¿Que por qué a las tres de la madrugada del jueves pasado estaba yo en el negocio de abarrotes frente a la gasolinera? ¡Por idiota! Nomás por eso, hermanito.
En la oficina de la redacción del periódico La Verdad, a las diez de la noche revisaba lo que habían escrito los colaboradores para la edición del día siguiente.
Desde que la propietaria y directora general (que resulta ser mi mujer, como bien lo sabes) me ascendió en el escalafón de este medio informativo, mis labores empiezan antes de que salga el sol y terminan cerca de las doce de la noche, o como se dice en esta actividad, cerca de las 24.00 horas.
Al principio, y considerando el jugoso aumento de sueldo, no me importaban las burradas que los llamados “periodistas” me enviaban en papel doblado y hasta enrollado, pero ese día ya me tenían hasta la madre las pendejadas que habían mandado a la redacción, como siempre; tenía yo que corregir las faltas de ortografía, la sintaxis, y las babosadas que han aprendido con la tecnología moderna, pues ponen una X en lugar de “por”, y el signo + por el término “más”.
A la medianoche había apagado mi computadora, la luz de la oficina, y me había subido a mi recámara, pues como bien lo sabes, las instalaciones del periódico están en el primer piso de mi casa, que es la tuya, hermano, faltaba más.
Me quité los zapatos, la camisa, el pantalón, luego me envolví la cobija pues hacía un frío de la chingada; pegué las pestañas y el sueño me estaba apartando de este mundo y de sus preocupaciones cuando alocadamente sonó el celular, por lo que sacando una mano de la cobija, a oscuras traté de buscarlo en el buró, pero al no dar con él, a tientas revisé las bolsas de mi pantalón tirado en el piso, y al darme cuenta de que tampoco estaba allí, aguzando las orejas escuché que el estridente ruido salía de abajo, de la oficina, en donde lo había dejado.
Bajé las escaleras. Entré a la oficina, encendí la luz, tomé el teléfono, y escuché la voz de Juan, el reportero de la nota roja:
Patrón, véngase a dar una vuelta al bar El Tecolote. Considerando que en las calles todo estaba tranquilo, a las veintidós horas me metí a este congal, en donde a usted ya le aparté una puta; aquí la tengo junto a mí.
-Espérame, no tardo –le respondí.
-Hermanito, bien sabes que no me gusta salir de noche, porque en estos tiempos ocurren tantas desgracias que erizan los cabellos, pero salí, a pesar de todo, por tratarse de Juan, y, para qué me hago pendejo, también por la puta que me esperaba en la cantina.
Regresé a la recámara en donde con presteza me vestí, y me preguntó mi mujer:
-¿A dónde vas?
-Hay un accidente en la carretera de San Pedro; voy a tomar fotos y a anotar los datos.
-Vete ya, querido, no nos vayan a ganar la primicia; ya vez cómo son de envidiosos los reporteros de la competencia. Apúrate, que te comen el mandado.
-Eso hice, hermanito, apurarme, pero la mera verdad era que me urgía llegarle a la puta que Juan me tenía apartada en el Tecolote. Si te digo, manito, que las esposas son retependejas.
Y bajé las gradas de la escalera; salí a la calle y me subí a mi pequeño automóvil; lo encendí, bueno, nada más le di vuelta a la llave accionando el motor, y le enfilé las llantas rumbo al centro nocturno que te digo.
Las manecillas de los relojes Iban a marcar la una de la madrugada; en las calles el silencio me ponía de punta los cabellos; los perros destripaban las bolsas negras de basura que los vecinos habían dejado en las banquetas. Los ratones se correteaban en la calle principal de la ciudad.
Cuando entré al boulevard, se me dejó venir un tráiler a tal velocidad como si lo persiguieran dos docenas de demonios; al pasar sin precaución un tope, se llevó mi espejo retrovisor, pues el chofer perdió el control del volante, pero aún estoy en este mundo, carnalito, porque le di el volantazo al auto sin rozar siquiera la banqueta, pues, modestia aparte, soy un conductor muy hábil, y llegué a donde me esperaban.
-Patrón, en las calles todo estaba tranquilo y me metí a este congal, pues me dijeron que tenían putas nuevas. Usted disculpe que lo haya despertado, pero le conseguí una vieja; se tardó usted un chingo en llegar, y ya se durmió la méndiga esa; está bien borracha. ¿Quiere que le traigan otra?
-No, sólo pide una botella de brandy.
-A ti te conozco, amigo –me dijo la flaca que Juan tenía sentada en las piernas; el viernes estuviste aquí, ¿verdad? Sacaste a bailar a la Pecosa y entre pieza y pieza de los músicos, tomaron tantas copas que se quedaron bien borrachos. Por cierto que eres un collón; todos estábamos cansados; dos de las muchachas dormían sobre la mesa dado que era ya muy noche; los músicos ya se habían ido; el de la cantina estaba encabronado porque no nos largábamos también nosotros, pero se mordió un güevo para no sacarnos a patadas.
De vez en vez, a través de la ventana abierta veía pasar por la cercana carretera la luz veloz de un auto trasnochado. La luna estaba alegre; su redonda cara lucía un intenso tono anaranjado; parecía que nos cuidaba desde lejos; aunque muy seguido la asustaba el croar de las ranas metidas en el lodacero que rodeaba el bar, y con presteza iba a esconderse detrás de una nube desgarrada.
-Eres un collón, pinche güey, te lo repito –me siguió ofendiendo la flaca que te digo-; ni las manos metiste para defender a la Pecosa cuando entraron por ella unos sujetos atufados hijos de puta; la agarraron de las greñas, y valiéndoles madre que gritara como loca, muy espantada, la arrastraron hasta su camioneta para subirla y darle con rumbo de San Pedro. De eso ya han pasado siete días y no ha regresado; ¿y sabes por qué no ha regresado, culero? Porque en una brecha de San Gregorio, yendo a Briseñas, la bajaron con las manos amarradas, tapados los ojos y la boca con una cinta color canela; la aventaron a los surcos de una siembra de maíz y le tiraron de plomazos en la nuca. Pero no se la hubieran llevado si tú la hubieras defendido. Los sicarios se la echan de bravucones, pero son miedosos, pendejo… sólo se necesita que alguien les grite con güevos para que corran como conejos. Además, ¿tú crees que las putas estamos aquí nada más para que nos cojan? No, pinche maricón, también para que nos defiendan cuando se necesita.
- -Vámonos, Juan; ya no aguanto los insultos de esta vieja. ¿Sabes dónde venden vino? Hay que seguir la tranca (borrachera) en otra parte, ¿te parece?
- -Por supuesto, Patroncito; pero ¿para qué se hace güey preguntándome eso? Bien sabe usted que hay tiendas que no cierran en toda la noche. Sígame, lo espero en la de abarrotes que está frente a la gasolinera.
Con mil dificultades logramos estacionar los autos (mi reportero iba en el suyo y yo en el mío) frente al negocio de abarrotes. Eran las tres de la madrugada.
Juan se bajó de su vehículo y caminando en zigzag se metió a la tienda; yo abatí el asiento de mi coche, tratando de dormir. Pero no pasarían ni dos minutos cuando mi amigo y compañero de trabajo salió corriendo, muy asustado, y se metió a su carro en donde se agachó para que no lo vieran. Es que en el negocio se habían escuchado dos balazos.
Después, asomándome con muchas precauciones, vi que un sujeto abría la puerta de vidrio del negocio, y que jalándolo por los pies sacaba el cuerpo de un sujeto.
- Cuando se oyeron los disparos, hermanito, una patrulla de la policía municipal que estaba al otro lado de las bombas de gasolina, encendiendo las torretas y con alarmantes aullidos de sirena, a toda velocidad se arrimó al estacionamiento del negocio.
El sujeto que llevaba arrastrando el cuerpo, lo soltó frente a la puerta del vehículo oficial, y parándose a medio metro de la defensa delantera, con el “cuerno de chivo” (rifle AK45) entre las manos les apuntó a los policías, gritándoles bien encabronado:
- -¡Órale, putos! Llévense a ese pendejo que quería robar en la tienda. De prisita, cabrones, si no quieren también ustedes estirar la pata.
Los policías municipales, apagadas las luces de la torreta, y en silencio la sirena, patinando llanta le dieron rumbo a su central de operaciones.
Después de media hora, carnalito, se nos pasó el susto y nos bajamos de los autos; fue cuando Juan me contó lo que había ocurrido adentro: que el sujeto al que le dispararon no había entrado a robar, sino que pagando la cuenta de algo que había comprado, se le había quedado viendo, de manera inquisitiva, a un individuo que traía un arma entre las manos, lo que a éste no le pareció, por lo que le preguntó al ahora fallecido que qué era lo que le miraba.
-Nada, nada, amigo, usted disculpe – que así le contestó el que pagaba en la caja. Pero que de reojo había vuelto a observar al que traía el arma entre las manos y que fue cuando éste le tiró dos balazos en la cara.
Al otro día, en cuanto amaneció, con gran celeridad me fui a los puestos de periódicos para saber qué se había publicado al respecto, y me asombré al no ver ni leer nada de lo ocurrido en la tienda de abarrotes que te cuento.
Tal vez los otros medios informativos no comentaron nada porque ya habían tirado su edición -pensé-, pero al día siguiente y al tercero, después de comprar tanto los periódicos locales como los que llegan de Zamora y de Morelia (en el nuestro tampoco escribimos nada relacionado con lo que había ocurrido en la tienda que te digo, porque el miedo no anda en burro), y al no encontrar lo que buscaba, no me sorprendí, como hubiera ocurrido en otros tiempos; más bien, hermanito, me causó incomodidad reafirmar la idea de que no faltan autoridades, como algunas policíacas, que se humillan y como que bajan la vista o la hacen gorda, como se dice vulgarmente, para no enterarse de estos sucesos que se han convertido en el pan nuestro de todos los días en nuestro bello y otrora tranquilo Estado de Michoacán.



Me gusta el estilo del escritor, sus artículos se caracaterizan por su sencillez; te lleva comodamente en una trama interesante y ligerita; mantiene tu atención concentrada y la imaginación volando, además cumplen un cometido intrínseco: son una ventana que nos muestra sutíl y crudamente, lo que sucede en nuestra sociedad.
Gracias, Nora; me da gusto leer tus comentarios. Un saludo.
Atentamente.
Volívar Martínez Martínez
tristemente es la cruda realidad de todo mexico no solo del estado de michoacan la corrupcion policiaca al servicio del narco mientras no se limpie desde los cimientos de la casa es decir los municipios este situacion prevalecera me gusto el desarrollo del drama fresco y directo
Le agradezco a erna sandoval el comentario sobre este cuento; al parecer es un mexicano, alguien que conoce la realidad en la que se desarrolla acxtualmente la vida en este país.
Stentamente
Volivar Martínez
Sahuayo, Michoacán, México
Mexico es un pais con muchas riquezas, espero que la inseguridad que nos aqueja en estos momentos sea cosa del pasado en un futuro, espero no muy lejano. A mi tambien me gusto el estilo directo y con la espontaneidad que caracteriza al autor.
Se nota que vives en Mexico.
Lot Alkef: así es. amigo.Por desgracia, en todo el país mexicano se ha desatado la violencia, en todas sus manifestaciones.
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)