Vinalia urbana
28 de Marzo, 2012 5
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En nuestro cielo, Venus y Júpiter parecen gobernar. Su brillo de
brazos infinitos hacen pensar, por momentos, que pueden llegar a
rozarse, a fusionarse, incluso, en un abrazo de proporciones
ciertamente cósmicas. Proporciones cósmicas…
En realidad, Venus y Júpiter yacen cada uno en la orilla opuesta de
un negro océano que, entre ellos, extiende unos setecientos cincuenta
millones de kilómetros. Posiblemente nunca mantendrán contacto sus
materias hasta la noche en que ambos se conviertan en mera ceniza de
estrellas. Eras enteras nacerán y morirán antes de ese momento. La
desierta y azotada esfera de Zeus y la infernal y solitaria esfera de
Afrodita, carecen, sin lugar a dudas, de la presencia observadora que
las pudiera acercar. Nadie, desde Venus, contempla a través de lo
eterno el destello de Júpiter. Es cierto en ambos sentidos.
Aun así, al caminar sin rumbo, estar sentado en el parque o mirar
por la ventana, ¿Quién podría asegurar que no están a una sola caricia
de distancia?
Para mi mirada, pese a conocer la verdad sobre sus proporciones y
respectivas posiciones, son dos astros amantes acompañánose en su
lento viaje, flotando entre el humo del cigarrillo que se consume en
mis dedos. Son dos alfileres prendidos de la noche, separados por un
par de centímetros, por unos cuantos grados.
Observando estos cielos, precisamente estos, se despierta en mí la
creencia en el destino. Las estrellas, los planetas, marcados en el
astrolabio; señales talladas en el rostro que gobierna los sueños. Un
mapa de las estrellas, un mapa de la noche. Una colección de
constelaciones ocultas; una mirada que señala nuestra precisa posición
en el espacio y el tiempo.
Navegar sin estos faros celestes es navegar a la deriva, navegar
sin una esperanza de sentir nuevamente entre los dedos la arena.
Flotar en la barcaza hasta perecer vencido por un sol furioso, por el
hambre inmisericorde y por la sed perenne.
Pero en las noches de marzo y de abril no ha de temerse este
destino, aun cuando se surque el más oscuro mar, aun cuando haga ya
mucho tiempo desde que se escuchó un murmullo humano. Vejovis y
Astarté siempre marcan el camino, dibujados en la noche como en la
cara de una diosa benevolente. Le hacen frente a Marte y a Luna y
sonríen quedamente para recordarnos que, así cinco veces cinco lustros
transcurran, siempre se ha de levantar la copa para celebrar todo lo
profano, todo lo que es puro, la mañana que nace de la Vinalia Urbana.

5 Comentarios
  1. Me fuí un rato de paseo por el universo, gracias por compartir. Saludos

  2. Bueno… ¿y? ¿Pasó algo de interés la noche de antes?

  3. Interesante y estructurado, de compleja sintaxis. En mi opinión, contiene exceso de infinitivos en la expresión de la acción, característica forma del habla de los “indios”.

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