
Se giró hacia la puerta que franqueaba la entrada a la vivienda. Incapaz de atravesar el umbral que la llevaría de nuevo a tomar contacto con el mundo, dirigió sus pasos hasta el arsenal de medicinas que se amontonaban sobre una de las estanterías del cuarto de baño.
Había píldoras de todos los tamaños y colores: fármacos para calmar la ansiedad, antidepresivos y somníferos.
Tomó entre sus dedos una gragea de color rojo; no importaba la prescripción para la que estuviese creada. Fuera para lo que fuese, la ayudaría a aliviar la angustia que sentía.
Su pulso, tembloroso, no le permitía acercar con seguridad el vaso de agua hasta los trémulos labios.
Apenas hubo conseguido tragar el medicamento, se dejó caer sobre el butacón de fina piel, confidente de su dolor en las últimas semanas. Así sucedía desde aquél trágico viernes, en el que su marido e hijos perdieran la vida a causa de un absurdo accidente.
Nada tenía sentido. Se debatía entre el dolor, la soledad y la desesperanza, sin encontrar alivio para su padecimiento.
Incapaz de aceptar la tragedia, pasaba los días atrapada en sus recuerdos, aferrándose a la ropa y objetos de los que, hasta ese fatídico día, fueron de sus familiares queridos.
Aislándose del mundo, se había refugiado en el búnker que su hogar representaba.
Sin apenas tomar alimento, abandonó su aspecto; carente de higiene, mostraba los restos, irreconocibles, de la que fuera hermosa mujer poco antes.
La sensación de vértigo la obligó a cerrar los ojos. No podía pensar, solo recordaba, una y otra vez, su amargo sufrimiento.
De pronto, aquella misteriosa representación que ahora formaba parte de su presente, surgió de nuevo ante ella.
Intentando huir, cayó de bruces en el suelo. El corazón galopaba velozmente, como queriendo escapar de aquel pecho que se había convertido en su carcelero.
- ¡Ahora me recibes con reverencia! - increpó la sombra, mordaz.
Graciela, sin levantar los ojos del suelo, profirió:
- ¡Vete, vete!
La sombra dio un paso adelante. Erguida, continuó hablando:
-Dime tú que me vaya.
- ¿No es eso lo que estoy haciendo? ¿Acaso te has vuelo sorda? - gimió Graciela.
- No seas cobarde. Si realmente quieres que salga de tu vida, dímelo frente a frente- rebatió la figura.
Frente a frente, pensó Graciela. ¿Cómo hacerlo, si el pánico que sentía era tan intenso que se veía incapaz de levantar la mirada ni un palmo del suelo?
- ¡Adelante! ¡Mírame! - gritó el fantasma.
Un sinfín de pensamientos contradictorios recorrieron, cual relámpago fugaz, la confusa mente de la mujer.
Alzó los ojos. La fotografía, en la que aparecía con su marido e hijos de vacaciones en Roma, era fiel testigo de la felicidad vivida.
Desde el marco que descansaba en la repisa, el más pequeño de los retoños, Sergio, la besaba en la mejilla, colgándose de su cuello.
¡Dios, cuánto les amaba!
Cogió el retrato, lo besó y tras mirarlo durante unos segundos, lo estrechó contra su pecho.
Durante unos instantes la pareció escuchar las alegres risas de los niños, correteando por la casa. Por unas décimas de segundo volvió a sentir que nada había ocurrido, que seguían siendo una familia feliz. Mas la cruda realidad se hizo presente.
Reflexionando, convino en que por amor hacia ellos no podía rendirse. En honor a su memoria, debía seguir viviendo. Si, como ella creía, estaban protegiéndola desde el otro mundo, sufrirían al verla en tan lamentable situación. ¡No podía permitirlo! - decidió.
En acopio de valor, surgido de no se sabe qué rincón escondido de su alma, irguió la cabeza y miró a la extraña silueta directamente a los ojos. No tenía nada que perder y, acaso, mucho que ganar.
Su doble, con sarcástica expresión, adoptaba por segundos segundo mil y un rostros. Su voz, con tono de enojo y prepotencia, no cesaba en su empeño por desquiciarla.
- ¡Vamos, dime que me vaya! - insistió con desafiante actitud.
Graciela sentía ganas de gritar, de llorar, de huir… Un gélido escalofrío recorrió su cuerpo.
Permaneció inmóvil, erguida frente a aquella desconocida que empezaba a hacerse familiar. Por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesta a luchar, a enfrentarse a la realidad. No podía seguir huyendo el resto de su vida. Había llegado el momento de enfrentarse a los avatares, haciéndoles cara.
De su garganta emergió un gemido. Sorprendida, a duras penas le reconoció como suyo. Llevaba tanto tiempo susurrando que había olvidado gritar.
- ¡Sí, sé quien eres, sombra de los mil rostros! - clamó furiosa -. Sé cuál es tu nombre. Me has perseguido día y noche durante las últimas semanas,
Graciela, respiró hondo antes de continuar con su monólogo:
- Es cierto lo que afirmas. No eres tú quien viene, sino yo quien te reclamo. Antes no era consciente de mi debilidad. Aunque te disfraces una y mil veces, te reconoceré. Me acucias por doquier, pero soy yo quien te alimenta. Cual magistral actriz, te transformas; a conveniencia, eres tristeza, soledad, o autocompasión.
Tragó saliva sin perder de vista a su rival.
- Solo tienes un nombre - continuó argumentando -. Uno solo y verdadero. Ahora sí que puedo gritarlo - tomó aire y continuó -: Te di el poder sobre mí, y ahora te lo quito. ¡Te he vencido! Por fin puedo mirarte a los ojos y exigirte que te vayas. Únicamente yo puedo destruirte, porque fui quien te creó!
Con el rostro erguido y actitud altanera, rugió aquella palabra, que hasta entonces no había sido capaz de pronunciar.
- ¡Tu nombre es Miedo!
Una sensación de alivio siguió a sus declaraciones. Había sido capaz de enfrentarse a sus fantasmas.
Sonrió satisfecha. La sombra oscura de los mil rostros no resultaba tan grande, ni tan fuerte como había elucubrado.
Al tenerla frente a sí, confirmó cuán débil y pequeño era en realidad el enemigo. Con cada paso que ella daba hacia adelante, la oscuridad se replegaba hacia atrás.
Al encararla con valentía, la imagen había perdido su poder. Poco a poco, fue desvaneciéndose ante sus expectantes ojos, llevándose consigo todos los espectros que la habían atormentado.
La fuerza retornó a su desvalido cuerpo. Respiró hondo y tragó saliva. Con paso firme, a pesar de la debilidad de su cuerpo, se dirigió hasta el mueble-bar del salón.
Observó las botellas de licor que durante tantos días habían intentado disfrazar su dolor. Las vertió sobre el lavabo. Su olor se le antojaba repugnante.
El arco iris de medicamentos tuvieron idéntico final, aguas en el inodoro.
Con cada acto de valentía, la seguridad en si misma aumentaba. Su pulso se hizo más firme. Se acercó hasta el espejo; el irreconocible aspecto propio delataba el intenso sufrimiento vivido en las últimas semanas.
La extrema delgadez, reflejo de la apatía y el abandono al que se había sometido, la otorgaba una apariencia envejecida.
Pero había algo que no se había transformado, a pesar de las terribles vivencias: el brillo de sus ojos, legado de esperanza y fiel reflejo de su verdadera esencia.
Se adentró en la ducha y abrió el grifo; permaneció inmóvil bajo la cascada cristalina largo rato. La intensidad del agua sobre su cuerpo la despertó de nuevo a la vida.
Se frotó con avidez, como si quisiera que el mágico líquido la purificase.
Cerró los ojos, sintiendo cómo el prodigioso fluido le tonificaba el cuerpo y el alma.
Pasó mucho tiempo bajo el manto cristalino. No podría precisar cuánto.
Las campanadas del reloj de la iglesia, muy sonoras, la sacaron de su ensimismamiento.
Envolvió su cuerpo en el níveo albornoz y retornó de nuevo a la habitación. Sintió, como si fuese la primera vez, que tenía la alcoba ante sus ojos.
Se acercó a la ventana, corrió las cortinas y las abrió de par en par, a fin de reciclar el aire rancio de la estancia.
Durante unos instantes cerró los ojos de nuevo, permitiendo que la cálida energía del sol la reconfortase.
Respiró hondo y expelió el aire lentamente, como si al hacerlo parte de su amargura se fuese con él.
Comprendió que el momento de enfrentarse al mundo había llegado.
Sustituyó los negros ropajes por otros de color, mensajeros de confianza en el futuro. Salió de casa decida a retomar, con valentía, el sendero de la vida.
FIN



Ö Me quedo con la boca abierta. Mi voto +1
Me alegro de haberte soprendido; espero que para bien, jajaja.
Un abrazo
Muy buen relato, Cenicienta, felicitaciones y mi voto.
Gracias por tu amabilidad y voto.
Un abrazo
Cenicienta: maestra literaria… un relato al estilo tuyo… indicándonos que siempre hay esperanza, que la vida nos espera… que si caímos, por lo que sea, debemos levantarnos, que la vida es bella… y tú sigues y sigues inspirando fe, confianza para que no nos derrumbemos, o que no nos quedemos tirados, derrotados.
Te admiro, escritora…
(Lo bueno, al parecer, es que a tí no te han llegado las críticas negativas; a mí me han llovido y, aunque uno se quiera hacer fuerte y superarlo, se deprime… en mi última narración “Nicolás”, alguien comentó que no siguió leyendo porque había puesto yo en el segundo renglón: “Reinaba el silencio”.
Aún no entiendo en dónde está el error de la expresión.
Bueno, eso es en cuanto a lo mío (perdona, pero al leerte, me alegro que a tí no traten de sumirte, de apabullarte, de destrozarte).
Mi voto, por supuesto
Volivar
Querido amigo, como siempre agradezcerte tu apoyo incondicional. En cuanto a las críticas, cuando damos a conocer nuestros relatos, corremos el riesgo de recibir todo tipo de comentarios. Hasta ahora no he recibido malas críticas, pero nunca se sabe.
Lamento mucho que te lluevan comentarios desagradables y fuera de lugar, pero has de comprender que en el mundo existen todo tipo de personas y por desgracia, “la envidia” existe.
Te aseguro que te admiro; tus relatos además de estar muy bien escritos; buen dominio del lenguaje y de las reglas ortográficas, están llenos de sensibilidad y originalidad.
El supuesto fallo del que me hablas, y que tan duramente te han reprochado, no le veo, ni le comprendo.
Te envío un fuerte abrazo y todo mi apoyo. ¡Adelante, amigo!
Perdón por la “Z” que se ha colado en la palabra “agradecerte”.
Un abrazo.
Magnifico relato, hasta me lo voy a volver a leer…
Un Abrazo.
Muchas gracias; me alegra mucho que sea de tu agrado.
Un abrazo.
Una maravillosa y bellisima historia.
Tu buena literatura me hizo sufrir, sorprender y gozar con el final.
¿Se puede esperar algo más? Creo que no.
Un beso enorme
Y muchas gracias. En serio.
Gracias ti, querido amigo, Richard.
Me alegra haber provocado tu interés con el relato, si además el final ha sido de tu agrado, mejor todavía.
Un fuerte abrazo.