Y que el viento se lleve las cenizas
2 de Septiembre, 2012 8
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Salvo los domingos, Ana se levanta a las siete y media de la mañana para arreglarse e ir a abrir su pequeña librería situada en una de las estrechas callejuelas que desemboca en la plaza mayor de la villa. Lo primero que hace es poner la cafetera a funcionar, después, se dirige al baño para darse una ducha. Le gusta tomársela con calma, disfrutando del chorro de agua caliente que la aviva y le desentumece el cuerpo. Al terminar, envuelve el cabello en una toalla, y procede a secarse con cuidado la cara para seguidamente continuar con el resto del cuerpo, desde la punta de los pies hasta el cuello. Se aplica sus cremas, algo de maquillaje y, por último, delinea sus ojos con una fina raya en el párpado superior que los agranda y les da vida.

Cuando sale del baño, ataviada con un albornoz y la toalla que recoge su pelo todavía húmedo, un intenso olor a café la envuelve. Él se ha vuelto la base de su existencia y siempre se toma dos tazas antes de salir. El que le sobra lo mete en un termo que la acompañará a lo largo de la mañana.

Le gusta tomarse la primera taza de pie junto a la ventana que da al jardín para ver el día que a esa hora empieza a despuntar. También observa el limonero, ahora lleno de frutos, que plantó cuando era niña en una esquina protegida y soleada, sorprendiéndose de lo mucho y bien que se mantiene en esa tierra fría y estéril, al igual que la hiedra, que trepa por los viejos muros de piedra y ni las bajas temperaturas ni las heladas la detienen.

La segunda taza se la toma en el dormitorio a pequeños sorbos mientras hace la cama y elige del antiguo ropero la ropa que ese día se pondrá. Tiene bastante donde escoger, aunque casi todas sus prendas son iguales. Al final se decide por una falda larga con vuelo y un jersey de mohair que coloca con cuidado, bien extendidos, sobre la cama. Ambas prendas son negras, parecidas a las que ha usado el día anterior, aunque ella las distingue bien por las hechuras y los pequeños detalles que las adornan. Las distingue tan bien como sus días, tan iguales y, sin embargo, tan diferentes.

Ana saca la ropa interior de la pesada cómoda de roble, a juego con el resto del mobiliario que llena esa habitación y que antaño talló el abuelo con sus propias manos. Lentamente comienza a vestirse. No tiene prisa. Hace años que dejó de tenerla, tantos, como hace que abandonó la ciudad y regresó para habitar la casa de sus antepasados; la casa donde nació su padre y antes lo hizo el abuelo. Donde ella también nació y tuvo una infancia feliz y sobreprotegida.

Mientras toma el penúltimo sorbo de su segunda taza, seca su dorada melena. Mientras lo hace piensa que se debería cortar el pelo porque cada vez se le hace más difícil de peinar, pero una vez recogido en la habitual trenza le da igual, y se olvida de él hasta el día siguiente, cuando de nuevo se lo tiene que secar.

Antes no era tan dejada. Hace mucho tiempo atrás llevaba el pelo suelto, o recogido de forma singular, pero siempre cortado a la última. Antes también era una mujer de éxito que vivía en una lujosa zona residencial de la ciudad. Antes, siempre antes, la amaban y tenía a quien amar. Ahora tiene una librería, un pequeño jardín donde matar el tedio las tardes de domingo, y la vieja casona familiar, donde dentro de sus muros se ha enterrado en vida.

Peinada, termina de vestirse y toma el último sorbo de su segunda taza. Sólo entonces se pinta los labios de un pálido rosa frente al espejo que hay en el recibidor de entrada, donde ya tiene preparado el bolso con termo, y como el día es frío, también los guantes de piel y un largo abrigo de lana.

Media hora como mucho, es cuanto tarda en recorrer la distancia que separa su casa de la pequeña librería que ahora es el centro de su vida. El trayecto lo hace a pie porque a los coches no les está permitido circular por esa zona de la villa, aunque a ella le da igual, porque le gusta caminar por esas viejas calles empedradas que devuelven el eco de sus pasos como saludando al nuevo día.

A las nueve en punto levanta la persiana de su negocio y, como todos los días hace nada más traspasar el umbral, se toma su tiempo para respirar el aroma a cera del suelo, el del papel de los libros, y ese olor a cuero que aún persiste como grabado a fuego en las paredes. Después enciende las luces porque ni en verano son capaces los rayos del sol de penetrar en esas estrechas callejuelas. Piensa que tuvo suerte en encontrar ese local, antigua tenería, con sus muros de piedra que encierran nostalgias de otros días.

Como hasta dentro de una hora no habrá actividad, limpia un poco y desempaqueta el último material recibido que coloca en los diferentes estantes perfectamente ordenados por su contenido. Mientras lo hace suena la campanilla que hay sobre la puerta. Ana sabe que a esa hora no se trata de ningún cliente y se vuelve hacia el recién llegado con una sonrisa.

Isidro es el propietario de la tienda de al lado, probablemente, la más antigua de toda la villa. Ana la recuerda siempre igual. Tan solo ha cambiado el letrero, que sigue siendo de madera y forja, pero que ahora anuncia una tienda de delicatesen. También a Isidro lo recuerda del mismo modo, como si los años hubieran pasado de largo, sin hacer mella en él. Lo recuerda con ese mismo pelo cano ya, y la piel morena curtida por el sol. Vistiendo siempre una camisa inmaculadamente blanca arremangada bajo el negro chaleco entreabierto de raso y lana. Recuerda verlo siempre atareado ordenando las cajas de hortaliza y los cajones de repletos de legumbres que entonces vendía a granel, o colgando del techo abadejos y taránganas entre ramos de guindillas y otras hierbas aromáticas, cuando no estaba quitando el polvo a los estantes mientras la intensa de su mujer se afanaba atendiendo a la clientela.

La tienda de Isidro era una parada obligatoria para su madre cuando regresaba del mercado. Allí terminaba siempre de hacer las últimas compras de lo que necesitaba para la casa. Mientras, Ana, que siempre la acompañaba, se entretenía mirando las cubetas de los encurtidos queriendo meter las manos en ellas y probarlo todo, aunque ya a su corta edad descubriera que el sabor ácido le disgustaba. Isidro, al verla, siempre dejaba a un lado lo que estuviera haciendo y preparaba un capirucho de papel que llenaba de altramuces que luego le entregaba con un guiño, sin pronunciar palabra. Solo entonces se iba a sentar tranquilamente en uno de los dos escalones de piedra que separaban el suelo de la calle del de la tienda, y allí, entretenida comiendo, se quedaba hasta que su madre terminaba de hacer las compras y remprendían el regreso a casa por esas mismas callejuelas que ahora, treinta y tantos años después, sigue transitando varias veces al día.

Ana sonríe al recordar; el hombre sigue igual de parco en palabras, casi todo lo que cuenta lo dice con la mirada.

Aparece a la misma hora cada mañana y siempre trae consigo unos bollos de leche recién horneados que se toman juntos tranquilamente ante una taza de café. Ambos se sientan alrededor de la mesa camilla, que Ana prefirió colocar junto al escaparate en lugar del típico mostrador, y el hombre todos los días le dice lo mismo, que es la única que sabe preparar bien el café. Ambos saben que lo que dice es hablar por hablar; que lo que le da buen sabor al negro líquido es el silencio; la muda soledad compartida que hace que sus vidas no parezcan tan huecas.

El sonido de la campanilla anuncia una nueva llegada. Pasado y presente sonríen. Ambos saben que quien entra es el futuro que como siempre llega con prisa. Iria, joven, rebelde y artista, no quiere dejar de compartir una taza de café y charla un rato con ellos porque dice que le da buen karma para el resto del día. Es dueña de la floristería que hay enfrente de la librería. Es, también, la de las nuevas tecnologías, la de las genialidades, la escaparatista; la que está llena de ideas y sueños que les arranca sonrisas con su jovial algarabía. Isidro y Ana despiertan entonces de ese diálogo mudo porque es imposible permanecer imperturbable al lado de Iria, que habla y habla sin parar con esa inagotable energía que caracteriza a la juventud desinhibida.

A las diez menos cinco, sus amigos abandonan el local para ir a abrir sus respectivas tiendas. Ana los acompaña hasta la puerta donde se despide de ellos hasta más tarde. Después recoge las tazas que enjuaga en un fregadero de la trastienda y regresa a su sitio en la mesa. Allí levanta la tapa del portátil, y mientras espera a que se encienda para ver las últimas novedades literarias, sus ojos reparan en la caracola que hay sobre un estante. Al verla, no puede evitar que los recuerdos afloren y se acuerde de él.

Rodrigo entró por primera vez en la tienda de Ana un viernes cuatro meses atrás. Buscaba un libro entretenido de fácil lectura porque según dijo, había tenido unos días enrevesados y quería pasar un fin de semana tranquilo leyendo algo que lo distrajera. Ella le aconsejó sobre varios y él al final se decantó por una novela de suspense poco comprometida. Cuando se fue, Ana pensó que no lo volvería a ver; no le pareció el tipo de hombre que gastara su tiempo con lecturas. Pero se equivocó, pues a la semana siguiente volvió y compró un libro que pidió por el título y el nombre del autor. Ese día la conversación entre ambos fluyó larga y tendida.

Las semanas se sucedieron y Rodrigo se hizo un habitual; al principio acudía una vez por semana, después, cada tres o cuatro días. Entre los retazos de conversación, Ana fue descubriendo detalles de su vida, y así se enteró de que era uno de los médicos del centro de salud; que le gustaba la escalada y que su otra gran pasión era la cocina. Le contó que había nacido treinta y dos años antes en una pedanía cercana, en el seno de una gran familia, y que sólo estuvo ausente del lugar mientras cursó estudios en la facultad de medicina. Le dijo que vivía solo, aunque pocas veces podía disfrutar de un momento de soledad ya que siempre estaba rodeado o por la familia o por amigos, y que no dejaría esa villa para irse a vivir a una gran ciudad porque allí encontraba todo lo que necesitaba para ser feliz.

Él le contaba esas cosas mientras Ana asentía y hacía alguna que otra pregunta ocasional, más por cortesía que por interés personal. O al menos eso se decía a sí misma para justificarse, tratando de ignorar las extrañas sensaciones que aquel hombre le provocaba.

Pero entonces ocurrió que, a los dos meses de haberlo conocido, se encontró con él en el transcurso de la celebración de las fiestas de la Judería y su relación dio un giro inesperado que trastocó su ordenada vida.

Ya de niña a Ana le encantaba estas fiestas tradicionales en las que participa toda la villa, donde los vecinos se visten como siglos atrás lo hicieron las diferentes clases sociales del Medievo y recrean las diferentes culturas y estilos de vida de aquellos que en tiempos habitaron la ciudad. Donde también calles del barrio antiguo se engalanan de igual forma llenándose de olores y coloridos con tenderetes que muestran los diferentes oficios de entonces y mercaderías, que aprovechan el tirón las fiestas para dar a conocer la gastronomía de la zona y vender ropa y artesanía.

La propia familia de Ana siempre participó activamente en el jolgorio, incluso tenían su propio puesto de ebanistería. Su madre, en aquel entonces, la vestía con preciosos trajes de princesita que la habían hecho soñar como si realmente lo fuera. Esa imagen despreocupada que de ella tenía se tornaba ahora regresiva, arrancándole unos recuerdos que la entristecían y que prefería ignorar. Aun así, desde que había regresado, al menos uno de los cuatro días que duraban las fiestas, se dejaba caer por esas calles bulliciosas queriéndose confundir entre la multitud dispar como si fuera una turista ocasional que disfrutaba sin más del espectáculo.

Rodrigo la encontró en un puesto de platería cuando admiraba unos brazaletes de fina filigrana. Todos le parecían muy hermosos y no se decidía cuál comprar. Por otro lado, pensaba que era absurdo gastar dinero en algo tan bello que no tendría ocasión de lucir.

“Ese, el de tu mano derecha”, oyó una voz a su espalda, “es el más fino y delicado”.

Ana se volvió, encontrándose con una sonrisa alegre y una chispa divertida en unos ojos que ya le habían calado. Ella eligió el brazalete que le indicaba que después él insistió en regalarle. Algo a lo que rotundamente se negó con una aspereza muy poco habitual en ella.

Y quizás fue la rotunda negativa la que la condicionó a no rechazar el ofrecimiento de su compañía para no resquebrajar más su ánimo, y juntos emprendieron un recorriendo que la llevaría a olvidarse de todo.

Ana no se explica la razón por la que esa noche terminó en la cama con él, sí fue porque se dejó contagiar por el ambiente festivo, o tuvo algo que ver las amuchas atenciones que él le dedicaba. Ella prefiere justificarse achacándole la culpa a la larga ausencia de sexo en su vida, aunque en lo más recóndito de su ser sabe que eso es una pobre excusa.

Lo malo de todo vendría a la mañana siguiente, cuando tras despertarse en una cama extraña se encontró con los cálidos ojos de él y una inesperada declaración que no pudo corresponder. Horrorizada, trató de convencerlo a él de que aquella fue una noche equivocada y que lo ocurrido entre ellos jamás debió suceder.

Pero lo peor de todo aquello vendría después, con el paso de los días. Y es que Ana añora ese encuentro tanto como lo rechaza. A veces se consuela pensando que, tras haber sobrepasado una edad crítica, luce una madurez serena; que a pesar de ese cierto aire de melancolía que en los últimos tiempos parece que siempre la acompaña, aún puede genera sus buenas dosis de deseo, como en esa noche que trata de olvidar. Incluso se siente especial y sueña que quizás merezca darle a su vida una segunda oportunidad. Pero enseguida cambia de parecer y aleja de sí esos pensamientos que la angustian y atenazan hasta ahogarla. Se dice a sí misma que lo que siente por Rodrigo es sólo atracción sexual. Pero se engaña. En el fondo sabe que se trata de mucho más y tiene miedo. Ana no quiere amar porque teme volver a ser traiciona.

Se siente inquieta, desasosegada; como esa caracola que ahora mira; arrastrada por las olas hasta la playa: usada, gastada, vacía. Sin nada que ofrecer; sin ya nada que esperar de la vida.

A la una y media en punto Ana echa el cierre y se va en busca de Isidro para ir a comer. A ambos les gusta hacerlo juntos en alguna de las muchas tabernas que hay por la zona. Después suelen dar un largo paseo para rebajar calorías, salvo que haga mucho frío o demasiado calor, que entonces caminan hasta el cercano molino de harina, ahora reconvertido en cafetería, donde se entretienen echando una partida a las cartas. Pero algunas veces es el anciano el que cocina para ella en el piso que tiene sobre la tienda, aunque Ana le echa una mano, y también le corresponde invitándolo a comer en su casa algún que otro fin de semana. Cuando comen en el piso, después no salen y se quedan en la sala viendo la televisión hasta la hora de volver a abrir las tiendas. Aunque por lo general no ven nada, ya que Isidro inmediatamente se queda dormido y ella también aprovecha para echar una cabezada.

Hoy ha sido uno de eso día en que han comido en la casa, pero después, y aunque hace más frío de lo habitual, Isidro le ha pedido que lo acompañe hasta un lugar. Ana acepta sin preguntar. Ambos se ponen los abrigos y abandonan con su acostumbrado silencio el cálido hogar. Tras recorrer varias calles desiertas, Isidro se detiene ante la escalinata que conduce a la iglesia del convento de las Carmelitas y le pide a Ana que entre con él aun sabiendo como sabe que ella no es creyente.

El interior es más luminoso de lo que desde el exterior parecía; la claridad penetra atravesando el lucernario vidriado sobre el ábside con una luz colorida que transmite cierta calidez. Suena música de un órgano que Ana busca a su alrededor, mientras camina siguiendo los pasos de Isidro por el pasillo central hacia el altar, que se detienen al alcanzar la primera hilera de bancos. El hombre le cede el paso para que tome asiento, arrodillándose seguidamente él a su lado. Mientras Isidro está ensimismado con sus rezos, Ana se abstrae mirando las imágenes de los santos del barroco retablo, cuyas molduras y filigranas casi llegan a tocar el punto medio del arco central. Aunque Ana conocía esa iglesia por haber pasado infinidad de veces por delante de su puerta, es la primera vez que la visita por dentro, y tal vea sea la combinación de la música con la luz y el olor a incienso y a cera, lo que hace que ese lugar le parezca un remanso de paz que merece la pena volver a visitar.

Por fin Isidro se incorpora y toma asiento a su lado. Ana está a punto de decirle que le gusta estar allí cuando de repente el anciano comienza a hablar.

—Aquí, frente este altar, me casé con Clara.

—¡Clara!

Ana mira a Isidro con sorpresa. No tiene idea de lo que le habla.

—Clara, mi primera mujer.

Se hace un silencio que Ana no se atreve a romper. Isidro saca de un bolsillo de su chaqueta una cartera con fotos que le muestra. Reconoce en una a Adela. También a su hijo que vive en la capital con su mujer y sus tres niños, a los que conoce porque visitan a Isidro con frecuencia. Pero es una foto antigua con los bordes ajados la que atrapa toda su atención. Es una foto de boda hecha en un estudio. Detrás de la pareja de novios hay pintado un gran mural de lo que parece un jardín idílico. El chico esté de pie. Es alto, atractivo, con una mata de pelo negro ensortijado que cuesta reconocer que se trate de Isidro. Son los ojos lo que lo delatan, esos ojos que miran encandilados a la chica que posa sentada a su lado mirando a la cámara. Es hermosa, delicada; elegantemente vestida con un sencillo vestido de blanco y un etéreo velo de tul que la envuelve como un aura. Ana le devuelve la cartera y espera a que él continúe, pero el hombre permanece callado y ausente, como si se encontrara a miles de kilómetros de allí.

Es de regreso, caminando con paso tranquilo, cuando Isidro comienza de nuevo a hablar.

—Clara y yo crecimos juntos y siempre supimos que en cuanto pudiéramos nos casaríamos.

—No sabía que habías estado casado anteriormente.

Isidro asiente antes de continuar.

—Pocos hay que lo saben y lo recuerden. Éramos muy jóvenes cuando nos casamos y enseguida nos pusimos a trabajar duro para poner la tienda y sacarla adelante. Fueron tiempos difíciles, de apretarse el cinturón, pero no nos importaba porque nos teníamos el uno al otro —Isidro habla despacio, como reviviendo aquella época lejana−. Dios nos bendijo pronto y Clara se quedó embarazada. El día que me dio la noticia fue uno de los más felices de mi vida. Esa noche salimos a celebrarlo yendo a cenar… A los cinco mese perdió el bebé que esperábamos y un mes más tarde la perdía a ella. Yo tenía veintidós años. Clara no había cumplido siquiera los veinte años.

—Cuanto lo siento, Isidro. Tuvo que ser muy doloroso, tan jóvenes…

—Lo fue… Fue terrible… Deseé morir… Irme con ella… Me sentía tan culpable… —continua Isidro con voz entrecortada que Ana siente lo mucho que a él le cuesta hablar— Pero la vida sigue, y cuando menos lo esperas te ofrece una segunda oportunidad… Adela era hija de los dueños de la casa donde está la tienda… Cuando Clara murió, ella fue la que se hizo cargo del negocio porque a mí me daba ya todo igual. Durante un tiempo me permitió que llorara…, pero ya sabes como era Adala de cabezota…

Ana asiente y esboza una sonrisa al recordar a la enérgica mujer.

—Después de Clara, Adela es lo mejor que me ha pasado. Sin ella, mi vida no habría tenido sentido —Isidro vuelve a enfrascarse en sus recuerdos y Ana guarda silencio. De repente Isidro se detiene y la mira con intensidad—. Me siento muy afortunado de haber sabido aprovechar la segunda oportunidad que me dio la vida. Me casé con Adela y viví cuarenta años de felicidad a su lado hasta que esa horrible enfermedad se la llevó. Pero me dio un hijo y ahora también tengo tres preciosos nietos que son mi orgullo y felicidad.

Ana se despide con una sonrisa a la mujer que le acaba de comprar una colección de cuentos para sus hijas. En otras circunstancias estaría muy contenta por lo bien que le ha ido el día con las ventas, aunque para ella el dinero no constituye una preocupación. Lo que la tiene ensimismada es la historia que Isidro le ha contado, que en toda la tarde se le ha ido de la cabeza. Le resulta extraño que después de tanto tiempo de conocerse no supiera nada de esa parte de su vida; aunque lo que más le llama la atención es que tras todos eso años en los que ha vuelto a vivir allí, fuera precisamente ahora cuando él decidiera contársela.

¿Acaso trataba de decirle algo? ¿Podría ser que estuviera enterado de su affaire con Rodrigo? Fueron muchos los conocidos que los vieron pasear juntos durante toda la tarde en aquel día de fiestas y acostumbrados a verla siempre sola, no pudo evitar que surgieran habladurías durante la semana siguiente. Aquello era lo malo de vivir en una villa en donde casi todos se conocían, sobre todo a ella, siendo la única nieta e hija de unos hombres que en su día fueron pilares fundamentales de la comunidad.

En cualquier caso, la historia de Isidro le relatara nada tenía que ver con la de ella; no había ningún paralelismo entre sus vidas. Su exmarido está muy vivo, casado de nuevo con la mujer que fuera su amante y feliz con unos hijos que ella jamás podrá tener porque está yerma. A Ana le hubiera gustado que sus circunstancias hubieran sido bien distintas, pero no lo son y por ello se siente vacía. A fuerza de carácter ha aprendido a controlar ese frio yermo en sus entrañas que siempre la acompaña, al que tendría ya que estar acostumbrada y que hoy lo siente más intensamente que otros días…

Sobre las siete aparece Iria. Ana siempre se alegra de verla porque así dejará de pensar. Iria siempre tiene mucho que contar de su vida y sobre la de los demás.

—Me voy a hacer unos repartos de última hora, así que cierro ya. ¿Nos vemos luego para tomar algo?

—¿Te importa si lo dejamos para otro día? Hoy no me siento con ganas…

—¡Hey…! ¿Qué pasa?

Ana duda en preguntar…, no quiere desvelar ningún secreto, pero por otro lado quiere saber.

—¿Tú sabías qué Isidro habia estado casado anteriormente?

—Algo oí comentar…. ¿Por qué lo preguntas?

—Yo no sabía nada y hoy él me lo contó.

—¿Te contó que su primera esposa se suicidó?

—¡Qué!

—Bueno, nadie sabe muy bien las circunstancias de esa muerte…, salvo Isidro, claro. Él me gusta, es un hombre bueno… No sé, yo creo que con algunas cosas es mejor olvidarlas, echarlas al fuego y dejarlas arder hasta que se consuman, y después…, que el viento se lleve muy lejos las cenizas.

Como cada atardecer al llegar a casa, Ana sigue un ritual preciso. Lo primero que hace es despojarse de la ropa que ha llevado durante todo el día. Alguna de las prendas acaban colgadas en el perchero de su armario tras darles una sacudida, otras, en el cesto de la ropa para lavar. Después se viste con ropa cómoda de andar por casa, y mientras se desmaquilla frente al espejo que hay sobre el lavabo del cuarto de baño, piensa que ese fue un día extraño, inusual.

Hay algo en esa historia de Isidro que Iria sabe y no le quiso contar, que por un lado querría conocer, pero que por otro, intuye que es mejor ignorar…, como las verdaderas circunstancias que la trajeron a vivir de nuevo a la villa donde tuvo una infancia feliz.

Desbarata su trenza, tan bien apretada que ha durado tantas horas sin un solo desquebrajo que se salga de su sitio, y deja libre su dorada melena, que cae en cascada por la espalda. Sin embargo, una gran necesidad se apodera de ella que la lleva a ir en busca de unas tijeras. Cuando sale del cuarto del baño se siente muy ligera, como si se hubiera despojado de una pesada carga.

Hoy no le apetece prepararse nada para cenar, así que se acerca al teléfono y encarga una pizza. Y mientras espera a que se la traigan, enciende un fuego en la chimenea aunque la casa está más que caldeada ya que dispone de calefacción central.

Sentada tranquilamente en sofá frente al fuego que crepita, saboreando una copa bien fría de vino, y con el “Allegro non molto” de Vivaldi sonando de fondo, Ana ojea un álbum de fotos le traen a la memoria las palabras que esa tarde le dijo Iria: “Que el viento se lleve muy lejos las cenizas”.

El timbre suena y Ana arroja al fuego las últimas hojas de una gran mentira, deshaciéndose así de los últimos vestigios de una etapa de su vida. Al cruzar el recibidor para abrir la puerta al chico de la pizzería, casi no reconoce a esa mujer de pelo cortó que hay al otro lado del espejo. Sonríe. Y su sonrisa se agranda todavía más cuando, tras abrir la puerta, descubre que quien está delante de ella no es el chico de la pizzería, sino un hombre que la mira entre asombrado y complacido. Ana piensa que, después de todo, debiera aprovechar las oportunidades que le da la vida e intentar volver a ser feliz.

8 Comentarios
  1. Muy buen relato, Mariav, largo, pero no le sobra nada. Felicitaciones y mi voto.

    • Gracias, VIMON, por leerme y tu opinión sobre el escrito. Yo no soy mucho de comentar pero quiero que sepas que eres uno de los que no me pierdo nada de lo que publica y al que casi siempre voto. Gracias nuevamente por dedicarme tu tiempo leyéndome.

  2. Es un relato bien escrito y contado con sensibilidad. Es facil para el lector meterse en la historia y esperar con emoción que es lo que va a pasar. Felicitaciones literarias y voto al corazón rojo.

    • Gracias por las cosas que me dices, alca, que me animan más a seguir escribiendo.
      Y por cierto, estoy enganchada a esa historia de los dos robots amantes y ya estoy impaciente por leer la próxima entrega.

  3. Mariav: cuando publicaste esta hermosa narración yo estaba de viaje en la ciudad capital de mi estado, Morelia, Michoacán. Es la causa por la que no me deleité leyendo esto tan bien escrito que publicaste.
    Hoy, tranquilamente, me ido leyendo línea por línea de tu narrativa, y me parece super hermosa… una descripción de una vida ordinaria, de alguien que se dedica a sus actividades normales (por cierto, descritas con maestría) para llegar a ese precioso final, en donde Ana deja ese camino tranquilo y sereno, en donde no pasa nada, para precipitarse a la vorágine del amor.
    Me pareció leer a los grandes autores de tu patria… esos famosos escritores que describían cada detalle para que el lector se metiera de lleno al mundo narrado.
    Mi voto (tal vez tarde,pero con gran placer, por ese placer precisamente me he experimentado al leerte).
    Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México) Felicidades por haber puesto de nuevo en tu perfil esa foto tan hermosa.

  4. Como siempre eres demasiado generoso conmigo, pero me encanta que me leas Volivar. Ya sabes que yo también te leo y te voto, aunque ya conoces mi opinión sobre los votos. Aun así cuando leo cosas que me gustan siempre las voto aunque no comente nada.

  5. Hola Maria, primera vez que te leo, confieso que no esperaba encontrarme con esta casi novela, que me tuvo atrapado varios minutos y que me ha dejado un sabor muy agradable.
    Dicen que la curiosidad mató al gato. Esta vez el gato quedó feliz.
    Un abrazo, te seguiré leyendo.

    • Gracias, El Moli, por esos minutos de tu tiempo que has dedicado a leer el tocho y que al menos te ha dejado ese saborcillo.
      Nos leeremos, un abrazo.

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