Un medio día triste
14 de Septiembre, 2012 4
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El sol era una estrella de luz blanca, que explotaba entre las ramas de los arboles del jardín. La luz se abría en abanico bajo los arboles y se esparcía por todo el patio. Descendía como un rio por entre las hojas de una enredadera de campanitas azul índigo, que forraban unas bardas muy altas, atrás de la casa. Marisol, corría sin zapatos, dando vueltas alrededor de los arboles. Se sentía feliz, muy contenta de haber llegado a esa casa. Había estado viviendo en gran edificio de departamentos. Y ahí no podía correr por los pasillos, por que todos los vecinos se quejaban del ruido y mucho menos podía gritar, un eco misterioso vivía al fondo, en las escaleras y si gritaba, el sonido se podía oír por todo lo largo del edificio. Y en esta casa, existía un gran espacio y no podía desperdiciarlo. Marisol reía daba de marometas en el pasto. Se quedaba quieta y miraba el cielo, tapándose el sol con sus manitas. Pero lo que en verdad le encanto fue cuando salió al patio donde ella jugaba por vez primera y así frente a sus ojos de miel, un hermoso lago, que se extendía un poco mas allá de su reja y desaparecía tras unas lomas al fondo de un sendero de tierra. El sol patinaba majestuoso por toda la superficie del agua. Patos y Garcetas nadaban a las orillas, alimentándose de pequeños peces, en cada zambullirse y desaparecer por segundos como submarinos alados, para emerger como burbujas blancas, y en su pico una pequeña presa. Marisol camino hacia la orilla del lago, con su mirada seguía los movimientos de un par de aves. Quería verlos mas de cerca—Un pan!!!—pensó. Salió volando a la cocina, como pudo tomo un bolillo de la mesa, y salió de nuevo hacia la orilla del lago. Lo partió justo por la mitad. Un trozo lo metió en la bolsa de su peto rosa y empezó a desgranar el pan en pedacitos del tamaño de una canica. —Bisshhito, bisshhito—decía con su voz infantil. Nunca había oído graznar a un ave, así que no le veía nada raro llamarlos como si fueran gatitos. Las aves nadaban hacia las migajas de pan que Marisol aventaba sobre el agua, procurando que el pan callera cerca de las blancas aves—Los patos no comen pan!—oyó que alguien decía tras de ella. Su cabeza giro y vio a un niño, casi de su edad. Estaba parado, observándola con los brazos cruzados.–¿Quién dice?—dijo apuntando con la mirada. —Yo…lo leí en una revista. —Dijo el niño con la misma voz. —Y quien eres tu?—Yo me llamo…Samuel—se quedaron viendo una fracción de segundo, pero algo les recorrió al mismo tiempo su pequeño cuerpo y sintieron un vacio enorme en la panza. Marisol dejo de mirarlo y saco de su bolsa el otro pedazo de pan, lo sostuvo entre sus manos un momento, luego dijo sin ver a Samuel–¿Tu crees que si les haga daño el pan?—

—Eso decía la revista—
—Pero tu lo crees?—
—No… El pan no puede hacerle mal a nadie—
—Quieres hacerlo tu?—
—No, no puedo acercarme mucho!!—
—por que no? Te dan miedo los patos?—
—No. Antes podía tocarlos…a veces—
Samuel podía ver como el cabello de Marisol se incendiaba de dorado con los rayos del sol. Adivinaba su sonrisa al aventar las canicas de pan al agua.
—Y ahora por que no puedes?—
—Estoy enfermo…!!—Samuel se toco el pecho, discretamente. Marisol aventó su última canica de pan y volteo a ver a Samuel.
—¿Qué te pasa?—
—No lo se, ni los doctores saben que tengo!!—
Marisol se acerco más, hasta quedar frente a esos pequeños ojos sumidos y tristes. Si se fijaba bien podía ver su respiración agitarse bajo su camisa, sus brazos apretados a sus costados con las manos dentro de los bolsillos de su short. Sus piernas apenas podían sostener su peso. Una leve brisa dejo ver una herida en el pecho de Samuel.
—Que tienes ahí?—Marisol le señalaba su pecho. Samuel trato de cubrirse se abotono hasta el cuello.
—Nada!!—dijo, Samuel viendo a los patos sumergirse en el lago.
—Donde vives?—
—Allá del otro lado del lago, en esa casa azul, la ves?—
—Si, esta frente a mi casa!!—
—Me gusta salir a caminar por ahí, alrededor del lago, hay juegos mas allá, bajando la colina no has ido?—
—No. No lo sabia!—
—Quieres ir? Hay columpios y sube y baja y toboganes y una cabaña con aros y escaleras.—
—Si, si vamos—Marisol salió corriendo hacia la loma, su cabello se balanceaba de un lado para otro, en segundos ya estaba esperando a Samuel en lo alto de la colina. Desde ahí podía ver la cabaña de madera y los juegos alrededor; estaban vacios, no había ningún niño encaramado en alguno. La leve brisa los hacia rechinar al mecerlos muy suavemente. En cuanto Samuel la alcanzo, ella ya bajaba de nuevo corriendo hacia la cabaña. Trepo en ella por las desvencijadas escaleras y desde ahí vio un velo de luz que flotaba en todo el lago, un pequeño bosque mas allá, en el otro extremo bañando con su sombra unos setos floridos y enanos. Con la mirada recorrió toda la orilla de arenilla muy fina, y el pasto que se extendía como una alfombra viva y verde. Sobre la alfombra Samuel caminaba muy despacio. —Ven, rápido, corre—le grito Marisol, pero Samuel siguió con su paso cansado. Muy lentamente subió las escaleras, se reparación era agitada y pausada como si tuviera ochenta años, unas gotas de sudor le coronaban la frente y unas mas en la puntita de su nariz. Se le dibujo una débil sonrisa cuando Marisol volteo a verlo—Es muy hermoso!!…ya viste el lago?—Ella se llenaba sus ojos claros con todo lo que tenia a un palmo, no podía dejar de sonreír.
—Si es muy bonito…antes me escondía aquí por horas. Mira aquí esta mi nombre, lo talle con una ficha.—
—Donde?—
—Aquí!, en este tronco!!—
—Es verdad!!, espera—dijo y se deslizo por el tubo de bomberos que había dentro de la cabaña. Recorrió el suelo del rededor, en busca de una ficha. Desechaba piedras, cascaras secas, raíces de pasto, botes…hasta que por fin vio lo que andaba buscando y de nuevo subió junto a Samuel y le puso la ficha frente a sus ojos. Samuel la miro sorprendido–¿Qué?—dijo—Pon mi nombre! También—le respondió, mientras se sentaba a su lado—Y cual es tu nombre!?—Dijo él, mientras con trabajos doblaba la ficha a la mitad—Marisol!—dijo mientras sonreía. El sol que entraba, era una cortina de una tela muy fina y transparente frente a ellos. Parecía que estaban sentados en medio de una isla con la noche a las espaldas. La ventana de enfrente, era un cuadro de una pintura con un cielo azul, sin nada, solo el azul tras ese velo de luz. Marisol se puso de pie, camino lentamente alrededor del círculo en el piso, donde estaba el tubo de bomberos. El lago tenía una lluvia de destellos en su superficie bailando con el viento. Podía verlo con su carita apoyada en sus brazos, recargada al filo de la ventana. Vio los juegos abajo, el sol se reflejaba en su estructura de metal. Se deslizo por el tubo y corrió a subirse a una resvaladilla, al llegar a la parte alta de la escalera, grito—Samuel!!!—Que?—respondió él con un grito—Ven!—Ya casi termino!!,solo falta la fecha… Que día es hoy?—No lo se—dijo antes de tirarse, hacia abajo, con los brazos extendidos, la sensación de ir cayendo le vaciaba la panza y la hacia reír. Samuel reapareció unos minutos después, Marisol estaba de nuevo en lo más alto de la escalera. —Sube!!—Le grito—No!!—Si, vamos…sube!—Si alguien me ve…no puedo!—no pasa nada, mira!—Marisol se deslizaba radiando felicidad, abría la boca mientras descendía, llenándose la panza de ese hueco que alimenta la emoción. Sin darle tiempo de reaccionar a Samuel lo tomo de la mano y lo arrastro hacia la escalera. Él la siguió por inercia y se perdió con ella, se apartaron del mundo y juntos rieron y se deslizaban sin parar una y otra vez, después echaron competencia haber quien llegaba mas alto en los columpios los dos sentían el vacio dentro de sus cuerpos al elevarse pero los dos alcanzaban lo mas alto, casi daban la vuelta completa, siguiéndose con la mirada con una sonrisa cómplice que los unía en una burbuja limpia tan lejos de todo.
—Vamos a la cabaña, quiero ver mi nombre—dijo Marisol después de controlar su risa. Como si acabaran de llegar subió las escaleras, la energía que emanaba era increíble. —Guauuu!! Que bien se ve!—grito—gracias!! Samuel—Veía las letras en el tronco y no sabia por que pero sentía que ahora ese tronco le pertenecía que toda la cabaña era de ella, que esa tarde era muy especial, como la luz y la sombra dentro de la cabaña, como los juegos y el lago, y que de alguna manera todo eso era de ella y siempre lo llevaría en el corazón, era un regalo, un regalo de bienvenida. Camino hacia la ventana, quería que Samuel subiera. Al asomarse vio el cuerpo de Samuel tirado junto a la resvalidilla—Que haces? Estas loco?—le dijo, pero Samuel no respondió—Samuel! Samuel!!—Grito Marisol con un repentino temor en la voz. Samuel estaba tirado con los brazos sobre su pecho, haciendo un enorme esfuerzo apenas podía jalar aire. Marisol había descendido como una flecha y se arrodillo a su lado. Que tienes?!! Que te pasa?—no pudo responderle y Samuel se desvaneció. En el intento de jalar aire se había desgarrado los botones de la camisa y ahora Marisol podía ver una enorme cicatriz muy fresca que iba desde la parte baja del cuello hasta el ombligo. Corrió sin parar hasta su casa. –Mama!! Mama!!—gritaba mientras unas invisibles lagrimas le resbalaban por las mejillas.
El hospital iluminaba la sala de espera con su luz fría. Marisol observaba, a los padres de Samuel, dar vueltas sin parar, de un lado a otro, como si la luz les doliera y no aguantaran estar mucho tiempo en el mismo lugar. Cuando se encontraban sus miradas, ella no respondía a la endeble sonrisa que le dedicaban. Su madre le acariciaba el cabello, trataba de no mirar a los padres de aquel niño, solo imaginar la idea de que su pequeña hija fuera la que estuviera en el lugar de Samuel la enfermaba. Marisol tenia la esperanza de ver a Samuel, aunque fuera un ratito. Había llevado consigo unos títeres de Beto y Enrique. Y al hacer que esos muñecos tomaran vida, hacerlo sonreír, al inventarle una historia, solo para él. Una enfermera salió y pregunto por los familiares de Samuel. La madre corrió hacia ella, seguida por su esposo. Después de unos instantes, la madre lloraba desesperada abrazando a su esposo—No!!, No!!!, Por que? Dios!! Por que te lo llevas!!—Marisol la veía pero no comprendía que tenía que ver Dios en todo ello. Su madre la abrazo, estaba llorando también a pesar que solo había visto a Samuel muy poco, mientras lo tomo en sus brazos y lo llevo a toda velocidad al Hospital. –Por que lloras Mama?—le pregunto, la emoción le hacia un nudo en la garganta.—Hay, mi pequeña… Marisol tu amiguito…ha muerto.—Que?. No es cierto!!…Aquí lo van a curar… se va a poner bien y me llevara de nuevo a la cabaña y…– Su madre tomo su carita entre sus manos, y meneo la cabeza de un lado a otro—No mi amor, ya no jugara contigo… él ya se fue al cielo.
El sol tenía una luz opaca, no parecía tener ganas de esparcirse por el mundo. Todo lucia triste, vacio…olvidado. Ni siquiera había viento, ni nubes en el cielo. Marisol veía la cabaña desde lo alto de la colina. Hoy no tenia ganas de correr. Caminaba muy despacito arrastrando sus pequeños pasos. Se sentó en un columpio viendo el lago, pero el lago no tenia magia esta vez era solo un montón de agua en una cacerola de tierra. Subió a la escalera de la resvaladilla y miro hacia la cabaña, quería gritar para que Samuel se asomara pero sabía que ya no lo haría nunca más. Se deslizo por el tibio metal, vio una ficha doblada en el piso, el corazón de pronto quería salírsele del cuerpo. Corrió a la cabaña, subió deprisa. Pero la cabaña estaba tan vacía como todo lo demás. Se sentó junto al tronco y vio el nombre de Samuel y a un lado el suyo con la fecha de ayer. Los acaricio con los dedos. Cerro los ojos y en esa oscuridad roja se dibujaron los ojos tristes de Samuel y luego su rostro entero que le sonreía. Abrió los ojos esperando verlo pero estaba sola. Sus dedos descubrieron una letras debajo de los nombres apenas se alcanzaban a ver las habían echo a la carrera, tomo la ficha y raspo siguiendo las líneas y cuando por fin remarco la ultima letra pudo leer AMIGOS. Marisol se puso de pie, camino hacia la ventana, unas lágrimas dulces le resbalaban por las mejillas. Recargo su carita en la ventana, un medio día triste se filtraba con la débil luz al interior de la cabaña. —Si… seremos amigos siempre!!—Dijo—siempre!!.
Marisol hundió su cabeza en sus brazos fundiéndose con la tarde.

4 Comentarios
  1. Buen relato, Osorio, pero, si me permites, tiene algunos errores de dedo y ortográficos que, de corregirse, dejarían un relato excelente. Saludos y mi voto.

  2. Gracias vimon lo corregiré gracias por su comentario….

  3. Los recuerdos de infancia son maravillosos,siempre nos transportan a mundos de colores brillantes,en donde el gris de la vida aun no teñía la mirada de nosotros los que nos decimos “grandes”. Tienes mi voto.

  4. La luz que nos marca la vida siempre residen en la infancia….Gracias Musa…..bonito día….

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