Un poco de luz
13 de Mayo, 2012 2
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K. permanecía, triste, frente una tumba. Observaba cómo una mosca que se había posado sobre la lápida recorría con patas temblorosas el contorno de las letras que gravaban el nombre del difunto. La lluvia empezó a salpicar la tierra, así que K., agachando levemente la cabeza en señal de despedida, se dispuso a partir.

“Y ahora que te vas-dijo para sí mismo- ¿qué te esperará ahí arriba?, ¿estarás bien ahora? ¡Y quién sabe! Seguramente no haya nada. Nos creemos demasiado importantes cuando nos asignamos una dimensión divina que resulta inexistente incluso en nuestra propia imaginación. Una vida más allá, un ser divino… Y tú, amigo, estabas convencido, creías ciegamente en ello, en que había un alma que salvar y que cuidar, en que habitaba, lejos dela Tierra, alguna recompensa para los justos en las manos del Señor. Pero no, amigo, no, Dios es sólo un bálsamo, un narcótico que anula el miedo a desaparecer para siempre, nada más. Es cruel engañarse de esa manera, ignorar la lógica y abrirse a la superstición. ¿De qué nos sirve su figura? Somos un fallo, no sus hijos. Fuimos nosotros los que le pusimos nombre a la existencia y al tiempo, entonces, ¿por qué iba Él a tener que adaptarse a nuestras limitaciones?, ¡eso es estúpido! Él sólo es la explicación que un hombre da de la nada; un ejemplo, un apelativo capaz de ilustrarlo, de aproximar en la imperfección de nuestra mente aquello innombrable y fuera de nuestro alcance. Aceptarle a Él es rechazar a la razón, y no hay más que decir… Pero, a pesar de argumentos como estos, las personas siguen con esa falsa creencia, persistiendo en el mismo drama una y otra vez. Dan su vida, su alma, su fe por Él, creen que realmente les ayuda y les auxilia, que es capaz de judgar sus sanas intenciones, que les premiará en algún momento por su piadoso comportamiento; lo utilizan como excusa para afrontar su mundo, para confiar en alguien, para disponer de unas leyes férreas e inmutables sobre las que apoyarse. Es su consuelo. Para ellos, la divinidad supone un alivio, una anestesia, un motivo. Pero, pese a todo, sobre esa supuesta justicia en torno a la cual Él se organiza, se mantienen aún las imperfecciones, y tu muerte es un ejemplo, amigo, tú nunca le has hecho ningún mal a nadie, y, aún así, te dio la espalda y te reclamó egoístamente para sí mismo. El mundo entero se construye en torno a sus dictámenes, pero Él es el primero en ignorarlos. Así pues, ¿qué es lo correcto?, ¿cerrar los ojos y aceptar lo inexplicable o bien…”.

 

La voz de un niño que estaba de rodillas en el suelo, justo enfrente de él, le hizo desprenderse de sus meditaciones. “Cuidado, señor, va a pisar a las hormigas” repitió el joven. K. miró hacia el suelo en dónde comprobó que, efectivamente, a un paso de él se disponía una larga hilera de hormigas que desfilaban metódicamente. K. siguió caminando, sin desviar su rumbo, aplastándolas bajo su suela, sonriendo. “Ya ves, amigo, tan sólo somos hormigas”.

 

2 Comentarios
  1. Buen relato, aunque con un final un tanto cruel. Bien escrito por lo que te doy mi voto y un saludo.

  2. Eloy, en esto del pensamiento religioso, se han destruido reinos, se han acabado naciones luchando unas contra otras… y al final, sólo nos queda el miedo… ese terrible miedo de no ser nada más que un simple soplo que pasa por este mundo. Yo creo que sería muy cruel… que nacemos para ser grandes… ¿por qué limitarnos a unos cuantos años de existencia en este mundo?
    Pero, no me hagas caso… sólo son divagaciones sobre un tema polémico, que no está fuera de los entornos literarios.
    Atentamente
    Volivar

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