Vino teñido, anuncio de muerte
10 de Abril, 2012 3
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El vino blanco dulce, mientras más frío mejor.

 

Sacó la botella de entre los pliegues de su gabardina y me la pasó. La sostuve un segundo y me quemó los dedos. Cuando la solté, la botella cayó al suelo, y mi sueño se rompió en mil pedazos.

 

Esa noche, decidí no seguir mi ritual nocturno de una copa antes de dormir.

 

El vino blanco dulce, mientras más frío mejor.

 

Una vez más me pasó la botella. Esta vez estaba preparado para su contacto tan frío que dolía en los huesos: no la dejé caer. La deposité en una mesita que estaba entre los dos. Ernest sonrió y chasqueó los dedos: un vaso de cristal sin pulir apareció en mi mano. Ernest descorchó la botella y me sirvió, el vaso medio lleno.

 

Sólo le falta la sangre de Cristo que murió por nuestros pecados.

 

Ernest se pinchó un dedo y lo puso sobre mí bebida: una gota de sangre, solitaria, manchó el helado vino. Me hizo una señal para que lo bebiera y yo no pude reprimir el asco: tiré la copa al otro lado de la habitación. Cuando desperté, mi cama estaba manchada de sangre. Yo no tenía ninguna herida. Esa noche me bebí una botella entera de vino blanco, sin olerlo ni degustarlo. Lo bogué como agua. No quería tener más la misma maldita pesadilla.

 

El vino banco dulce, mientras más frío mejor.

 

Soporte la helada cuchillada del frío vaso.

 

Sólo le falta la sangre de Cristo que murió por nuestros pecados.

 

Preguntándome si el sacrilegio estaría en la sangre, o en no oler el trago, dejé que el líquido sanguinolento entrara en mi boca. Planeaba deslizarlo sin demora por mi garganta, pero no pude evitarlo dejarlo un rato en mi boca, extasiado por su celestial sabor. Ernest se había estado burlando de mí todo el tiempo.

 

¿De verdad creías que te iba a dar sangre, Ernest?

 

Cuando desperté esa mañana, aún seguía en la sala con Ernest. Por más que vaciáramos una copa tras otra, ni la botella se acababa, ni tampoco Ernest dejaba de derramar una gota de lo que no era sangre.

 

— ¿Y dónde estamos? —Le pregunté aturdido.

 

En el cuello de la botella.

 

— ¿Y cómo salimos? —Insistí sin comprender su anterior respuesta, ni tampoco las venideras.

 

Desde luego, no por el culo de la botella.

 

— ¿Por la boca entonces?

 

Por esa muere el pez.

 

—No entiendo que quieres de mí.

 

Que bebas otra copa.

 

Cuando desperté esa mañana, ya no sabía quién era. Decidí usar mi propia sangre para endulzar mi vino blanco. Las fuerzas me fallaron, el vino se me regó sobre los pantalones. Mis manos ahora eran viejas y arrugadas. Ernest se levantó por primera vez. Su sonrisa era de triunfo, sus ojos de voracidad liberada.

 

Ahora yo seré tu mar, Ernest, porque te has vuelto viejo.

 

Ernest se hinchó y estalló: era un líquido cristalino que inundó la habitación y me ahogó.

 

—No quiero llegar a viejo —le dije a mi esposa cuando me levanté.

 

—Soñar con agua limpia es buena señal —me replicó ella, aplacadora como siempre—. Estate tranquilo, Ernest.

 

—No era agua —repliqué—: era vino teñido de sangre.

3 Comentarios
  1. Atrapante sueño, mezclado en la copa con la realidad.

    • Soy un firme convencido que las peores pesadillas son las que se confunden con la realidad.

      Gracias por tu comentario hugojota

  2. ¿Una pesadilla confundida con la realidad, o una realidad confundida con una pesadilla…?
    Me gusto, amigo.
    Gracias!!

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