Las malas lenguas decíamos de ella que no era más que una zorra bien intencionada a la que siempre le salían mal los planes. Yo lo hacía por hobbie, pura y llana diversión, resultaba sencillo empeorar su podrida reputación, y ella sabía de sobra lo que yo estaba haciendo. “¿Y qué pasa contigo, eh Eloy?”. ¿Qué qué pasaba conmigo de qué? Yo ni siquiera me molestaba en juzgar a los tíos que se tiraba, prácticamente disfrutaba con aquello, ¿quién la había desvirgado sino yo? Que se pudrieran los demás, inútiles; ellos tan sólo aparecían una noche y conseguían a cambio una breve recompensa, un gusto por un par de días, tal vez algo de orgullo, tiempo después, al volver a cruzarse con ella por la calle. Yo, en cambio, la había marcado, irremediablemente, su primera vez me pertenecía, algo exclusivo para mí, pero no me tengan por un desalmado, nada más lejos de la realidad, yo quizás llegué a fingir quererla realmente en algún momento, a quererla como se quiere a quien parece merecer la pena. Pero al final sólo era una zorra, y yo un cabrón, ninguno de los dos nos salvábamos, habíamos ido a recoger nuestro premio, a sonreír para la foto y a darnos la espalda tras las cámaras. Puro teatro, y eso era realmente lo nuestro. ¿Y que si el sexo era bueno? Sinceramente me importaba una mierda el sexo, era sólo un juego de egos, tan sólo pura arrogancia. Yo la había desvirgado. ¿Y que cómo había ido? ¿Y a mí qué me tiene que importar eso? Ni siquiera pienso ya en ella más que como el polvo más fácil de toda mi vida: un poquito de educación, algo de cariño, dejar que hablara ella… Yo tan sólo fui su chico de pruebas, no se confundan, tampoco me interesaba ser otra cosa. Pero al menos le era fiel.
Ella no, se lo pasaba por la punta del rabo lo de la fidelidad. Tal vez fuese ninfómana o simplemente se hartara de mí. O lo que era más probable: quizás entendió el uso que le di, lo poco que me importaba de verdad, y decidió apuntar directo a donde más duele, y todo mi orgullo se fue por las alcantarillas mientras que la muy puta se cepillaba a media ciudad.
No le di importancia, al menos no la suficiente como para vengarme, encontré a una buena chica, a una buena chica de verdad, con todo lo que eso significa: pasear por las tardes, tomar un café, quedar para cenar, invitarla al cine… Y eso le dolió, ver que yo realmente podía querer a alguien, dejar de mirarme el ombligo, le hizo sentirse como lo que realmente era: una zorra bien intencionada a la que siempre le salían mal los planes. No volví a verla, daba igual, por mí podía irse a la mismísima puta mierda.
Supongo que un poco sí que la llegué a querer.




