Vida en un pañuelo
19 de Enero, 2012 4
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clark gable

Como cada mañana, Borja de las Heras, cuarenta años, pelo engominado, traje de seda Armani y de chapa Porsche Cayenne, se detiene hoy en el semáforo que hay justo en la esquina de su oficina. Llega tarde, está impaciente. Sus dedos tamborilean sobre el volante. Cuando un vendedor de pañuelos se le acerca apenado, Borja murmura para sí… “Otra vez el pesado este…”

Entonces le muestra su pañuelo Balenciaga con una mueca borde, que pretende imitar su cara de pena. Seguidamente, arroja el pañuelo de cien euros al asiento del copiloto.

Al llegar a lo oficina mira por la ventana y se sonríe del poco éxito que tiene el vendedor de pañuelos. Entra la secretaria y le trae un café, él se lo agradece acariciando la parte baja de su espalda, ante lo que ella no parece molestarse. Tampoco se molestan ni la esposa ni el hijo de Borja, sonrientes en la foto, como riendo la gracia chusquera del exitoso cabeza de familia.

Borja le comenta a su atenta secretaria: “¿Te has fijado alguna vez en lo buenos actores que son esos tíos del semáforo? Seguro que son más felices que tú y ponen carita de pena…”

La secretaria le sonríe y le contesta acariciando su cabello: “no seas canalla. Guarda energía para luego…”

Abajo, en la calle, el semáforo se pone en rojo.

Suena el teléfono. Es su mujer, con la mano indica a la secretaria que cierre la puerta al salir, señalando el teléfono e imitando una expresión consistente en inflar los mofletes, riéndose como hace siempre del sobrepeso de su querida esposa. La secretaria se marcha sonriéndole con complicidad.

De entrada, Borja parece que encaja ya mal la conversación, cortando a su mujer repetidamente…

Borja: “¿Ya estamos otra vez con lo mismo?”

Esposa: “No, esta vez es distinto, tengo fotos de ti y tu amiguita de la oficina haciendo manitas en el restaurante…”

Borja traga saliva. No puede pensar, pero todavía puede intuir, y eso se le da muy bien, como a cualquier gran mentiroso. Tras una pausa responde.

Borja: “Me… ¿me has puesto un detective?”

Esposa: “Qué pensabas, ¿que esto iba a durar mucho tiempo? Me tienes harta, habla con tu abogado, le llamará el mío… búscate donde dormir hoy y en adelante, porque la casa me la van a ceder a mí, tenemos hijos, ¿recuerdas? ¡estás cogido por los huevos! Cómo has podido…”

Ella cuelga.

En la calle suena un claxon y alguien increpa a un conductor, pero Borja siente ese grito como si le increparan a él y se siente enojado, le duele en el oído, le atraviesa el cerebro pero no le llega al corazón… ahí el grito se da de bruces con cemento armado de gran espesor.

Borja cierra la cortina con furia y marca un número en el móvil, pero enseguida entra la secretaria…

Borja: Te he dicho que cerraras…

La secretaria, cohibida por su cambio de comportamiento, le informa expeditiva: “El director general te reclama ahora mismo, parece que es urgente…”

Abajo en la calle, el semáforo se pone en ámbar, rojo…

Entra en el despacho del director general, que le recibe con una mueca muy seria. Su expresión choca con la amplia sonrisa que Borja le dedica al entrar, como si esperase buenas noticias. Borja se sienta.

El director, viejo compañero de barra y de fatigas cuando trepaban juntos para llegar a lo más alto, le habla ahora como a un empleado: “Verás, Borja, como ya te dije lo del ascenso, con la crisis, finalmente no ha podido ser…”

Borja: Pero… bueno entiendo la situación claro…

Borja ha entrado en cólera, no ha entendido nada, quiere aparentar que encaja bien el golpe pero se queda k.o. y en silencio. El director general aprovecha su guardia baja, y cuando aún no se ha recuperado prosigue: “Espera, hay más… no sé cómo decírtelo, no esperaba tenerte que hablar así nunca, pero lo del affaire con tu secretaria ya te dije que no les gustaría nada a los de la central si se enteraban, y parece ser que lo saben…”

Borja esta vez reacciona y le corta: “Fue una noche…”

El director arranca de nuevo y ya no puede parar: “Sí, pero era la cena de Navidad, te vieron todos… Verás, el problema es que con la crisis, estos cabrones de la central van a por todas, y si pueden ahorrarse algo en un despido lo harán.”

Borja sale de las cuerdas y se levanta de la silla, su voz también comienza a levantarse: “Espera… cómo que despido…”

El director respira hondo, conoce a Borja, en un tiempo casi le temía, pero nunca soltó la cuerda por donde treparía más tarde Borja. Así que la suelta, dejando caer a Borja unos metros más al abismo…”Borja, las cosas están peor que nunca, llevo tiempo avisándote y tú como si nada… Y en tu situación podría ser un despido procedente, por contravenir una norma de la compañía al liarte con ella, aunque eso es discutible, pero recuerda también la denuncia por mobbing…”

Borja no puede escuchar más. Ya no habla, grita, el director general se retira hacia atrás un poco en la silla, pocas veces pensó que esas ruedecillas de esas sillas baratas de oferta le servirían para algo como evitar ser escupido. Borja escupe, vomita palabras: “¿Mobbing? ¡ja, aquello fue un plan de esa trepa para sacarme del medio! Si me despiden van a pagarme hasta el último duro… Tú confiaste en mí, ¡habla con ellos!”

Borja golpea la mesa furioso, ante lo que el Director general decide acabar la conversación enseguida: “Llama a un buen abogado, Borja. Lo siento mucho, pero creo que será mejor que dejes tu puesto a partir de hoy mismo. Me han puesto entre las cuerdas… Nuestro abogado llamará al tuyo.”

Borja se levanta para salir del despacho pero en la puerta se detiene y vuelve a la mesa del director, donde arroja las llaves del coche que golpean y rallan la delicada superficie de madera. También deja el móvil con un golpe. Luego lo levanta y lo estampa contra la ventana. Abajo, los peatones, el vendedor de pañuelos, nadie se da cuenta de su desgracia.

Dentro de Borja, el armazón de cemento que protege eso que tenía por corazón, se ha empezado a agrietar, como si él mismo se hubiese estafado pensando que sería resistente a todo. Sin embargo, ese cemento no puede con la aluminosis del destino.

Y Borja no puede más, casi no sabe lo que dice… “Toma, métete por el culo tooooda la confianza que dijiste haber depositado en mí… Os vais a enterar hijos de puta, pero qué cojones pasa hoy, ¡os habéis puesto todos de acuerdo para joderme la vida! Tengo mujer y un hijo, ¡no merezco esto…!”

La secretaria, que ha estado escuchando los gritos desde el despacho de Borja, mira la foto de su mujer y su hijo, que parecen ajenos a todo y a todos, especialmente al que hasta ahora ha sido el brillante cabeza engominada de familia.

Abajo, en la calle, la secretaria observa el semáforo ponerse en rojo una vez más.

El director general está a punto de pulsar el intercomunicador… le avisa antes de hacerlo, solo le concederá esta tregua… “Borja, si no te vas ahora mismo llamo a seguridad.”

Borja sale del despacho furioso, se cruza con la secretaria en el pasillo y la mira como si sospechara de ella… le pregunta: “¿Has sido tú zorra, les has dicho lo bien que te follo también?”

Ella le mira con desprecio. Él sigue su camino y entra en su despacho cerrando de un portazo. Coge el retrato de su mujer, sus llaves de casa y sale de la oficina.

En la calle mira a un lado y a otro, no sabe adonde ir ni que hacer… mira las llaves de casa que tiene en una mano, sonríe con cinismo, y las lanza con todas sus fuerzas… hoy ya no tiene casa.

Camina unos metros, mira el retrato de su mujer… la rabia se transforma en desesperación. Rompe a llorar.

Camina un poco más, ha llegado al semáforo donde esta mañana se ha parado. Esta vez llega al cruce a pie. Pero el semáforo para peatones se ha puesto en rojo, como si quisiera pararle a él en su camino… hoy el mundo ha confabulado su derrota. Esta vez se resigna y se detiene.

Busca en su bolsillo el pañuelo para secarse las lágrimas, y recuerda entonces que se ha quedado en el coche.

El vendedor de pañuelos de las mañanas se le acerca, observa la cara de Borja manchada de lágrimas, y le ofrece un paquete.

Borja no lo acepta, por primera vez muestra cierta vergüenza, le enseña los bolsillos vacíos riéndose de su desgracia… no lleva dinero, pero el vendedor insiste con carita de pena: “no importa señor…”

Borja coge un paquete, toma un pañuelo de papel y seca sus lágrimas.

Mientras tanto, en el flamante coche de empresa que ya no le pertenece, el pañuelo de seda espera impecable, sobre el asiento de cuero, servir algún día para lo que fue diseñado.

Y es que tal vez, en los tiempos que corren, la desdicha haya decidido ofrecer pañuelos más humildes.

4 Comentarios
  1. Es una historia demasiado real, también aquí del otro lado del Océano. Muy bueno, gracias por compartir.

  2. Se lo merece, por desgraciado!! ja!!

  3. aaa que linda historia, borja se lo merece por hhdp.

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