Un paseo por las calles oxidadas
2 de Enero, 2012 4
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Ciudades Oxidadas

 

Aunque mis pies dolían, por los zapatos desgastados y deformados, era imposible detener mi paso por los pasillos. La parda luz de la tarde entraba por la ventana, hacía brillar la madera del suelo y rimaba con las imágenes de los ventanales, no los que daban a la calle bogotana, sino a otras ciudades, de un apocalipsis antiguo; ciudades oxidadas.

Asomarse en cada uno de aquellos ventanales, que se extendían por las paredes, provocaba un vértigo horizontal, al ver en el fondo, detrás de cada caballo convulso, fuerte y greñudo, las callejuelas derruidas, de casas vacías, en cuyas terrazas reposaban improvisadas escalerillas, que unían los caminos de lo que ya no vale la pena unir; caminos que ya no conducen de memoria hacia la plaza, la escuela, la iglesia…, sino que se entretejen y bifurcan en los tejados, en las habitaciones vacías y sin ventanas o en las entradas y cobertizos de las casas, de donde emergen, como de las sombras, los extraños personajes; los mutados y oxidados personajes, que desde los ventanales observaba con temor.

Eran ellos fantasmales jinetes sobre aparatosos caballos, quienes batallaban, en tardes que rozaban la noche y entre informes armaduras, con toros fatigados y heridos. Eran como justas o juegos, en los que también rodaban ruedas y carretes, mientras estos guerreros luchaban por no enredarse en hilos de colores, tejidos por el pintor, que las perversas meninas manipulaban con sus metálicos dedos.

Remendadas, pero aún bellas, las meninas se asomaban desde las sombras de las casas, mostrando con fría vanidad sus vestidos metálicos. Emergían en manada, envolvían con sus hilos a los quijotescos caballeros que por allí cruzaban o bien observaban, desde una sombra, bajo un cobertizo, a los jinetes estrellarse contra la ruina de la ciudad, que iban quizás en búsqueda de aquellos monstruos enrejados, amenazantes y ocultos en estrechas mazmorras.

Esto y más (como las infaltables moscas correr en enjambre por pálidos rostros o un pescado mutilado en una habitación vacía) divisé en aquellos ventanales. Temí o quise caer en las calles de esas ciudades oxidadas, para disfrutar de sus tardes perversas, o para aguardar la noche (y su media luna fabricada con un tímido trazo) con la misma curiosidad que sentí de doblar sus esquinas, y engullir más ruinas; tropezar con los caballos, greñudos, fuertes y convulsos; huir de los toros restantes de alguna fiesta pasada o morir enredado entre los hilos de alguna menina.

Pero, con cierto desgano, tuve que abandonar aquellos escenarios de fantasmas y misterio, y salí, aún con el dolor en mis pies, a las calles de esta Bogotá, que se oxida.

4 Comentarios
  1. Leyéndolo ” Temí o quise caer en las calles de esas ciudades oxidadas” , me gustó mucho, tu relato.

    • Gracias, me alegra que te haya gustado el relato, y esa frase en particular, pues en ella quise expresar precisamente esa sensaciones en las que tememos algo que al mismo tiempo nos atrae. Milan Kundera en algún lugar decía que el vertigo no es el miedo al fondo, sino una atracción hacia él.

  2. Creativo el relato y que interesantes cuadros describes. Muy bueno.

    • Gracias por leer el relato. Aquellas palabras no hubieran surgido de no ser por esas imágenes, esas pinturas, de ellas es el mérito.

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