Una familia unida
23 de Enero, 2012 2
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Estanis sudaba profusamente, en la solitaria sala de espera. El hospital Virgen Redentora, es una institución suburbana, en medio de un descampado donde, en un futuro político, se construirán bloques de apartamentos de protección oficial. Tiene un programa toxicológico de tratamiento con metadona, para ayudar a esos niños viejos, que cabalgan cada día a lomos de la dulce muerte.
Manoli se había puesto de parto a las dos de la madrugada. La experiencia le decía que el alumbramiento sería doloroso y muy largo, ya en los anteriores se demoró más de lo normal y por eso estaba nervioso y preocupado. Era un hombre sencillo, con todo lo que implica esa palabra, que el cielo, al que imploraba siempre, había bendecido con cuatro hijos y el que estaba en camino. Tenía una mujer hermosa que era la envidia de los chicos del tajo, siempre le decían:
-Que mujer tienes Estanis-
Y él sonreía, sabiendo que el comentario llevaba implícito, una carga de burla encubierta. Todavía le asombraba el hecho, de que Manoli se hubiera fijado en él, teniendo tantos moscones con buena planta a su alrededor. Era fuerte, eso es verdad, pero escasamente alcanzaba el metro setenta de altura, lo que no era impedimento, para que sus bocas estuvieran más de una hora pegadas cuando la despedía en su portal. La espalda la tenía cargada, de los continuos esfuerzos que hacía en el trabajo. Su hijo mayor, Eliseo, decía que papá tenía una mochila pegada en la espalda y la niña de sus ojos, Dorotea, con su lengua de trapo de apenas dos añitos, que se parecía a Dumbo, por sus orejas un poco separadas. La verdad es que guapo, lo que se dice guapo, no lo era, más bien hubiera ganado un concurso de feos, de esos que ahora se llevan tanto en la televisión. Los agujeros que tenía en la cara, producidos por el acné juvenil, no contribuían demasiado a lo contrario. También estaba, esa manía suya que tanto le afeaba Manoli, la de andar a las diez y diez, con la punta de los pies hacia fuera. Pero él se sentía el ser más hermoso del universo, para qué quería ser guapo, si tenía el amor de su mujer y de sus hijos.

Había consumido casi medio paquete de tabaco, esperando que la enfermera asomase su rostro bovino, sonriente, por la puerta y le dijera que había sido niño o niña. Manoli se había mostrado tajante en eso, no quería que le hicieran una ecografía, por lo tanto sería una sorpresa.
A Estanis le daba igual, lo más importante para él, es que Manoli tuviera un buen parto. En el último, el de Dorotea, surgió alguna complicación y tuvo que estar hospitalizada varios meses. No se lo iba a pensar más, esta vez se haría la vasectomía, no quería que Manoli tuviera que pasar otra vez por este trago.
Cipri, el encargado de la obra donde trabajaba, le contó que a él se la habían hecho y que no sentía ninguna pérdida de placer o virilidad. Estanis se miró las manos callosas y duras de tanto trabajar. Manoli se quejaba últimamente mucho, que le hacia daño con ellas al abrazarla. Se dijo que esta vez se la haría.
En el calendario, había unos ojos que le miraban insistentemente, era un niño sentado en un barrizal con las manos solicitando la ayuda de alguien. Era una de esas fotografías que ilustraban la campaña contra el hambre en el tercer mundo. Como si no hubiera imágenes idénticas en el barrio donde él vivía. Al mirarlo detenidamente, se dio cuenta que hoy era once de abril, festividad de San Estanislao, su cumpleaños y si todo funcionaba bien, el último retoño que iba a tener, también compartiría la fecha con él.

Estanis echaba de menos a su hermano Elías, siempre era el primero en acudir a maternidad y compartir con ellos la felicidad por el nacimiento de sus hijos. Nunca se había perdido ninguno. Elías era su hermano pequeño, vivía con ellos desde que se vinieron de Ponferrada a buscarse la vida en la gran ciudad. Cambiaba de trabajo con tanta facilidad, como se fumaba los paquetes de “Chester”. Era un camarero bastante competente pero, como todos los de su oficio, un culo de mal asiento. Hace tres días que trabaja en la cafetería de unos grandes almacenes, porque dice que los domingos no se debía trabajar. Hasta ahora siempre lo había hecho desde que comenzó en ese oficio. Aportaba la mitad de su salario, que era bastante, para gastos en la casa y siempre tenía dinero para darles una propina a los chicos, para comprarle un pequeño detalle a Manoli, o para invitarlos cualquier domingo a comer fuera de casa. Es cierto que hacía algún que otro extra y luego estaban las propinas.
Manoli siempre le decía a Estanis:
-Tenías que ser como tu hermano, siempre tiene una caricia o un detalle con los chicos. Le adoran- Él, a pesar de hacer todas las horas extras que podía, siempre estaba a la última pregunta. Los críos destrozaban la ropa con una celeridad, que raro era el mes que no tenían que hacer algún gasto extra. Elías, sin embargo, vivía con la despreocupación propia del soltero, que no tiene cargas familiares.

El primero en conocer a Manoli fue Elías. Solían frecuentar los bailes de los barrios obreros y en uno de esos salones, Manoli y una amiga se quedaron toda la noche como pareja de baile de ellos. Como era normal en Elías, no solía hacer caso a una chica en particular y no hizo ninguna excepción con Manoli. Estuvo toda la noche bailando con una y otra indistintamente. Al acabar el baile, desapareció con la amiga de Manoli y él se quedó con ella como un pánfilo, sin saber qué hacer. Ella le hizo, un sin fin de preguntas sobre Elías y dijo que era un chico muy majo. Le contó que su padre era calefactor y que habían venido de León con su madre y un hermano mayor que ella. Se sorprendió mucho cuando se enteró de que Elías era su hermano, ella dijo que no se parecían en nada, él le contestó que sí, que formaban la pareja del bello y la bestia. Su carcajada le dolió, más de lo que Manoli pudo entrever en su mirada triste. Siempre solía llamarse feo él mismo, pero que se lo ratificasen con una risa no le gustó nada. Cuando regresó Elías, quedaron para verse el sábado siguiente, en un barrio cercano que estaba en fiestas. Cuando se quedaron a solas, Elías le contó que la amiga de Manoli era una maravilla. Se lo había subido a su casa y después de tomar unas copas y excitarlo, se acostaron.
Estanis le preguntó por Manoli y Elías mirándole socarronamente le dijo: ¿Te gusta? Pues quédatela.
Desde entonces él, no se había separado nunca de su lado.

Elías entró corriendo en la sala de maternidad y le preguntó a Estanis: ¿Ya tenemos otro? Estanis le dijo que no, que Manoli siempre había sido lenta, ya lo sabia Elías, que había asistido a todos los partos de su cuñada. Macho, le dijo Elías, ya te puedes hacer un nudo porque vamos por el quinto. Él le confesó, que había decidido hacerse la vasectomía, nada más que hubiese nacido el crío o la cría, que todavía no sabían qué era. Porque Manoli, en un ataque de cabezonería, se empeñó en que no le hiciesen ninguna ecografía.
No jodas, le gritó poniéndose en pie Elías, ni se te ocurra, que luego no te funciona bien el pito. Estanis le contó la historia de Cipri, pero Elías gritaba que estaba loco, que no sabía lo que hacía, que iba a pasarle algo si le practicaban la operación. Estanis, casi se asustó de lo fuera de sí que se puso Elías.
La verdad es que Elías quería bastante a los chavales, siempre estaba enredando con ellos. Cuando tenía fiesta en la cafetería, se los llevaba al parque y los colmaba de caprichos y golosinas. Se revolcaba en la hierba con ellos, jugaba a todos los juegos que le proponían, llegaba a casa destrozado, con la ropa hecha polvo pero feliz. La verdad es que Elías era un buen hermano.
Estanis todavía recuerda, lo pesado que se puso su hermano cuando fueron al juzgado, a ponerle el nombre al mayor. El empeñado en que, como iba a ser el padrino, tenía que llamarse Elías. Estanis, después de ser bombardeado por mil nombres, le puso Eliseo, que era lo más parecido y evitaba que Elías se saliese con la suya.

La enfermera de cara bovina, entró en la sala y le dijo a Estanis que había sido niño, que su mujer estaba bien y que podía el padre subir a verlos. Estanis le preguntó a la enfermera, si podía subir Elías, que era su hermano. La enfermera dijo que sólo el padre estaba autorizado a subir. Elías con una mueca de su cara le dio a entender que ya se las arreglaría y se perdió por el pasillo de urgencias.
Manoli estaba sonriente con su hijo en los brazos, cuando Estanis entró en la habitación. Su hijo era precioso, tenía los ojos grises de la familia, como Elías, como su padre. Lo demás era aporte genético de Manoli, su boquita, su nariz. Depositó un beso en la carita tierna y sonrosada y otro en los labios de Manoli, dándole las gracias. Estanis cogió al crío en brazos, acariciando su pelo ralo, haciendo que le tomase el dedo entre sus manitas diminutas. Comentó en voz alta que le llamarían como el santo del día. Manoli saltó enseguida, sin preguntar qué santo era el del día. Dijo, que estaba harta y no quería que le pusieran una burrada, ya tenían bastante con Eliseo, Benito, Cesáreo y Dorotea, esta vez tenían que consultarle a ella. Su opinión había que tenerla en cuenta en este tema. Estanis le contó que hoy era once de abril San Estanislao, su cumpleaños y que por eso quería ponerle el santo del día a su hijo.
Manoli miró en silencio a Estanis, mientras una lágrima se desplazó lentamente por su mejilla. Lo vio con su hijo en brazos acariciando su diminuta cabecita, con esas manos grandes, callosas del duro trabajo. Sus ojos le contemplaban tristes, profundos y ella imploró el perdón por no acordarse de su cumpleaños. Luego mientras recuperaba a su hijo en brazos, preguntó a Estanis sin mirarle a la cara, si había venido su cuñado Elías.

El doctor Tello, le explico los diferentes análisis y pruebas que requería una vasectomía. Le dijo que podía ser reversible, que le hacían una pequeña ligazón y seccionaban el conducto seminal posteriormente, por si en un futuro quería tener más hijos. Estanis le explicó, que ya eran una familia bastante extensa, por lo que cuando antes empezaran la analítica mejor. Estanis se sometió con paciencia a las diversas pruebas, que incluían un análisis del esperma.

Manoli tenía unos dolores terribles y llamó a la doctora Rius para que la reconociera. La doctora entró en la habitación, manteniendo en la boca una semisonrisa que traía del pasillo. Su marido, le dijo a Manoli, está haciendo estragos entre las enfermeras en el pasillo.
¿Mi marido? Preguntó Manoli extrañada, mi marido está aquí conmigo.
Perdón, le dijo la doctora Rius, pero me pareció cuando entré antes que era su marido, por cómo la cogía del talle para tenderla en la cama.
Era mi cuñado, se apresuró a decir Manoli.
Vamos a ver qué es lo que le pasa, dice nerviosamente la doctora, podía salir fuera por favor, le pide a Estanis intentando que no se crucen sus miradas.
Cuando la doctora sale al pasillo, después del reconocimiento, Estanis la interroga sobre el dolor que tiene Manoli. La doctora le contesta, sin levantar la vista del expediente médico que ojea distraídamente. Tenemos que hacerle una exploración, es pronto para decirle qué es lo que le produce esos dolores, pero creo que nos hemos dejado un trozo de placenta dentro. La doctora se queda extrañada, cuando Estanis le comenta, si sería factible ligarle las trompas a su mujer. La doctora Rius, es una mujer acostumbrada a los diferentes estados de ánimo y reacciones que suelen tener los padres, en los momentos posteriores al parto. Pero cuando mira por fin a los ojos de Estanis, siente con él esa tristeza que le perfora el alma. Se da cuenta de la sobrecogedora carga que lleva sobre su curvada espalda. Ella pone su mano sobre el pecho de Estanis y marcando las palabras con su voz suave, le dice: No hay ningún problema. Todo depende de la exploración, pero si, como me temo, hay que volver a meterla al quirófano le ligaré las trompas a su mujer.

El doctor Tello no sabe cómo contarle el resultado de los análisis, da vueltas en la mano a un termómetro que amenaza con caérsele y no sabe qué hacer con él. Estanis lo mira preocupado pero no dice nada. Mire, no sé cómo se va a tomar esto, comienza diciendo el doctor Tello, pero su analítica es clara. Usted es estéril, siempre ha sido estéril y no puede fecundar, es inútil que se haga la vasectomía. Siento tener que darle esta noticia. Estanis se levanta de la silla y sin decir palabra, sale de la consulta con la cabeza baja, pensativo.
Cuando llega a casa, Manoli esta radiante amamantando a su hijo entre los brazos. ¿Qué te ha dicho el medico de los análisis?. Le pregunta sujetándose el pecho entre los dedos, para que mientras mama respire por su naricilla.
Estanis la mira como si fuese la primera vez, le dice que ha cambiado de idea y no piensa hacerse la vasectomía.
Manoli mira a Elías imperceptiblemente mientras le dice: Me parece bien cariño, era una tontería, si Dios quiere que tengamos más hijos, los tendremos.
Estanis también mira a Elías, que hace como que no se ha enterado de nada.
Estanis se sienta en su sillón preferido y Cesáreo le enseña el dibujo que han hecho hoy en el colegio. Es un dibujo de toda la familia, estaba Manoli con el bebé en brazos y él sosteniendo a Dorotea sobre sus rodillas, luego estaban delante sentados los tres chicos, Eliseo, Cesáreo y Benito. Le dijo que era para él, que lo habían hecho para el día del padre, pero no lo había terminado a tiempo. Estanis besó a su hijo en la frente, mientras Eliseo, el mayor, le acariciaba el pelo sentado en el brazo del sillón. Sus ojos contemplaron el dibujo y se sintió bien.
Podrán ser hijos de Elías, pero ninguno llevara su nombre, ni le llamaran padre y él se había encargado de que no hubiera más. Esta vez el feo se quedó con la chica. Formaban una gran familia bien avenida y total, todo se quedaba en ella.

2 Comentarios
  1. Muy bueno, pasa a menudo en la vida real, mucho más a menudo de lo que creemos. Saludos, gracias por compartir.

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