Los señores Pedersen salieron de su casa de Copenhague un día soleado de Junio para embarcarse en un viaje de recreo. Fueron a la estación central de la ciudad, compraron los billetes y se sentaron a esperar el tren de Frederikssund, donde tenían pensado pasar dos semanas de vacaciones en una casa de campo alquilada. Llegó el tren, se acomodaron en sus asientos, uno frente a otro junto a la ventana y comenzó su viaje a la hora anunciada. A los pocos minutos de partir, el señor Pedersen echó en falta un periódico y decidió esperar la llegada del revisor para consultarle dónde podía adquirir uno. El revisor le indicó que posiblemente pudiera hacerlo en la cercana estación de Herlev, pero que debía hacerlo rápidamente ya que la parada en esa estación era de tan sólo cinco minutos. El señor Pedersen decidió probar suerte y, poco antes de llegar a Herlev, se dirigió a la puerta del vagón para salir rápidamente en cuanto el tren se hubiera detenido. Así lo hizo, y la señora Pedersen vio a su marido bajar corriendo del tren y entrar en el pequeño vestíbulo de la estación. Al rato, vio cómo el jefe de estación salía al andén, hacía la señal correspondiente y tocaba su silbato; esto alarmó a la señora Pedersen, ya que su marido aún no había regresado; se incorporó e hizo señas al jefe de estación a través de la ventana para que hiciese esperar el tren, mas no lo consiguió; el tren se puso en marcha y la señora Pedersen corrió por el pasillo en busca del revisor. Al relatarle el suceso, el revisor la tranquilizó diciendo que en la siguiente estación pondrían un telegrama a Herlev y arreglarían todo para que su marido pudiera tomar el tren siguiente. Así se hizo, pero la respuesta de Herlev fue inesperada: no había ningún viajero en la estación que hubiera perdido el tren. Ante la difícil situación, y dado que el tren debía continuar su marcha, la señora Pedersen decidió continuar su viaje con la esperanza de que su marido se reuniera con ella en Frederikssund. Pero ello tampoco ocurrió: durante el resto del día la señora Pedersen no tuvo noticia alguna de su marido. Aún esperó un día más en la casa de campo, acudió a la estación de tren a la espera de noticias, pero sin ningún resultado. Con creciente desasosiego, decidió volver a Herlev al día siguiente. Pero en Herlev nadie había visto a su marido. Volvió a Copenhague con la esperanza de que su marido hubiera regresado a casa, pero tampoco lo encontró allí. Asustada, acudió a la policía. La policía abrió una investigación pero los agentes, al cabo de varias semanas de infructuosa búsqueda, dieron por desaparecido al señor Pedersen.
Transcurrieron diez años. La señora Pedersen no se casó de nuevo. Vivió todo aquel tiempo con entereza y resignación, sin olvidar un solo día a su esposo. Durante estos años llenó sus ratos de ocio con tertulias, visitas a sus amistades y actividades culturales. Cierto día recibió una invitación para asistir a la inauguración de una galería de arte en la ciudad de Ballerup. La señora Pedersen aceptó la invitación y salió de su casa de Copenhague un día soleado de Junio. Fue a la estación central de la ciudad, compró el billete y se sentó a esperar el tren de Ballerup, que es el mismo que llega a Frederikssund. Llegó el tren, se acomodó en su asiento junto a la ventana y comenzó su viaje a la hora anunciada. Cuando el tren se detuvo en la estación de Herlev, la señora Pedersen recordó el triste suceso ocurrido diez años atrás, pero no dejó que la tristeza se apoderara de sus pensamientos. De pronto, la señora Pedersen vio algo que le resultó extrañamente familiar: un hombre salía corriendo del vestíbulo poco después de que el jefe de estación hubiera hecho sonar su silbato. Este hombre subía al tren, entraba en el vagón de la señora Pedersen y caminaba hacia ella. En ese momento, su corazón le dio un vuelco, pues vio que ese hombre era su mismísimo esposo con la apariencia y vestimenta de diez años atrás. El señor Pedersen tomó asiento y aliento, lamentando no haber podido comprar un periódico, pero enseguida se percató del aspecto cambiado de su esposa: parecía haber envejecido diez años, y además le miraba con mirada atónita. Al preguntarle por su extraño cambio de expresión, la señora Pedersen sufrió un desmayo. Su marido se levantó alarmado ante la indisposición de su señora y también ante su cambio de aspecto que no entendía y gritó pidiendo ayuda al revisor y al resto de los viajeros. Pronto se formó un corro en torno a la señora Pedersen, quien, al reanimarse recobró su gravedad y compostura. Miró a su atónito esposo, que todavía le preguntaba la razón de su rostro algo desmejorado, y allí, en aquel tren ruidoso y entrañable, en aquel momento en que la espera terminaba, la señora Pedersen entendió lo que había ocurrido. Pero, como no quiso contar la verdad a su marido, le dijo que estaba muy disgustada porque parte del equipaje había desaparecido y le pidió cambiar la casa de campo de Frederikssund por una casita en Ballerup donde podrían asistir a la inauguración de alguna galería de arte. El señor Pedersen, aún sin entender nada, accedió a los deseos de su esposa y durante dos semanas disfrutaron de sus vacaciones en la pequeña ciudad.




Interesante relato que cruza las fronteras de la ciencia-ficcion. Solamente te senalo un pequeno error de dedo que ojala puedas corregir: donde dice “Pronto se formo un corro” creo que debe decir ‘coro’, no? Un abrazo y mi voto
Gracias Vimon. En mi opinión de principiante, reservo el vocablo “coro” para las agrupaciones musicales. Creo que “corro” es válido para los grupos de personas que se reúnen para un fin común. Pero lo consultaré en la RAE de todos modos. Muchas gracias!
Enhorabuena, Antoniosib, inquietantemente interesante. Un beso y mi voto
Gracias Ángeles. Todavía sigo emocionado por tu cita en tu cuento anterior!
Un beso,
Antonio.
Antoniosib: relato muy bien realizado; mantiene el interés hasta el final. Te felicito
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)Mi voto.
Un placer como siempre recibir tu felicitación. Muchas gracias volívar.