La fantasía hermética
1 de Agosto, 2011 4
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El Hombre de al lado

Dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat, El hombre de al lado es una película que trata de la imposible relación entre dos vecinos de muy distintos estratos sociales que se enfrentan a un acontecimiento capital: una ventana que los une.

Ambientada en una casa de diseño, construida en la década del 40 por Le Corbusier en La Plata, El hombre de al lado es una crónica compleja de dos mundos completamente distintos que de pronto parecen tocarse. Con una técnica sencilla, de planos cortos, y por momento experimentales, la película transcurre entre el modernismo de Le Corbusier y el complejo simbolismo de las relaciones sociales de estos tiempos.

La casa (que en realidad es La Casa) donde vive Leonardo (Rafael Spregelburd), fino y prestigioso diseñador con su mujer y su hija, se encuentra aislada del entorno social por su propia singularidad, lo que viene a representar en un plano más amplio el fin de toda expectativa pólítica integradora y, como tal, la disolución de las formas tradicionales de solidaridad urbana (barrio, calle, plaza). Es, en tanto, la representación burguesa de la fantasía hermética: la casa es en sí casa y entorno, espacio y tiempo.

En ese punto la ventana se convierte en un vínculo, en una ventana (sin metáforas) que rompe ese aislamiento (también de clase) y deja entrar una realidad opuesta, por momentos “peligrosa”, que confronta el enrevesado discurso de Leonardo, repleto de mentiras (sobre la que se asienta la justificarse de su entorno social y familiar), contra un discurso frontal, simple y abierto de Víctor (Daniel Aráoz) un vendedor de autos usados.

La ventana deja al descubierto, asimismo, la complejidad de las relaciones familiares de una joven familia de la alta burguesía, la hipocresía del vínculo roto (igualmente hermético) y de la constante necesidad de apariencias que se mueven de afuera (las relaciones sociales) hacia adentro (las relaciones familiares) para componer el universo de un entorno fracturado y superficial. La niña del matrimonio no habla, no tiene discurso y esa es otra de las tantas herramientas con que el director se nutre para describir el universo simbólico que narra.

Si la fantasía hermética es el modelo que se impone como forma de relación éste estará obligatoriamente atravesado por relaciones mediadas (el dinero), nunca directas (un muro), ni honestas (las ostentación), y por lo tanto la satisfacción estará siempre rota o será igualmente inalcanzable.

Frente a la constante confrontación personal del vecino, Víctor, que infructuosamente desea acercarse a Leonardo y a su familia, hablar, regalarle cosas, conocerse, resolver sus problemas en el cara a cara del mundo real o lo peor… invitarlo a su casa, éste se niega. Aceptar es reconocer al otro. Aceptar la ventana (o ir a su casa a tomar mates) es acceder a romper por completo la fantasía de la exclusividad hermética. El sueño siempre postergado de las clases altas.

Pero el sueño no existe. No puede existir o peor: si existe solo funciona negando al otro y negar al otro es negar también una forma de comunicarse en el interior de la familia. Mientras no se rompa el aislamiento con el entorno que nos rodea será imposible que la niña escuche (jamás se quita los auriculares), que la mujer desee, que el padre entienda y comparta.

La ventana, como un espejo, sirve para reflejar las miserias de la fantasía hermética, el alto precio que se deberá pagar a cambio de negar el vínculo compartido de la solidaridad y el interés común. Víctor se relaciona de una forma directa, enfrentando sus problemas y su vida cara a cara. Sin embargo, Leonardo, responde anteponiendo la única forma que conoce de contacto con un mundo que no es el suyo (y que lo pone en riesgo): a través de terceros (abogados), jamás de forma directa (teléfono) y con mentiras cobardes que lentamente lo van hundiendo más y más.

Con dos pasajes particularmente ricos, el director logra materializar la forma tan extrema de esos dos mundos. Primero, cuando Víctor le implora: “Yo sólo te pido un rayito de sol para mí, un rayito de ese sol que vos tenés y no usás”. Y el segundo es cuando, con un palo, Víctor le alcanza un bote de jabalí al escabeche y le detalla, punto por punto, cómo lo cocina él mismo a un sujeto que es incapaz de hacerse el desayuno. El final de esa escena es crucial: “Qué rico, che… Muy bueno”, dice Leonardo con cara de asco. “Pero si no los probaste”, contesta, finalmente, Víctor que no comprende otra forma de comunicación que no sea la sincera.

La ventana es un ruptura, un hueco por donde se filtra el mundo exterior de Víctor, el único vínculo que la hija del matrimonio rico tendrá con un ser humano y quien parece comprender lo que realmente necesita: mirar por la ventana y contemplar el teatro de la vida.

Esa es la tragedia final de El hombre de al lado: el otro es peligroso siempre y cuando nos muestre tal cual somos y nos confronte y nos delate el precio que hemos de pagar por vivir eternamente seguros dentro de la fantasía hermética.

Aceptar eso es insoportable y por lo tanto quien intente frustrarlo lo pagará con la muerte.

4 Comentarios
  1. En esta película, al principio es imposible ponerse de parte de ninguno de los dos vecinos: uno te parece un pijo soberbio; el otro, un bruto entrometido. Pero según avanza el argumento, parece que la balanza (la mía) se pone de parte del pijo. Y luego, del bruto. Pero otra vez el pijo; no, el bruto es mejor… así hasta que me quedo con…

  2. Hasta hoy, sigue en cartelera!

  3. Lo pienso pero nada, no entiendo!

  4. Se lee bastante interesante y es muy buena tu reseña, la veré; saludos desde México.

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