Lima - 10-01
Taxi Driver: El viaje en taxi es ya una experiencia antropológica en cualquier ciudad del mundo. En el tercero mucho más. Mi taxista, el de hoy, tiene una rara mezcla de oso de circo con ojos dulces y campesino sin tierra. Pocas palabras “en Lima es que no llueve, nomás una lluvia finita que apenas moja la pista”. Paseo por la parte pobre de Lima que es casi toda, todo muy tercer mundo, muy suburbio sobre suburbio que por extensión deja de ser suburbio y es un todo. Todo es suburbio. Luego bordea el malecón y eso es otra cosa, sin ser lindo, el mar devuelve otro aire, hace que la pobreza sea, a veces, pintoresca. La radio “Arriba Perú” hace sonar un cancionero criollo, todo lacrimógeno, todo melaza, yo sentado en el asiento de atrás del taxi destartalado me siento parte de una película tipo “Amores Perros”, con dados grandes que flotan bajo el espejo, la música fuerte, ese afuera tan latino, tan gris, tan pobre. Tan pobre de verdad.
Rustica: en la pizzería Rustica comemos pizza con piña, durazno, y las tetas de Ángela, que son como gelatinas duras, recién hechas. Las tetas de Ángela se llevan toda la atención: movimientos casi pornográficos, lentos, pormenorizados, cadenciosos, sobre sus tacos de agujas y sus quilitos de más. Y me digo que si las peruanas son todas así ya no hay forma de que me vuelva. ¡Ay la morocha!
Centro: El centro de Lima es menos de lo que esperaba. Pinceladas de viejos monumentos, de gloria perdida, nunca encontrada, de algo que fue, alguna vez fue, pero ahora no. Ahora es como todo, supongo, como toda América Latina: un recuerdo, un rencor, ciertas injusticias y mucho, mucho reguetón en auto viejo. Hermoso el Palacio de Gobierno de estilo neocolonial con ribetes moriscos abierto a una plaza mayor con su Catedral y edificios oficiales. Todo es un conjunto relativamente pequeño, lo imaginé inmenso, esplendoroso como su historia. Nada de eso. De todos modos, el ambiente colonial se siente en los empedrados, en los balcones flamencos de caoba, en los frentes andaluces. Lima es la España que fue, fue su mejor experimento, su mejor época. Pero se diluye rápido, enseguida aparecen construcciones a medio terminar, ladrillos sobre ladrillos, revoques mal hechos, calles mal trazadas. Lo que se va haciendo pero nunca se termina. Lo que se hace con poco. Un desorden en el cual todos reconocen la salida pero se empeñan en usarla al mismo tiempo.
Lo que más me llamó la atención es el sistema de colectivos. Son chiquitos y no tienen un recorrido regular: un hombre colgado va gritando el recorrido e “incentivando” a la gente a subir, peleando con otros por el mismo viajante. Una especie de libre competencia transportística y sonora por el botín del pasajero que se ve apiñonado dentro de la combi como el jamón crudo cuando transpira.
Lima-Cusco - 11.01
Cocó y Barbara: 7.20 hs. de la mañana desayunando té feo con dos cordobesas que estudian teatro y siguen camino a Bogotá. Entre tostada y tostada acordamos compartir taxi al aeropuerto. Bárbara y Cocó son sociables. Cocó casi no habla, Bárbara casi demasiado. Y son taaaaan cordobesas ¡¡Ay ese acento, esa música en lengua femenina!! Me suena como un tema de Coldplay en noche de verano: dulce, alegre, deseado. Me pongo cachondo.
“Yo voto a la hija de Fuyimori”: Alejandro adoctrina. Empezó con el taxista, su lucha por llegar a las entrañas de la condición humana (en este caso latinoamericana), y él, como pocos, logra una empatía confesional extraña: todos le hablan, todos le cuentan todo. Y él escucha, hace las preguntas indicadas, nunca se excede. Cocó, Bárbara y yo hablamos en el asiento de atrás, pero cada tanto paramos la oreja y escuchamos. Son tantas las cosas y las barbaridades y las fantasías y el simplismo que logró, desde siempre, imprimir versos repetidos. “Evo Morales es un indio (¿?) que quiere llevar el comunismo (la palabra CO-MU-NIS-MO suena rara, casi mal pronunciada) y eso es terrible…”. También, obvio, la vieja y retráctil teoría de los dos demonios, esa Guerra Santa de Fuyimori (pronuncia Fuimori) contra Sendero Luminoso, y que por eso, y solo por eso, es un prócer. América Latina se hace y se deshace desde adentro. Y después está el afuera, esa amenaza que sigue cobrando puntualmente las regalías de una subjetividad impuesta a base de tanta sangre y que ahora es sólo televisiva, pero tanto más efectiva.
Y en el asiento de atrás lo de siempre: Bárbara tontea conmigo, yo tonteo con Cocó y Cocó no tontea con nadie. Pura histeria.
OxyShot: La imagen: puesto en el aeropuerto de Cusco que vende Oxígeno en aerosol para palear los “terribles estragos de la altura”. Los televisores del stand muestran turistas (muy occidentales, puro primer mundo) recibiendo aliviados y esperanzados “Disparos de Oxígeno”, se menean de alegría, de confort bien repartido, caras expresivas, teatrales, fondo de murallas y ruinas incas. El primer mundo es así, se acostumbró a ser así: si no puede cambiar el clima (digamos, acondicionarlo), se lleva un clima portátil por solo 3 euros.
Taxista no usar artículos: el español se hace difícil, se hace mezcla de pobreza, quechua y pocos dientes cuando uno se mete muy adentro de este continente. Nuestro nuevo taxista, además de un poco ladrón, es América Latina profunda en formato pocket: servicial, insistente y con una acentuada económica de artículos. Dice “comprar boleto tren” o “que llovió fuerte todo día, todo día, nomás paró ahora”. El castellano es una entelequia, pienso, habría que hacer un estudio, pero juzgo que debe ser la lengua más transformada y deformada, asimilada y no asimilada del mundo. Ni siquiera los españoles lograron imponerla en toda la península, parece una fantasía pensar que en esta parte del mundo sea distinto.
Grease y Sabrine (o Roastbeef y Yoko Ono): tan teenagers, tan chiquitas, tan canadienses que hasta parece que cuando se enojan se enojan riendo respetuosamente. Compartimos habitación, intentamos comunicarnos “Eh, ah, ah, eh, ohhh, mmmm…crrreo que meee cammma, is, es, ah, eh, mmmm, oh, ariba, arrrriba”. Todo cuesta, pero lo intentan, una y otra vez lo intentan. Son sociables, lo son mucho, quieren tener conversaciones indómitas, complicadas con dos hombres que huelen mal. Roastbeef es la forma despectiva que los franceses le ponen a los ingleses cuando se queman por el sol y en lugar de broncearse se ponen colorados como la carne cruda. Así está Grase: toda roja, no sé con qué sol se quemó, en Cusco no para de llover y en Lima rara vez sale el sol.
Cusco -12.01
Clínica San José: Ale estaba contento porque, decía, a los 3.600 mts no viven los ácaros. Pero la Salmonella sí. Así están las cosas, Ale se cansó de desechar lo que ya no le queda y se fue para la Clínica San José y se quedó internado. La Clínica San José es casi para turistas. Habitaciones inmensas, desproporcionadas, anómalas tras los ventanales que muestran el otro lado de la clínica: pobres, todos pobres. Pero hay algo que la clínica San José no puede detener de este lado de los ventanales: que todo funciona con el ritmo cusqueño, es decir todo funciona lento, de hecho a veces, parece que no funciona. Además de ser vetusta, con apenas mal gusto, la clínica San José está vacía. No hay peruanos. Casi tampoco médicos, ni enfermeras, más bien tiene un aire de neuropsiquiátrico de nivel o geriátrico en desinfección.
A la tercera vez sí, empieza. Antes no, antes era obvio que no, que la gotita del suero que tenía que caer no caía. Entonces la tercera enfermera lo logró: era que la agujita estaba estrangulada, cosa sencilla. Pero llevó tres veces, tres personas, tres intentos, tres horas sin hidratar.
Las enfermeras peruanas, y por extensión las mujeres, parecen tener un exceso de lívido. Todo lo hacen con una sonrisa entre dientes, de forma lenta y ordenada, como si estuviesen masticando un orgasmo. Y se ríen. Siempre se ríen. Y uno no sabe bien cómo reaccionar: es difícil pensar que uno pueda darles un orgasmo mejor.
Y llueve. Siempre llueve en Cusco. Me toca describir Cusco, si no, no vale. Lo intento. Cusco es bonita, casi hermosa, un ámbito más romántico, más tranquilizador que Lima. Acá, si uno no se mueve mucho del centro, por fin la pobreza es casi pintoresca, es casi feliz, es la pobreza del indígena que, según el librito de boludos clase media y otros, es una NO pobreza. Sencillamente porque viven según sus tradiciones, que parece (me digo) es la de morir de tuberculosis o fiebre amarilla o salmonella no curada en la clínica San José. ¿Por qué existe la idea, la mentalidad, de la pureza indígena? Los indios, los de mis libros, también exterminaban, sacrificaban, deforestaban y asesinaban en nombre de una nube con forma Koala o de un rayito de sol. Y claro, también traicionaban (si no pregúntenle a Atahualpa). Para el boludo clase media (que es lo que más se ve por acá) la pobreza indígena no es pobreza, sino cultura y eso los libera de una terrible contradicción. La contraponen con el “marginal por elección” o con el “villero urbano”, tipo particular de pobre violento y que su condición de existencia no es por falta de elementos materiales sino por incapacidad espiritual. Digamos: por elección (el pobre urbano no trabaja vs. el pobre indígena tan trabajador, tan sacrificado, tan silencioso).
Pero quiero volver a Cusco. Hay un Cusco precioso: una maqueta detenida en el tiempo con sus casas de tejas y balcones, sus palacios coloniales sobre ruinas incas, su empedrado, sus iglesias con pinturas cusqueñas, sus frentes con arquería mudéjar y su mito de forma felina. Un Cusco con sus hostales sólo para israelíes, sus Irish Pub, sus desayunos a lo británico, sus tiendas de lujo, sus putas baratas, sus restaurantes sólo para canadienses, noruegos, americanos, etc. Un mundo pecera. Un mundo igual al otro mundo, al primero, pero con festones de sincretismo latinoamericano bien ordenado y seguro. Un festín de dólares y euros para mantener el tiempo artificialmente suspendido, para vivir la fantasía, un circuito que se alimenta de guetos con sus niveles de bienestar y confort muy a la carta, y que en su última sección se encuentran los peruanos que no pueden disfrutar de esa postal agradable. ¿Existe Cusco? La dueña de este bar donde escribo estas líneas es inglesa, casi habla un poco de español (realmente por amor propio, ni siquiera hace falta saber el idioma), la tienda que vende alpaca es una jubilada holandesa, los hostales/hoteles casi todos son extranjeros. ¿Existe Cusco, así como lo veo? Empiezo a cansarme de este turismo, de este Show Business para pocos, de este Parque de Atracciones sección “Poblado indígena” donde todos son de juguete (si no se sale de la línea).
Advertencia: no es que me cansé de Cusco, ni de Perú, me cansé de todos estos escaparates que ya viví en otros lugares masificados por el turismo. Me pregunto, me sigo preguntando, si esto que veo, esta vista desde la ventana del bar, existe o es una puesta en escena. Si Cusco existe no es este, no es esto, es otro, pero no se trata de buscarlo (vieja patraña mal poética) sino de entenderlo. A pesar de su belleza imponente Cusco es, por ahora, cartelería 3D y buena artesanía.
Coricancha: Trato de encontrarme en Cusco, lo busco, voy cediendo. Me gusta resistirme, hacerme rogar. Voy al Qoricancha o Coricancha. Es casi impresionante. Sinceramente no sé bien qué es o cómo es. Intento emocionarme. Parece, dice el folleto, que comenzó siendo un templo, el del sol, importantísimo, piedra sobre piedra perfectas (muy inca) que guardaba el tesoro del gran imperio y luego pasó a ser lo de siempre: Iglesia / Convento / Monasterio / Catedral románticas, rococó, modernistas, barrocas, neo barrocos, neo-siempre-lo-mismo. Cruces. Según mi librito ilustrado “el convento fue construido sobre los trazos del Santuario Inca durante 1534 y cuyos vestigios todavía permanecen en el lugar”. El Qoricancha es eso: vestigios, paredes, jardines, fortaleza. Lo que realmente existe ahí es la iglesia de Santo Domingo que Francisco de Pizarro les regaló a los dominicos para hacer algo y ellos hicieron lo de siempre, lo único que saben hacer. Cruces. En un cartel bonito nos dicen, los dominicos que cobran 15 soles la entrada, que gracias a ellos (SIC) el convento, el complejo, está como está: impecable. Yo no logro comprender por qué tendría que agradecerles el hecho más terrible de haber destruido, tal vez, uno de los complejos arquitectónicos más fascinantes de América pre colombina (las paredes estaban recubiertas en oro), para hacer, apenas 30 añitos después de pisar estas tierras, una iglesia casi igual a todas. A tantas. Pero la gente agradece. Siempre agradece. Si tomamos como detonante que la Corona Española tardó muy poco en importar la Santa Inquisición a estas tierras de taparrabos y tetas lánguidas, es de esperar que la gente se haya acostumbrado a agradecer.
En términos arquitectónicos, el Qoricancha reproduce lo que Cusco tiene en exceso: la arquería de medio punto decorada con cierto mestizaje inca-español. Sincretismo es la palabra. Una forma bonita de decir que se cargaron toda la tradición andina y la relegaron a un aspecto meramente decorativo. Lo que hoy en día.
El Osito: Son las 22.30 hs. y sólo quiero algo dulce, es un ataque urgente, hay que reprimirlo o la noche puede hacerse muy larga. Me voy al “Abarrotes El Osito”, ya no me importa nada.
―¡Que eres de lo peor, de lo peor. Me escuchas, eres de lo peor!
Gordita inca, gordita enojada, inca de mi vida. Yo solo quiero algo dulce. Insisto “ese, sí ese, no, no, el del al lado, ese, los redonditos de chocolate…”. El Abarrotes El Osito tiene de todo, pero yo solo quiero el que le indico, con la punta del dedo, desde el otro lado del mostrador de vidrio.
―¡Se lo cuento a tu hermana, a ella misma, tú no tienes vergüenza! ¡Eres de lo peor!
Reguetón, mucho reguetón sonando fuerte en el Abarrotes El Osito. Y así y todo se escucha primero uno, después otro cachetazo que viene de afuera del kiosko. El tipo se banca los golpes estoico. Mejillas rojas. Alto, flaco, camisa blanca, cuello redondo, anteojos. La inca gordita, bajita, lo sigue provocando, lo sacude. El tipo nada, manos en los bolsillos, mirada al suelo. Cusco de noche es otro Cusco. Yo, dentro del local mínimo, sigo peleando con la señora que no entiende lo que quiero. Reguetón suena en el Abarrotes El Osito. Por fin me entiende. El olor a tanta fritura, a tantas cosas me quita el antojo, me lo roba, me da bronca (re-sig-na-ción). Afuera, en la vereda alta, la gordita inca cabreada lo empuja, sigue insultándolo. Luego me alejo despacio y escucho un tercer golpe: palma abierta, cachetazo limpio seguido de varios ruidos como un desorden de cosas. Miro, no puedo evitar mirar, y veo a la gordita inca enojada, inca de mi vida, inca de mi amor, espachurrada en el piso contra el carrito de los churros y los cajones de Inka Cola tratando de levantarse desorientada. El tipo flaco, callado, pelo hirsuto, camina despacio en otra dirección, sigue tranquilo. Se lo come la oscuridad.
Cusco es otro Cusco de noche.
Cusco - 13.01
El tren de las nubes: El tren de Ollantaytambo a Aguas Calientes sale 72 u$d ida y vuelta. Me frustro, me digo por qué tanto, no son tantos kilómetros (cuarenta y tantos). Braulio se encoje de hombros “No sé, las cosas son así, amigo”. Pregunto “¿Y Uds. no lo usan?”, “Sólo tenemos un día para los locales, sale menos”. Me enojó, pero Braulio está contento, me sacó 50 soles de una tajada. Un buen precio. Después pienso. No está mal que el Estado peruano le saque el dinero a europeos, gringos y argentinos clase media en busca de la paz social, para recaudar más, para “repartirlo” de alguna manera, aprovechar esa situación. Pero dura poco, se me contamina el pensamiento, ya tengo la mirada jodida y dudo y me corrijo y me siento estúpido de tan inocente. “Pero los trenes no son del Estado peruano, ¿verdad?” Braulio se ríe, dientes blancos, cara marcada color cobre. “No señor, no, son de los chilenos. Todo es de los chilenos”. Después supe que en realidad el PerúRail pertenece a la corporación Orient-Express de capitales franceses, alemanes, austriacos y norteamericanos. Pero los peruanos están en una batalla nacionalista contra los chilenos. Les he escuchado decir las cosas más insólitas con tal de atacar a los chilenos, como por ejemplo que la prestigiosa cerveza Cusqueña, ahora de capitales chilenos, ya no se hace más a base del agua de una fuente misteriosa (¿?), sino que se embotella en Chile y que es traída en grandes camiones al Perú (¿?).
La esencia del realismo mágico. ¿Existe Cusco? Va apareciendo.
PopArt: Estoy sentado en la Plaza de Armas, una mañana perfecta, sólo retumban las bocinas intratables.
―¿Quiere uno señor?
Chico peruano, máximo 7 años, mocos, todo sucio, lleva una caja más grande que él llena de cajetillas de cigarrillos amarillas. Los miró y me asombro. Y me asombró por asombrarme, ya debería ser tan natural. Son cigarrillos Che Guevara, con su cara como estampa de Nike en negro.
―6 soles, nomás.
―Pero yo no fumo y además es mucho.
El pibe me mira inquieto, maquinal, como se mira a un besugo que hace preguntas pelotudas.
―¿Y vos sabés quién es ese?
―No. Un argentino creo…
Agarro una caja y leo “Quien abre el camino es el grupo de vanguardia, los mejores entre los buenos”. Los cigarrillos Che Guevara podrían haber elegido miles de frases rimbombantes del estilo “Patria o Muerte” (aunque es cierto que la palabra muerte no cuaja en un atado de cigarros), también podría haber sido del estilo “Hasta la victoria siempre” o algo de eso. Pero no, la marca de tabaco Che Guevara elige la creme de la teoría del foquismo, aquella que proclama que no siempre se debe esperar que se den todas las condiciones para la revolución y que un pequeño foco puede comenzarla, abrir camino (léase: el Che muerto solo como un perro en Bolivia, es decir una teoría equivocada). Borges dijo que al morir no quería ser calle, ni plaza, ni estación. A Borges, al morir, lo convirtieron en plaza, calle, estación de tren y hasta centro cultural top. El Che eligió en vida no ser lo que ahora es, es decir: la cara contraria, la paradoja de la historia o como lo dice Borges “la sombra de su propio destino”. Podrían haber sido habanos, pero son cigarrillos (que no es más que otro tipo de Marlboro Man texano y valiente, puro hombre).
Es triste cuando uno no puede escapar a una historia reescrita por los brainstorming del Marketing Viral.
Socialismo Siglo XXI: Ale dice que no, que ni en pedo, que preferiría estar recorriendo mil veces Cusco antes que seguir en la clínica San José. Y yo no sé, no estoy tan seguro. Pienso que la Salmonella (bacteria con nombre de motoneta italiana) fue la mejor excusa para hacerse con una habitación propia con baño privado, TV con cable y comida servida por enfermeras libidinosas que le limpian la sotabarba. En cambio yo experimento la vida comunal y precaria. La vida en Hostales es muy distinta es, siento, una vuelta a la vida compartida, socializante, rudimentaria. Al poco tiempo, una habitación de 8 ó 20 personas se convierte en una haima, se acortan los límites del pudor. Lo aceptamos y casi nos gusta. La vida de hostal es vida tonta, tontorrona, tontera. Todos tonteamos con todos. Nos paseamos en calzones y tanguitas, nos vemos dormir, roncar, sudar, nuestra vida diaria. Y tonteamos, todos tonteamos tanto. Madrugadas de alcohol, comida comunal, legañas pegajosas, susurros de cama a cama. Toallas colgadas, corpiños mojados, desorden compartido, límites difusos. Frente a la cumbre del individualismo del Hotel, el hostal es la apoteosis del colectivismo doméstico sin discreción. Puro goce.
Moda Andina: En Cusco, como en ninguna otra parte, puede padecerse la moda Andina del argentino clase media. Mientras que el “Occidental” gusta ser turista, con sus zapatillas Catterpilar, sus mochilas The North Face y su ropa Gap o Columbia, el argentino, franja etaria 18-28 años, es un converso. El argentino no visita, no pasea, se asimila y despliega todo el arsenal de fantasías tipo “Diario de un Motociclista”. Los chicos van comúnmente con ponchos de lana, gorros incas (como el mío, sólo que el mío es mío), pantalones holgados multicolores, collares quechuas, zapatillas Topper de lona o HushPuppies. Y las niñas van a más: pañuelos estrellados, calzas negras bajo cortito de jeans, polainas, banderolas con los colores de la bandera indígena y, obvio, gafas grandes tipo 60´ para un sol que nunca sale. Por estas tierras el argentino sufre de antropomorfismo, se transforma en lo que no es (en lo que nunca fuimos, a saber: 100% latinoamericanos) para gozar, supongo, de ese pintoresquismo andino inofensivo y postmoderno.
Y yo no soy menos.
Y somos muchos: Parece, dicen, que en esta época del año somos muchos los argentinos (por lejos dentro de este grupo se destacan los cordobeses). Estamos en todas partes, grupetes pre y post adolescentes. Pero los hay de todo tipo.
―¡Dale gordo, dale que se larga con todo…!
La mujer, tal vez cuarenta, se acomoda con una sonrisa incómoda, plástica, algo le molesta. El gordo, que no es gordo, tarda en preparar la cámara. Ella, redonda, sentada en la vereda alta de una calle empinada, se pone nerviosa. A sus costados, también sentadas, dos cholas posan para la foto con sus trajes multicolores, como si fueran un trío de amigas: caras de circunstancia, apenas se rozan, no se miran. El gordo no gordo dispara, la mujer se alivia, se levanta rápido y cambian de lugar. El hombre alto, calvo, tremenda réflex, paga a las cholas. Pero paga mal. Le recriminan que eso era por una foto y que fueron dos (copyrigth se llama). El hombre que no es gordo, cara de informático, se enoja, dice que no, negocia, les niega los dos soles del derecho a fotografiarlas como íntimas amigas de su mujer. Las cholas, coloridas, críos colgando en la espaldas (tiene más efecto) se ponen duras.
―¡Dale gordo, dale!, pagales y vamos que se larga…
El gordo no gordo paga enojado, ofuscado, a él nadie le roba. Me pregunto, últimamente me pregunto mucho, cómo será dejar de ser lo que siempre se fue (lo normal, lo propio) para convertirse en la excepción, en lo exótico, en la postal. Que alguien que no es y que está de paso, mirando, pispeando, ponga el precio. Y ponga, sobre todo, la mirada correcta del mundo. No me imagino a un grupo grande de escandinavos acercarse a unos chicos en cualquier plaza de Buenos Aires para sacarles una foto mientras toman esa extraña y excéntrica infusión verde llamada Mate. Lo probable es que nos moleste y si es así: por qué creemos divertido sacarnos una foto risueña con una chola pobre (por exótica, no por curiosa), para reírnos luego con la suegra, la cuñada, la tía, la sobrina o el primo.
Tal vez, porque lo que importa es la foto de las cholas y no las cholas, no sus críos colgando.
Cusco Landscape: Braulio me vendió un tour por las ruinas circundantes de Cusco, única forma de conocerlas. El grupete es homogéneo: casi todos argentinos y jóvenes, muy jóvenes. El guía, Marcos, cuenta, habla, se empapa de la destrucción de los españoles. Mete y mete leña. Le gusta. A mí me gusta que le guste. Recorremos Saqasayhuaman, Pukara Pukara, Tambomachay y algunos puntos más. Paredes de piedras perfectas, vestigios incas, obras infernales, tapizadas siempre de verde intenso. Montañas, valles, paisajes imponentes. Perfectos. Y ruinas, tanta, tanta ruina. Imagino tanta grandeza extinta, sumergida y me vuelve aquella vieja idea: América del Sud tuvo mala suerte. Mientras Inglaterra comenzaba, cuando se adueñó del Norte, un periodo de expansión y reforma eclesiástica y política emprendidas, entre otros, por Martín Lutero y Juan Calvino, que imaginaron otra forma de ver el mundo (para el cual la iglesia de Roma y el Papa eran un estorbo), España y Portugal seguían en la peor de las cegueras intelectuales y culturales de su historia (y de la de Europa). La visión de los Habsburgo (los Fernando, los Carlos, los Felipe), la de la contrarreforma, la de la inquisición, la del fanatismo, la de la beatitud sin reparos llegó al Sur con toda la crudeza esperable. Esa ceguera no les permitió saber, siquiera, qué destruían, qué aniquilaban. Ese mundo creó este mundo y permanece. Hay una inmensa cantidad de ruinas y elementos que se desconocen, que no se sabe para qué sirvieron (los incas carecían de alfabeto). Ningún cronista (o mejor dicho muy pocos) tuvo intenciones de plasmar la historia andina de forma completa, de aprender el quechua, antes de sembrar cruces como papas. Y más si se tiene en cuenta que esto pasó hace muy poco tiempo, 450 años atrás, nada, un soplo en la historia. Las pirámides, cuando se descubrió América, ya tenían 3.000 años, la Acrópolis 1.900, el Coliseo 1.400. Pero el tiempo no importa, no debería, cuando se sufre del empacho de un dios tan celoso.
En su lugar pienso que esta ciudad, este país, es todo España, es pura España de vieja gloria, de viejo imperio. Sus iglesias, sus calles, su arquitectura flamenca, colonial, casi árabe, sus conquistadores, sus conventos sobre ruinas. Aquí, casi todo es España y sin embargo no hay España, no se la ve. No fluye. No está. España no fluye en América, no se interesa por ella, no la quiere grande, ni quiere tejer puentes más allá de sus dos o tres planes de colaboración internacional. Para ser más precisos a España se la ve, se la siente, como siempre: se limitó a reemplazar su Compañía de Indias Orientales (aquella aceitada organización para saquear el continente) por su BBVA, su Repsol, su Telefónica.
No siempre el tiempo cambia las cosas.
Cusco-Valle Sagrado - 14.01
Paraísos: Imposible describir los lugares que me toca conocer hoy. No lo voy a hacer, me niego. Además, ¿para qué, qué sentido tiene? Ahí estarán las fotos para decir que eso es Ollantaytambo, aquello Chinchero, lo otro Pisac. Pero seguimos con las ruinas, otro guía, iguales reproches. Más palos para España. Hay una cosa que sí llama la atención: los españoles, a diferencia de cualquier imperio dominante que expropió una porción de territorio por la fuerza, no se limitó a destruir todo lo que encontraba (digamos, como han hecho tantos), sino que los negó. Muchos imperios han destruido otros o los han reducido a cenizas, pero no tengo en la memoria uno que se haya tomado el trabajo de negarlo igual que hizo el viejo emperador chino al quemar los libros anteriores al él (es decir, quemar la historia). Hay algo particular en la mentalidad del conquistador español: sobre cada ruina más o menos importante (y digo TODAS) han construido una Iglesia/Convento/Monasterio/Catedral. No al lado, cerca, con las mismas piedras, no, sino encima, sobre, adentro. Estas cosas se las tomaban enserio, sino no se explica. Como tampoco se explica la humillación, doble, triple, que habrá significado para un inca no sólo haber perdido la “guerra”, sino la forma con que los chicos blancos de Cádiz se cargaban sus dioses.
Construir algo sobre otra cosa ya existente es la metáfora, no metafórica, de aplastar algo. De negarlo.
Cusco - 15.01
Liberen a Ale: Ale is free. Después de tres días de lujos y atención personalizada le dieron el alta. Pero no fue fácil. Ale imaginó, durante el lapso de unas horas, un escape al filo del atardecer, corriendo por las barriadas del Cusco auténtico, mostrando el culo por entre el delantal de enfermo, al comprobar que cierto papel, cierta llamada de su seguro médico no llegaba para liberar los fondos de su internación. Para pagar sus lujos. Con la misma cara libidinosa con que le acomodaban el papagayo, intentaron retenerle el pasaporte y dejar la agujita en el brazo como seguro contra fugas. Por suerte para Ale, y para la población cusqueña que no tenía por qué soportar su culo clínico, todo se arregló. Ya disfruta del turismo pobre y de la vida comunitaria en el Hostal.
Pero seguimos asincrónicos, mientras él recorre lo que ya recorrí, yo sigo con la vida bohemia de marido desocupado que simula no estarlo y vaguea, feliz, por las calles, sin horario, sin rutina, sin precisiones.
Noche: Sentado en la escalinata de la Iglesia Mayor, puede verse, por detrás del tejido de casitas de tejas terracota, los morros que parecen envolver la Plaza de Armas como si fuera el papel verde de un caramelo que se apiña en torno al dulce. Pero de noche la perspectiva cambia: sumidos en la total negrura, las montañas parecen el fondo de un universo iluminado por las lucecitas tenues de las casas a lo lejos, dando la impresión de ser un cielo estrellado y cóncavo, bajo, muy bajo.
Cusco es otro Cusco de noche.
Aguas Calientes - 16.01
Valor de uso, valor de cambio: Los valores de las materias primas nunca se rigieron por las condiciones objetivas del lugar en que se producen, sino, por ejemplo, por el que determina el Stock Exchange-LSE de Londres (por tirar alguno). Igual con el petróleo y demás. Es curioso porque desde hace un tiempo lo mismo ocurre con el turismo global de masas (por lo menos en esos destinos que por su esplendor, moda o extravagancia se encuentran en el top de la lista de interés). La “industria sin humo” (antes era sólo ocio, aventura, relax, ahora es industria) se rige por la misma lógica, es decir, la lógica por la cual Occidente fija el precio que todo el mundo (digo todo el mundo y todo el mundo es mucho mundo) tendrá que pagar para gozar de ese “servicio”. Lo que implica, como primera conclusión, una fractura irreductible. Si ese paisaje, ruina, monumento, catarata, glaciar, etc., se encuentra en el cuadrante pobre del mundo (es decir la inmensísima mayoría), tendrá que pagar el precio que fijen los países ricos (también llamado: retorno de capital invertido). Y suena lógico, si un danés está dispuesto a pagar diez veces más por una noche de hotel en Lesoto, porque sus condiciones económicas lo permiten, el precio, más o menos, será ese. Pero se da otra característica interesante: la división entre una economía formal, normalmente dueña del monopolio de explotación de esos recursos, y una economía informal, que vive de las migajas no explotadas por esas corporaciones, y que por lo tanto tiene inmensa cantidad de competidores (digamos, todo un pueblo). Macchu Picchu, es uno de esos lugares top, a saber:
Ejemplos de economía formal monopólica:
- Tren de Ollantaytambo a Aguas Calientes (47 Km): 72 u$d.
- Bus desde Aguas Calientes a Macchu Picchu (5 km): 14 u$d.
- Entrada a Macchu Picchu: 42 u$d.
- Coca Cola en el “bar” de Macchu Picchu: 5 u$d.
Ejemplos de economía informal libre:
- Autobús Cusco a Ollantaytambo (60 km): 3 u$d
- Tour por el Valle Sagrado, todo un día, con guía (200 km de recorrido aprox.): 12 u$d
- Guía en Macchu Picchu (2,5 horas de recorrido a pie, 5 años de estudio, grupo de 15 pers.): 3 u$d
- Chicha en una calle cualquiera de Lima: 1 u$d
La gente, la inmensísima cantidad de gente, que vive del turismo en el Perú (y en tantos lugares) se reparte lo poco que deja esa parte de la economía informal. Todo lo demás, a excepción de las entradas a los museos y ruinas, se lo llevan empresas privadas normalmente extranjeras. O la iglesia. Los que no son turistas del primer mundo (es decir el resto del mundo y el resto del mundo sigue siendo mucho, mucho, mundo), tienen que adaptarse a unos precios que le son descabellados. Por ejemplo: un turista filipino o bengalí tiene que trabajar 50 veces más que un italiano para poder ver la misma ruina, cuando su costo de vida y su salario es similar al de un peruano promedio.
Solo por decir: el primer mundo genera pobreza.
Sin techo: Aguas Calientes es el pueblo que da servicios a los miles de turistas que pernoctan para visitar Macchu Picchu por la mañana. Para decirlo coloquialmente: Aguas Calientes es una mierda, un NO lugar con tufo a triple frontera y bolishopping. Es, digamos, la antitesis, de Cusco, paradigma de fantasías costumbristas. A excepción de su paisaje, de su río y de su tren, es una villa que se fue haciendo y haciendo pero sin terminar. Es así: un sinterminarse. Ladrillos baratos, techos de chapa, hacinamiento y mucho, mucho, mucho puesto de “artesanía” made in china, restaurantes y hostales medio pelo. Lleva como marca el mal gusto característico de lo pobre o de lo breve. Y como todo kiosko de frontera es carísimo. Aguas Calientes no está terminado, nunca lo estará. De hecho, nuestro hostal no tiene techo. Juzgaron que era menos importante que los sillones del lobby. No parece urgente teniendo en cuenta que sólo llueve 7 meses al año. Unos días después de marcharnos, nos enteramos que comenzó a llover y ya no paró. Toda la villa se inundó, se cayeron puentes y un alud cubrió de barro las vías y caminos haciéndolos intransitables. Haciendo que la gente quede varada en esa falsa ciudad de cartón.
Sólo por decir: el primer mundo rescata primero a sus ciudadanos (y en helicópteros).
Viaje a Macchu Picchu - 17.01
Ok, no voy a hacer comentarios. No tiene el menor sentido. Sólo una reflexión. Dije, recuerdo que dije, “No siempre el tiempo cambia las cosas”. Recuerdo que lo dije y ahora me río, miro a la guía y me río y me rio porque en realidad hay que llorar. La historia: en el medio de la “Plaza Mayor” de Macchu Picchu, verde fuerte, verde vida, se nota una piedra grande (los restos) que ya no está, mejor dicho: que alguien sacó. Preguntan qué era (la curiosidad mata al hombre) y ella contesta con la flema salivosa y algo de culpa “Era una piedra importante, que servía para celebrar festividades o sacrificios animales. En cualquier caso era el centro de la vida social de la ciudad”. Vuelven a preguntar “¿Y qué pasó?”. La guía, kilos de más, simpática, duda, intenta seguir como si nada, hasta que se detiene, se da vuelta en lo alto, y con la plaza allá abajo cuenta: “En 1978, lo reyes de España visitaron el santuario y como no había lugar para estacionar el helicóptero, las autoridades del Perú cortaron (dijo cortaron y con la mano simulaba el movimiento del serrucho) la piedra desde la base para que aterrizase. La idea era volver a pegarla (¿?), pero lamentablemente no se pudo”. El silencio se corta con el viento, la estupidez y el asombro no se cortan con nada. Intimidada por esas miradas la guía repone, repone como quien intenta cortar una hemorragia con un tampón “Pero por respeto a los dioses la piedra se enterró ahí mismo…”.
Y me río porque en realidad hay que llorar. Y me río pensando en Don Juan Carlos y Doña Sofía bajando del helicóptero con cara constreñida, disfrutando del paisaje y de las ruinas que acaban de joder. Dije, les juro que dije, que no siempre el tiempo cambia las cosas.
La dominación, a veces, es una doctrina autoimpuesta.
Cusco - 18.01
La vida es azar: el camino de regreso de Ollantaytambo a Cusco lo hacemos en una combi, muy “economía informal”. Es decir: barata. Voy atrás, a mi lado una coyita redonda, redonda, cara marcada, despaturrada, rebota dormida contra un lado, rebota dormida contra el otro. Y no se da cuenta, no tiene cómo, de que todo el tiempo estamos a punto de morirnos. Digo: todo el tiempo porque a 100 km/h, en una ruta de montaña, uno está todo el tiempo a punto de morirse. Y la combi vuela, me digo: la vida es azar y me pongo los auriculares con mucho rock and roll para que la cosa tenga sentido. Y la coyita rebota y rebota, se acomoda, se estira, nunca se entera de que:
1. La combi casi se estampa contra una llama o alpaca.
2. La combi casi se estampa contra una moto taxi.
3. La combi casi se estampa contra un cable que sostienen dos sujetos en el medio de la nada y que atraviesa la ruta en una de las escenas más surrealistas que vi en mi vida.
La vida es azar. La combi pega un salto, se zarandea todo el tiempo, se zarandea demasiado. La coyita se despierta, se acomoda y luego se arquea como un bandoneón. Cabeza al suelo: suelta un vómito como quien se suena los mocos y yo lo esquivo justo, justo. Eseeeeeee olor. Me mira desorbitada. La miro. Nos miramos y todo es amor y glamour y sensualidad y deseo. Me alarmo, pienso que esto puede ir a más. Nada de eso. Cierra los ojos, se vuelve a despatarrar y se duerme. La vida es azar.
Luego llegamos a Cusco como quien toca la costa después de un naufragio.
Otra vez el paraíso de la economía formal, del buen gusto. Me vuelvo a preguntar si existe Cusco. Ale me contesta, me tranquiliza y lo entiendo todo. Lo que existe, lo que todos quieren que exista, es el Producto Cusco. Todo lo demás es sólo un viaje.



Vaya viaje que se nos marcó Mattera. ¿Para cuándo otro?
lo que yo queria, gracias
Nicolás: Qué bien descripto el viaje!
Muchas gracias, Rosemarie!!
Me alegro que te haya resultado interesante!
Saludos
Muy interesante el relato. Felicitaciones!
Muchas gracias, Rosemarie!!
Me alegro que te haya resultado interesante!
Saludos
que terrible viaje para ti, tal vez si te sacudieras un poco los prejuicios y la soberbia lo pasarias mejor. vomite su modernidad
Gracias ana por haberlo leido, el viaje ha sido hermoso!
Saludos!!
te recomiendo leer a canclini para que no se te haga tan extraño lo familiar y te puedas familiarizar con lo extraño y te des una nueva vuelta `por el tercer mundo…haaa y tambien lee orientalismo de edward Said!
ana
Sinceramente siento que no has entendido la crónica, o por lo menos la has entendido de forma parcial o con tus propios prejuicios. Si me permites, me gustaría aclararte algunas cosas (que creo que no haría falta con una lectura más “relajada”).
a. Por supuesto la crónica no es un tratado historicista de las costumbres latinoamericanas. Pretendía ser algo “símpatico”.
b. Soy argentino, vivo en el 3º mundo.
c. Soy sociólogo, he leído “Orientalismo” de Edward Said –y toda la disiplina de las aberraciones imperialistas en medio oriente-, en la cátedra de Sociología de Medio Oriente de la UBA, y ha formado parte de mi tesina (junto con los viajes que he hecho a Jordania, Marruecos, Egipto y Turquia).
d. Me extraña tu reflexión final ¿Por qué crees que tengo prejuicios? ¿Por qué comento algunos mitos que los peruanos –los poquitísimos con los que traté- tienen para con los chilenos? ¿Por qué hablo de la terrible industria turística –manejada por el 1º mundo- que hace que los propios latinoamericanos casi no podamos disfrutar de las mismas cosas que un europeo porque los precios son prohibitivos? ¿Qué hable de un cuzco que está comprado por europeos, mientras explotan y tratan como el culo a los cuzqueños –hay varios informes sobre los capitales extranjeros en la zona-? ¿La relación entre económica formal y la economía informal? ¿Por qué han sido también los peruanos – no su gente, sí sus gobiernos, como en tantos países…- los que han hechos su propios estrago, como en el corte de la piedra sacramental de Macchu Picchu por la visitas del jodido Rey de España-.
e. En fin, sinceramente me da la sensación que no has leído el artículo. Si te apetece, si tienes tiempo y ganas, por favor leelo completo y luego podemos debatir las opiniones.
Saludos, nuevamente gracias por leerlo!
muy interesante tu cronica de cusco, saludos,
Ha sido interesante leer tus impresiones de este viaje junto con las anécdotas y vicisitudes del mismo. Yo estoy familiarizado con cada uno de los lugares (de Perú) que has mencionado. He vivido en Cusco, también en Lima, y el resto los he conocido alguna vez. Es siempre de lo más interesante y constructivo leer o escuchar la perspectiva de un extranjero sobre tu país o ciudad. Gracias.
Buena crónica Nicolas. Te felicito.
Gracias, Raúl!!,
Ojalá algún día pueda volver a Perú!
Un abrazo!