Apagué la televisión. Una vez más el telediario me estaba deprimiendo. No podía ver las noticias sin que me entraran unas ganas terribles de abandonar el mundo, de escapar a un sueño del que no pudiera salir.
Miré el reloj. Ya era la hora de cenar, así que me trasladé a la cocina para preparar algo ligero. No me decidía por nada, así que me decanté por la apuesta más segura: cereales con leche. Mientras echaba la leche en el cazo, mi móvil sonó.
“-Qué raro, nadie me suele llamar a estas horas”-pensé
Dejé mi futura cena en la mesa de la cocina y corrí rápido a mi habitación. Un toque, dos toques, tres toques, cuatro toques y justo ahí fue cuando atendí a la llamada.
-¿Sí?
-¿Señora Medina, Amanda Medina?
-La misma. -El tono de la persona en cuestión me parecía algo apresurado. Nervioso y arrugado.
-Soy el policía Carlos Bravo. Me es muy difícil comunicarle esto, pero su marido acaba de morir ahogado en el estanque de la avenida “Miranda”. Según pruebas concluyentes, estaba muy ebrio. Estamos casi seguro de que se cayó al estanque, y debido a la cantidad de sustancias estupefacientes que tomó, no tuvo repuestas físicas para poder levantarse.
-Ya no estamos juntos. No nos hemos divorciado todavía, pero dejamos de vernos hace un par de meses.
-Como sea, supongo que…
Colgué. No necesitaba escuchar nada más. Mi marido. Persona con la que llevaba casada casi treinta años. Muerto.
Tendría que haber llorado. Tendría que haberme quedado sin respiración, golpear algo, insultar a Dios, vomitar…pero nada de eso pasó. Reí. Y sin sentirme mal por ello. Me quedé un tiempo largo sentada en el sofá pensando en todo lo que ese hijo de puta me había hecho.
A veces llegaba borracho a casa y usaba cualquier excusa para amenazarme. Pero eso fue solo al principio, con el tiempo empezó a empujarme, y de ahí definitivamente a los golpes.
“-¡Eres una inútil! ¡No haces nada y luego encima te quejas de que bebo demasiado! ¡Como si hubiera otra cosa interesante que hacer!”
Yo me volvía muy pequeña. Me sentía como un pelo en la cabellera de un guitarrista de heavy metal. Y él lo sabía. Y aprovechaba su ventaja física y moral para acabar conmigo. Noche tras noche.
Lo odiaba tanto, que mi pensamiento más recurrente era el de matarle. Mejor dicho, de cómo matarle. Llegué a imaginar escenas tan terroríficas, tan grotescas, que hasta el mismísimo Quentin Tarantino se asustaría. Pero nunca uní el valor necesario para hacerlo.
Siempre he pensado que el acto de arrebatar la vida a una persona, solo puede ser ejecutado por un ser de mentalidad inestable, o en su defecto, en un caso de vida o muerte. Estaba claro que no pertenecía al grupo de mente rota, ni tampoco al de vida o muerte. Pero poco me faltaba.
Me olvidé de los cereales. Abrí la botella de vino reserva que solo utilizaba para ocasiones especiales, cuando mi móvil sonó otra vez.
-¿Señora Amanda Medina?
-La misma.
-Le llamo desde un teléfono público, por si acaso. Solo informarle que el “trabajito” ya está realizado. Queremos el pago en efectivo, como muy tarde, el jueves. ¿Entendido? Si no, tendrá problemas. Se lo prometo.
-Descuide. Muchas gracias.
Y bebí el vino más delicioso que había probado en mi vida.



“Me sentía como un pelo en la cabellera de un guitarrista de heavy metal.” Genial y perverso. ¡Buen trabajo Walter!
Buen relato. Saludos y mi voto.
Siempre tendrás mi voto por que eres muy bueno…
Un buen relato. Mi voto y consideración. T.H.Merino