Para ti.
Fue una época complicada aquella, no recuerdo bien cómo había empezado todo, tan sólo que yo estaba mal, tremendamente mal, y ya ni siquiera me interesaba por mi futuro no por mi salud ni por nada que no fuese lo deprimido que estaba; había llegado hasta ese patético punto en el que ya no te importaba inspirarles lástima a los demás con tal de dártela a ti mismo. Aún así, me lo tomaba con humor, todo había que decirlo, procuraba sobreponerme de esa sensación, andaba por ahí haciendo bromas sobre que me iba a suicidar cortándome las venas y que yo no pensaba limpiarlo luego. Y no sólo eso, también la enfermedad me atosigaba, estaba obsesionado con el cáncer, lo veía en todas partes. Si me notaba un bulto en la espalda de lo enseñaba a todo el mundo hasta que encontrara a alguien que me dijera que, efectivamente, aquello no era sólo un grano, y que incluso podía ser un síntoma claro de cáncer de piel, y entonces yo, valientemente, fingía que aquello no me asustaba y que no me iba a morir por tamaña estupidez, y acto seguido empezaba a buscarme otras molestias o dolencias en alguna otra parte del cuerpo.
No era nada nuevo, esta forma de enfrentarme a la realidad la arrastraba ya desde los doce años, cuando había leído, no recuerdo dónde, una frase que decía algo así como: “llora y llorarás solo, ríe y el mundo entero reirá contigo”. Dios. No le faltaba razón. Uno podía agonizar de un mal lento y doloroso que si era capaz de ponerle unas pinceladas de color y alguna que otra ingeniosidad de por medio se aseguraba que su habitación fuese la más concurrida de toda la planta del hospital. Y en el fondo, para mí, fue un palo asumir eso. Yo, que tenía una enorme fe en la humanidad, de pronto descubría escandalizado y en plena preadolescencia que cada uno miraba por lo suyo, y que lo tuyo, cuando se trataba de algo triste o complicado, se convertía en un peso con el que los demás no estaban dispuestos a cargar. Pensé largo y tendido sobre todo eso, y decidí finalmente participar también en esa enorme hipocresía en la que parecía basarse la amistad. Precisamente por eso nadie llegó nunca a cansarse de mí y de mis bromas por aquel entonces, porque yo era capaz de hacer que rieran conmigo.
En fin, con todo eso encima, estaba empezando a entrar e una especie de psicosis progresiva o algo por el estilo, me convertí en alguien ridículo que rayaba en lo absolutamente insensible; todo lo macabro me atraía de una forma enfermiza, pero nadie salvo yo parecía darse cuenta de aquello. Era tremendo. Y me gustaba, es cierto, sí, claro que me gustaba ser el centro de atención, con todo el mundo alrededor, pendientes de mi situación, esperando a que se me muriera el perro o a que mis padres que echaran definitivamente de casa para poder escuchar una retahíla interminable de estupideces sobre el absurdo de la vida, las relaciones y la familia. Y tal vez, pensaba yo, aquello podía ser algo así como una terapia para ellos, un ejemplo de cómo tomarse sus propios problemas con humor y filosofía; se auto-espoleaban a través de mis gracietas, veían que, en verdad, todas esas preocupaciones no eran para tanto, y que si un tío podía reírse de todo aquello, ¿por qué no iban a poder hacerlo ellos? También puede que esto fuese darles un voto demasiado grande de profundidad, y simplemente eran felices escuchándome despotricar sobre la poca suerte que la vida se había gastado en mí. En cualquier caso, yo estaba convirtiéndome en una maldita caricatura, en un personaje y sólo eso. Y entonces la conocí.
Ella vivía en un pisito de un barrio tranquilo, cerca del casco viejo de la ciudad, estaba estudiando en la universidad; nos habían presentado unos amigos comunes en una fiesta de cumpleaños de alguien y… etc. El resto es fácil suponerlo. Una cosa nos llevó a la otra y terminé saliendo con ella.
Al principio me sentía raro, bastante raro, sonreía como por casualidad, sin ser consciente; dejé de preocuparme de muchas tonterías que hasta ese momento había considerado imprescindibles y abrumadoras en mi vida y que, de golpe, me empezaron a parecer absurdas. Era cómodo y fácil pasar las tardes con ella, prácticamente vivía allí, los dos solos, con su gata y la visita ocasional de algún amigo que nos recordaba más allá de nosotros dos todavía quedaba algo. Pensaba continuamente en lo sencillo que sería morir así, viendo desfilar los días en paz sin precipitarme a recoger sus migajas. Y es que realmente uno necesitaba pocas cosas para continuar, y todas se habían reunido en aquel pisito apartado, como por accidente.
Por lo general nos levantábamos tarde, cerca ya del mediodía, desayunábamos algo y bajábamos al supermercado de la esquina a comprar la comida y la cena. Las tardes las pasábamos durmiendo juntos en su cama o paseando por los alrededores hasta que empezaba a refrescar, y entonces volvíamos a subir a su piso y preparábamos algo caliente y lo comíamos en el sofá y nos quedábamos fumando y hablando hasta tarde. No pasaba nada, y yo no estaba acostumbrado a aquello, pero no fue difícil, porque empecé a comprender que no era necesario que sucediese lo que no estuviera ya ocurriendo, quiero decir que, por primera vez en mi vida, tenía todo lo que había pedido, como caído del cielo, y los pájaros que tenía en la cabeza emigraron y no volví a saber de ellos. Fue madurar como maduran los hombres, supongo, entendiendo que sin alguien al lado con quien compartir lo poco que tenemos, no sirve de nada conservarlo. No me volví más sensible, aunque pueda parecerlo, sólo supe sacarlo todo de dentro, asumirlo, llevarlo a cuestas, pero por primera vez, con alguien al lado que me ayudaba a compartir la carga, siempre y cuando yo le ayudara con la suya. Se habían terminado las fiestas y el trasnochar, lo de volver a casa cuando amanecía y estar todo el día por la calle, porque, cuando hacía aquello, lo hacía porque estaba buscando algo que no sabía precisar muy bien lo que era, y ahora lo tenía, el resto sobraba, no me hacía falta ya hurgar más en los rincones, había encontrado la perla y no sabía darme cuenta de aquello. Porque, aunque por primera vez yo estuviese sintiendo un amor veraz, no era consciente, y seguía bebiendo y comportándome como un imbécil y un niño pequeño, pero eso no fue lo que le cansó a ella. Fue sencillo, como todo, simplemente no me necesitaba a mí, y, poco después, descubrí que tampoco ella era lo que yo andaba buscando.
Terminamos bien, podría decirse, todo lo bien que se puede terminar en estos casos. Prometimos llamarnos pero no lo hicimos porque no nos hacía falta saber más del otro. El asunto es que, de alguna manera, consiguió cambiar algo en mí, darme seguridad. No sé por qué, pero después de que se fuera comprendí que había momentos para estar bien, bromeando, y otros más complicados. Las cosas seguían mal, e iban a seguir mal bastante tiempo, y efectivamente así fue, pero ya no me obsesionaba tanto sobrepasar esa tristeza; la asumí, vino conmigo, durmió a mi lado, y tal y como había venido, un día, desapareció.
Era una buena chica ella, una chica increíble. Y se llamaba Helena.




Muy buen relato. Felicitaciones y mi voto.
Se agradece