He de reconocerlo. Realmente lo odio. Realmente, odio crear personajes secundarios. Y con secundarios, no me refiero a aquellos que ocupan dos, tal vez tres páginas; no me refiero a aquellos que no necesitan identidades definidas. A quienes me refiero es a aquellos personajes que, sin llegar a ser protagonistas, condicionan la obra. Llevan cierto peso en la acción, sus decisiones son importantes y por tanto necesitan una personalidad bien construida.
Aunque, tal vez no sea tanto por su construcción psicológica que los odie. A ciencia cierta, es posible crear personajes secundarios bastante decentes partiendo de poco más de una docena de esquemas distintos. El resto son matices, modificaciones y combinaciones de dichos esquemas que se llevan a cabo hasta poder darle una marca personal, algo que lo haga especial. No; el problema no es ese. Después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que el problema son los nombres.
Tal vez sea falta de autoconfianza, tal vez les presto demasiada atención, pero los nombres son algo superior a mí. Con los personajes de una o dos páginas, da igual darles un nombre u otro, mientras no coincida con alguien anteriormente presentado, es suficiente. Pero con los secundarios, los que sí van a aparecer repetidamente, siento la necesidad de ir más allá. Tiene que ser todo perfecto: el nombre debe congeniar con el personaje, tener un significado agradable y una pronunciación atractiva; todo esto, por supuesto, intentando rehuir de la tendencia tan popularizada hoy en día de ignorar los nombres propios del idioma.(Pepe, Paco o Juan están desgastados, pero seguro que si rebuscas puedes encontrar algo interesante.)
Lo mismo pasa con los nombres de lugares, aunque esa es otra historia.
Por tanto, creo que he de cambiar la afirmación inicial. No, no es que odie crear personajes. Lo que odio es darles nombres. Pero es que un nombre es algo más que una primera impresión (algo vital por sí solo), sino una señal de identidad tremendamente importante. Eso es lo que creo, y tal vez ahí esté la raíz del problema. Tal vez este último argumento sea el motivo por el que odie poner nombres y, tal y como he dicho arriba, crear personajes.
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Y en vuestra caso ¿qué es lo que menos os gusta de la construcción de una historia?




Tengo que admitir que comparto tu problema, los nombres es lo más difícil, eso y el quedarte encasquillado en un sitio, yo lo odio. Ahora mismo por ejemplo, antes de leerte estaba escribiendo y llegué a un punto que me dije “Que mierda he escrito” y he parado porque la cabeza comenzó a echarme humo. En fin, muy curioso y magnífico artículo. El pesar del escritor, (aunque sea aficionado como yo) pero bueno, todo esto lo compensa cuando ves un trabajo realizado y la gente te lee, por el momento yo te he leído y creo que te mereces un voto.
@ZusiOns Muchas gracias por tu voto. La verdad es que ese es un problema que he arrastrado siempre. Muchas veces cuando escribo alguna historia acabo dejando los nombres para el final. Mis primeros borradores suelen ser francamente indescifrables, te puedes encontrar un montón de signos como (nombre1) y similares para eludir la respuesta. Suele ser temporal, claro está, pero si sueles escribir a ordenador, es una opción bastante buena; con poner Ctrl+L una vez tengas decidido el nombre tienes la opción de modificarlo de forma automática en todo el documento.
De todas formas, no es el único problema, claro está xD. Al menos en mi caso, tengo varias manías y tabúes, que tal vez me anime a explicar y publicar en días venideros.
Estoy totalmente de acuerdo contigo, Raúl, en la importancia que tienen los nombres de los personajes en una ficción. Y esto es así porque la literatura es obra del hombre y siempre, siempre, habla del hombre; y resulta que en la vida del hombre hay un momento en el que se crea la individualidad (entre los 2 y 4 años de edad) y aparece el primer atisbo de la persona (no es lo mismo “ser humano” que “persona”). Pues bien, el nombre de ese pequeño ser humano es un elemento decisivo en la creación de la persona. Tanto, que en psicología hay terapias destinadas casi exclusivamente a trabajar la relación del individuo con su nombre.
Por todo esto, el escritor tiene que darle mucha importancia al nombre de sus personajes, porque como tú dices, ese nombre puede llegar a ser decisivo en la configuración del personaje. A mí no me resulta difícil porque realizo el trabajo en distinto orden que tú; yo, en cuanto encuentro la voz, ya tengo el personaje, e inmediatamente lo nombro. Si no lo nombro, no lo conozco, y si no lo conozco no tengo ni idea de qué puede hacer, qué puede interesarle o qué puede aborrecer. Por lo tanto, nunca me he encontrado con el problema de “buscarle” un nombre a un personaje (ya digo que no tengo personaje si no tengo nombre). Pero es cierto que en los personajes muy secundarios, los que yo llamo “personaje piloto”, que aparecen para hacer avanzar la acción, o como parte de una acción, y nada más, lo del nombre es un problema. Yo lo soluciono dándoles el nombre de personas que hacen la misma función en mi vida (vecinos del bloque, cuñados de un amigo, conductores del autobús o vigilantes del aparcamiento; les pregunto su nombre y, de no llevarme una sorpresa, se lo calzo a esos personajes de la ficción que esté escribiendo.
Saludos.