Me despierto y sigo vivo. Lamentablemente sigo vivo. Mi deseo de no despertar, no se ha cumplido una vez más. La luz inunda mi retina despierta y me devuelve a la realidad. La vida. Me siento incapaz de afrontar la vida. Quiero morir. Necesito morir. Pero soy incapaz de matarme yo mismo. Nunca fui un cobarde, pero ahora no puedo soportar este sin vivir en vida. Un día más ante mí. Sin esperanza. Sin ilusión. Deseando que ocurra algo que termine conmigo. Algo externo. Desearía hacerlo yo, pero no puedo. No soy capaz de ir más allá del deseo. Pasarán las horas en este infierno.
Estaré con mi madre, que me hablará como si yo fuese el mismo de hace años. Pero no soy el mismo. Después del accidente ya no soy el mismo. Mi madre me contará cosas de sus amigas, de mis hermanos, de las vecinas, de los programas de televisión, pero no mencionará a Rosa. Ese maldito accidente, que me apartó de lo que más quería. La culpa espolea mi depresión y alimenta la penitencia de seguir viviendo.
Rosa. Su recuerdo siempre está conmigo. Su sonrisa. Sus caricias. Sus abrazos. Sus besos. A veces creo oler su perfume. Pero ella no está. Ya nunca estará. Me parece oír su voz diciendo “No deberías hacer eso”, justo antes de salirme de la carretera.
Mi madre se despedirá y oiré sus lágrimas mal disimuladas. Yo buscaré el sueño. El sueño final, el que me libere de este sueño de dolor eterno. Me emociono pensando que quizá esta vez no despierte jamás. Lo deseo. Lo espero. Me duermo.
Pero despierto. Desearía no volver a hacerlo para no ver la luz del foco del techo que atraviesa mis párpados cerrados, para no oír el gorgoteo y el ritmo acompasado de la máquina de oxígeno, ni los bips de los monitores, para no sentir ese aroma a hospital que atraviesa mi nariz hasta el cerebro.
Una vez más parece que lo huelo. El perfume de Rosa, me llega sereno. Un segundo de felicidad antes de recordar la realidad. Estoy peor. Creo que enloquezco. Siento en mi mejilla sus labios dejándome un beso y su dulce voz en susurros diciendo te quiero. Oigo un click y no hay más ruidos, no más luz, no más sufrimiento.
Nunca debí hacer esa llamada para decirle “Estoy llegando, te quiero”.



En ocasiones no somos conscientes de la peligrosidad y transcendencia de algunos de nuestros actos. Te hace pensar y plantearte cosas. Buen relato Jorge. Un saludo.
Gracias Manuel
Impresionante relato y muy bien narrado. Mi voto, felicitaciones y un saludo.
Gracias Vimon. Me alegro de que te haya gustado.
Impresionante, invita a reflexionar.
Me alegro de haber conseguido esa reacción. Gracias por compartirlo.
Buen enfoque, me ha gustado mucho, además de serivir para la reflexión. Ese “click” marca el antes y después. Un saludo.
Gracias por tu comentario. Me alegro de que te haya gustado.
Me he reído. Me recuerda a una atolondrada que cada año nuevo se hacía ese tipo de propósitos. Saludos.
Me ha impactado, pero si seguimos, es porque estamos y estar es también a veces aporrear fuerte a la vida aunque cueste! Muy bien relatado,intenso, humano. Gracias
Gracias a ti, por tu comentario.
Buen relato, de esos que muchos deberían leer y hacer buena conciencia. Gracias por compartirlo!
Gracias Irma