Un tema, con claridad en su estructura, acompañado de sucesos bien dispuestos y ordenados, puede ahorrarnos muchos meses de trabajo disperso.
Así es como suelo desarrollar un texto, porque escribir es un arte más inclinada a la ciencia, donde error alguno debe registrar un resultado y su tendencia.
También creo que la literatura tiene una relación más estrecha con el boxeo que con el arte.
“¿Y dónde dejas la inspiración?” Preguntan algunos amigos, amigos que suelo envidiar a veces, porque dicen conocer la inspiración, dicen que es una cosa más bien divina. Como Dios.
Es evidente que nací averiado del músculo de la inspiración; nunca me he sentido inspirado. No conozco la inspiración, quizá porque es una cosa divina. Tampoco he conocido a Dios.
Sólo conozco la posibilidad de crear condiciones para que escribir suceda.
A diferencia de muchos queridos amigos que me aseguran escribir en estado de trance, seducidos por las musas del estro, yo tengo que dedicar mucho tiempo al estudio, la observación, la contemplación pausada.
Antes de escribir una línea camino durante horas, cuento los pasos de una calle a otra, observo una grieta en la pared, la toco con el dedo y digo “grieta, hola grieta”, recojo una flor, una piedra, puede ser cualquier piedra, de preferencia redonda; entonces toco la piedra, le cambio el nombre, le llamo Dios o Inspiración o Moneda, entonces tomo por asalto un teléfono público que convierto en altar y coloco en mi altar telefónico esa piedra que ya no es piedra sino Dios Inspiración o Moneda, y le rezo como a un Dios olvidado y personal. Rezo, de pie, aunque llueva, hasta que alguien me dice que necesita mi altar telefónico para hacer una llamada. Tomo mi piedra que ya no es piedra ni Dios y le llamo Moneda. Me echo la moneda en el bolsillo y salgo a comprar con ella un paquete de cigarros. La chica del Wal-Mart me da los cigarros, coloco la moneda en su mano, miro a la chica con ansiedad esperando el cambio, ¡esto es una piedra! me dice, yo insisto que es una moneda, ella insiste que es una piedra, yo insisto que es una moneda, el gerente dice que es una piedra, yo insisto que es una moneda, el policía insiste que es una piedra, yo insisto que es una moneda. La fila de gente furiosa asegura que es una piedra. El policía me grita que agache la cabeza para entrar en la patrulla, me exige que escriba mi nombre verdadero en el acta, me dice que tengo derecho a una llamada. Le pido que me devuelva mi moneda para hacer la llamada ¿cuál moneda? La que usted me quitó, el policía se consterna, ah, querrás decir tu “piedra”, yo insisto que es una moneda, el policía no discute más, al final me devuelve mi moneda y se coloca detrás de mí cruzando los brazos, disculpe, le digo ¿me podría dejar solo para hacer mi llamada? Y el policía dice que no, que quiere ver cómo introduzco mi “piedra” en el teléfono. Discutimos de nuevo, pero el comandante le dice que me deje hacer la llamada a solas. El policía le explica al comandante lo de la “moneda-piedra” el comandante se acerca, me arrebata la moneda, achica los ojos, examina mi moneda y dice ¡esto es una piedra! Entonces me toma muy fuerte del brazo y me dice: quiero ver que introduzcas esta chingadera en el teléfono, y si no lo haces te vamos a encerrar quince días por burlarte de la autoridad…, qué fastidio ¿a caso todo el mundo se ha vuelto loco? no importa, tomo la moneda, introduzco la moneda en el teléfono, marco tu número y te digo que estoy detenido, tú suspiras fastidiada y dices: déjame adivinar, ¿otra vez tu pinche piedra?, Los policías se miran y se preguntan sorprendidos ¿cómo lo hizo cómo lo hizo si era una piedra? Yo trato de convencerte para que pagues la fianza, tú sueltas una carcajada y me dices que no puedes hacerlo ¿por qué no puedes? Porque soy tu conciencia, me dices, y las conciencias no usamos efectivo, ah… te digo, pues ah… me dices.
Entonces una marsopa gigante salta por la ventana, devora a los policías, yo saco mi harmónica en Si bemol y tomados del brazo, la marsopa y yo salimos del ministerio público, bailando charleston muy contentos.


ajajajjaja menos mal que te falta imspiracion, como seria si la tuvieras, esta re buena la historia!
Espero algún día encontrarme con ella, gracias por visitar el texto.
Pareciera una fusión de géneros lo que en realidad es ese vacilante inicio con que los que escribimos nos enfrentamos a la escritura. Inermes y un tanto vacíos de ideas, aunque no de expectativas [puesto que la literatura es la más grande de todas], danzamos un poco con la nada hasta que de súbito, ora un giro, ora un tropezón, ora un gesto, o el saludo a una grita, nos deposita ante la posibilidad de fluir en el cauce inefable de la invención, la fantasía, los recuerdos, las pesadillas, etc., eso que debe ser escrito o que se quiere escrito.
Un texto natural [me refiero al hecho de que su constitución es netamente literaria], rico en humor y en soledad, dos “argumentos” que generalmente se toman disociados, pero que en este escrito son sucedáneos.
Bien por la conciencia, que a veces no nos contesta las llamadas; bien por las marsopas salvadoras. Curiosamente percibo, Fárrago, que tus finales son un una negación del final, causalidad igualmente natural, de que la literatura no tiene final: ora un “no tengo hambre” brusco y determinante, ora una marsopa que lo saca a uno bailando charleston. Sólo omitiría lo de “muy contentos”, dado que la personalidad del personaje no <> consecuente de tal estado anímico.
Nuevamente brindo y celebro el humor, que si bien la literatura no tiene finales, el humor es una propuesta inmejorable.
Salud.
Hace algunos días que un gran amigo, psicólogo y excelente músico, hacía hincapié en mi necedad (necesidad tal vez, no estoy seguro) de dejar los textos inconclusos. Quizá deba girar un poco esa conducta, ya que este ejercicio (junto con la pera simbolista), como ejercicio va bien, pero su recurrencia se tornaría sin duda en un chiste que terminaría por sofocar al lector.
Si algo trato de evitar en el texto es la confrontación con la nada, o el vacío (sé cuando voy a perder una pelea) pero en contraparte, trato de evitar también el recurso de la historia “interesante”, es decir, plagada de retruécanos situacionales, o personajes apabullantes que no tocan la tierra.
Creo que estos ejercicios van tomando forma. El boxeo de sombra es sano, necesario, pero es difícil evitar el miedo a una pelea real.
Creo que es el miedo en donde radica la razón de evitar las conclusiones y motiva el salirse -de manera poco honrosa pero eficaz- tomado del brazo de una marsopa.
Gracias por la visita.
tu narrativa es fantástica, ya es el segundo texto en el que me haces disfrutar muchísimo. A mí esos finales me remiten a la imposibilidad de que una historia, cualquier historia, tenga un final, eso es un invento literario. Lo tuyo es más realista, porque los textos, desgraciadamente, sí tienen que tenerlo, y entonces aparece la marsopa, o el cocido.
Un gusto leerte, buenos días.
Algo tenemos que hacer para detener al menos por un instante el fin inminente.
Gracias por leer.
Me ha encantado, Fárrago.
El comienzo me ha despistado. No sabía por dónde iban los tiros. Sin embargo, la marsopa, la moneda y la piedra que no es tal, me ha encasillado de nuevo.
“grieta, hola grieta”
Un abrazo.
Luna
Un humilde homenaje a la moneda borgiana.
Gracias y espero seguir contando con tu lectura.
Leí dos veces tu cuento, primero cómo éstas, es un gusto leer tu publicación, la verdad me gustó, tu imaginación vuela, eres creativo, a pesar de que tu cuento es bueno siento algo es como que falta una conexión entre la primera parte y la parte que comienzas a crear escenas desde la observación.
Y el final es como el inicio, así un poco apartado del centro del cuento, no sé como explicártelo. Te voy a seguir, quiero seguir leyéndote.
Un fuerte abrazo
Naty
Es cierto, el final y el principio no tienen mucha relación, quizá deba revisarlo.
Gracias por seguir leyendo.
Fárrago: nada tengo que agregar a los comentarios, tan atinados, de nuestros compañeros que critican su hermoso cuento, éste de la Marposa que baila…
magristralmente tomas un tema ordinario, y lo transformas en algo maravilloso, al grado de que los lectores lo devoremos, como se dice aquí, en México, sentados al bordo de la butaca.
Gran escritor, felicidades.
Tu admirador: Volivar Martínez, que te envía un caluroso saludo desde la pequeña ciudad de Sahuayo, en el estado de Michoacán, de la república mexicana.
Saludos Volivar, en unos días subiré además de estos ejercicios de estilo algunos fragmentos de una novela que sí tiene la intención de publicarse, espero contar con tu atinada opinión.
UN saludo desde el Estado de México, aunque sigo siendo michoacano hasta las orejas.