Indiana Jones es una marca registrada de Paramount Pictures & LucasFilms Ltd.
“…Divertir ha sido únicamente mi empeño.
Al hombre, ese niño grande, ese hombre pequeño”.
Sir Arthur Conan Doyle, 1912.
DEDICADO A
MIS DOS HIJOS,
RODRIGO Y FLORENCIA.
A VERÓNICA, MI MUJER.
Y A LOS INOLVIDABLES AMIGOS DE LA INFANCIA
FERNANDO VILLANUEVA,
ALEJANDRO ARRAS,
Y DANIEL CRESPO.
PRÓLOGO
Cuaderno de Notas del
Profesor Robert Brooks
Desierto de Atacama, Chile
30 de septiembre de 1935
“21:30 horas.
Aunque estamos cansados, no podemos pegar un ojo. La excitación del descubrimiento de hoy por la tarde nos tiene a todos sobresaltados y con una felicidad indecible, difícil de traducir con palabras. Nos hemos topado con algo realmente extraño y por lo que deduzco se nos vienen varios años de investigación encima. No faltaran patrocinadores, de eso no tengo duda. Las momias son fantásticas, algo jamás visto en parte alguna del mundo. Sin dudas todos quedaremos en los anales de la arqueología junto con los descubridores de las ciudades mayas o incas.
“Estoy satisfecho. Feliz conmigo mismo y mi equipo. Lamento no tener a Sara a mi lado. Ella sí me comprendería. ¡Cuánto la extraño! Pero ya quedan pocas semanas en Chile. Si todo marcha como suponemos, en menos de veinte días estaré en Boston junto a ella y el reconocimiento académico de mis colegas. ¡Estoy tan ansioso!
“Mark no para de decirme que estamos haciendo historia. Se lo ve ensoberbecido y más activo que nunca. Cuida de las momias como si fueran un tesoro personal. Y no es para menos: fue su incursión en la cueva la que nos llevó a ellas. Las ha estado dibujando desde hace algunas horas y no para de hacer un boceto tras otro.
“Emil Duvois adoptó una actitud más huraña que de costumbre. No esboza palabra y todo indica que, desde la fuerte discusión que tuvimos hace una semana, se ha vuelto hosco, maleducado y abstraído. Incomoda a todo el grupo. Incluso trató muy mal a nuestros excavadores. Es un hombre de cuidar; de difícil carácter y un resentimiento poco disimulado. A mi me detesta desde que salimos de Boston. Me lo hizo saber de entrada cuando boicoteó cada una de las decisiones que tomé al llegar al campo. Pero a pesar de estos inconvenientes, repito, hoy es un día de logros inimaginados.
“Estoy realmente feliz.
“Las momias brillan en la oscuridad. Son incandescentes. Parecen bombillas eléctricas de color azul. Algo realmente extraño. Cuando las vimos amontonadas al final de la cueva nuestros ojos no daban crédito a lo que observaban. Pero ahí estaban. Chiquitas, en posición fetal; sin ajuar funerario alguno; sin oro ni plata. Sólo una docena de cuerpos casi amalgamados por el paso del tiempo, tirados y colocados unos por encima del otro, brillando candentes, como queriendo atraer nuestra atención.
“¿Qué fenómeno desconocido es el que produce ese fulgor? Lo desconozco. Lo único de lo que estoy seguro es que nadie se había topado con algo así antes. Las momias parecen pertenecer a niños pequeños; pero un primer análisis a simple vista me indica de que son adultos por completo desarrollados. ¿Enanos?… Es probable, pero no puedo certificar nada con absoluta seguridad. En el laboratorio me dedicaré a desentrañar todo este asunto con tranquilidad. Por el momento me queda el asombro y la esperanza de seguir encontrando artefactos relacionados con estos intrigantes restos.
“Mark fue quien lanzó la primer hipótesis respecto de la cultura a la que pertenecieron. Según su opinión son araucanas; pero yo dudo de esa idea. No hay nada hasta ahora que permita sostener ese parecer. Ni cerámica, ni construcciones, ni telas, nada. Pero su entusiasmo es arrollador. ¡Qué buen muchacho resultó ser este joven alumno! ¡Qué gran compañía en este desierto desolado, al otro lado del mundo!
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“24:45 horas [segunda entrada del día]
“¡Catástrofe!…
“¡Qué desastre!… ¡Qué desgracia, por Dios!
“Una explosión tremenda ha destruido por completo la entrada a la cueva. Ya no podremos —al menos en esta temporada— extraer material arqueológico de ella.
“Tres de los ocho excavadores que contratamos han muerto aplastados por las rocas en un intento fútil por huir. ¡Pobres muchachos! ¡Pobres familias!
“Me siento mal. Pero mucho peor cuando advierto que sigo contento por haber rescatado del alud a las momias azuladas.
“Mañana mismo indemnizaré a los familiares y trataré de gestionar la exportación de los restos por mar. Espero no tener problemas de aduana. Ya me queda muy poco dinero que destinar a esos oscuros menesteres de sobornar a los policías de la frontera”.
R.B./ Atacama, ‘35
1
EL SELLO
MARSHALL COLLEGE
CONNECTICUT
1956
Avanzó con sigilo todo a lo largo del corredor, cuidando no chocar nada. Aquel depósito, al que había entrado subrepticiamente, estaba atiborrado de libros, papeles viejos y objetos antiguos, cuidadosamente ordenados en estantes de madera que llegaban hasta el techo. Construido en el segundo subsuelo de la universidad, el predio oficiaba de archivo y almacén y, desde hacía meses, nadie lo visitaba. El polvo se acumulaba sobre la superficie de cerámicas babilónicas, fenicias y griegas; barnizaba de opaco las grandes cabezas clavas de piedra, provenientes de Tiahuanaco; y los frisos persas, adquiridos a fines del siglo XIX, semejaban meras losas grabadas sin valor alguno. Pilones de pergaminos, pliegos y papeles amarillentos, prolijamente encarpetados, formaban columnas irregulares, cada una de ellas señalizadas —en el borde de la repisa— con un número que indicaba el año en que habían sido escritos. Libros incunables de origen medieval, junto con otros más modernos —pero no por eso menos raros—exhibían sus señoriales lomos como queriendo demostrar la resistencia que mantenían en una lucha sin cuartel contra la humedad, nunca controlada por completo. Restos de la cultura Anazazi compartían el mismo estante con los del pueblo maya y molduras coloniales, de origen español y portugués, se mezclaban con adornos ceremoniales hindúes, de la época imperial británica. Un verdadero amasijo de identidades y cosmovisiones muy diversas, amalgamadas por la sola voluntad clasificatoria de un manojo de académicos, capaces de aunar el agua y el aceite, desoyendo los gritos de particularismos que provenían desde lo más profundo de la historia.
La luz de la linterna, que Alexei Vasiliev sostenía con su mano derecha, se sacudía con nerviosismo. Iba y venía de un escaparate a otro, buscando detectar algo en la penumbra. La ansiedad y el temor a ser descubierto lo mantenían alerta. Estaba acostumbrado a esos menesteres. Eran parte de su vida cotidiana desde hacía más de quince años. Ducho en su oficio, sabía cómo moverse en situaciones de peligro. Tenía el entrenamiento adecuado. Era conciente que no corría riesgos de consideración en ese lugar. El mero depósito de un museo universitario no implicaba un problema. Él, que en Europa había logrado robar información confidencial muy valiosa, prácticamente frente a las narices de agentes del servicio secreto inglés, no tenía que intranquilizarse en la circunstancia presente. De todo modos, como profesional del espionaje, sabía cuidar los detalles. De ellos dependía muchas veces su supervivencia. Y la de su propio país, especialmente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.
Alexei Vasiliev era agente operativo del Comité de Seguridad del Estado Soviético, la KGB; una de las agencias de inteligencia más temidas, efectivas y poderosas del competitivo mundo de la Guerra Fría.
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Dos niveles por encima de la cabeza del ruso, los pasillos de estilo victoriano del Marshall College rebullían de alumnos y profesores prestos a tomar el merecido almuerzo, tras cuatro horas ininterrumpidas de clases.
No bien el timbre dejó de sonar, una verdadera marea de rostros jóvenes inundó el arbolado patio central del campus y la cafetería se llenó en pocos minutos de parroquianos y vivaces charlas. Era el momento de los chismes, de las críticas a los docentes y el debate académico que las teorías recién aprendidas generaban en las efervescentes vocaciones de toda una generación de futuros historiadores y arqueólogos. También el romance tenía su lugar, y el pavoneo iniciático de acampanadas faldas a lunares se cruzaba, excitante, con las varoniles camperas de cuero negro, tan de moda en el nuevo e invasivo universo del rock and roll. Risas, miradas y roces, celos y declaraciones, tejían las imperceptibles redes de innumerables historias de amor por venir.
Mike O’Connor, con sólo veintitrés años de edad, era un alumno regular. No muy convencido de su elección universitaria, prefería despuntar como atleta en el campo de deportes y encarnar, imponiendo su musculoso cuerpo, el rol de líder en su curso. No había día que no estuviera rodeado por un harén de jovencitas sonrientes que, cual primates en celo, le revoloteaban alrededor, compitiendo por sus favores sexuales. Estudiante avanzado en la cátedra de Arqueología Teórica, Mike no dejaba de discutir nunca sus calificaciones y esa mañana tenía mucho que reclamar al profesor titular. Por eso lo esperó en la puerta del curso y cuando lo vio salir, cargando libros y mapas, no dudó un instante en abordarlo e interpelarlo con muy poca diplomacia.
—Doctor Jones —dijo con voz gruesa e impertinente—, quiero hablar con usted respecto de la nota que me puso.
Henry “Indiana” Jones detestaba tener que dar explicaciones sobre sus “veredictos”; y aunque reconocía que era parte de sus obligaciones como profesor, experimentaba un profundo desagrado cada vez que un alumno se le acercaba para cuestionar una calificación. Conocía el paño. Sabía del modo en que los discursos estudiantiles cambiaban según las notas fueran buenas o malas. “Me saqué una A”, decían cuando las cosas iban bien. “Me puso una C”, cuando ocurría lo contrario.
Jones apretó sus axilas para evitar que los mapas se le cayeran y, casi con resignación, apoyó el portafolios en el piso. Hacía calor. La chaqueta y el moño de su camisa empezaban a molestarle. Suspiró y miró al muchacho por encima de sus gafas.
—Doctor, discúlpeme que lo interrumpa. Sé que es su hora de almorzar, pero no quiero quedarme con la duda…
—Dígame qué es lo que desea, señor… ¿Connors, verdad?
—O`Connor —corrigió el chico—, Michael O’Connor.
Indy se mordió el labio inferior imperceptiblemente.
—Lo siento, señor O’Connor. Tengo sólo tres minutos para ofrecerle. Lo escucho.
El joven exhibió un manojo de treinta hojas mecanografiadas. De lejos se observaba ya una “B-“ como calificación final. Abrió el trabajo al medio y señaló algo.
—Lo que no comprendo es esta marca que me puso aquí, en color rojo, a pie de página. No veo ninguna otra corrección y no entiendo porqué me bajó tanto la nota.
Indy se pasó los libros al brazo izquierdo y agarró la tesina. Le echó un vistazo y volvió a devolverla.
—Esta marca, como usted dice, indica una incorrecta forma de citar, señor.
—¿Por qué incorrecta? —saltó el muchacho—. Está bien citado ese libro.
—¿Realmente consultó Études de mythologie et d’archéologie égyptiennes?
—¡Por supuesto que sí!
—¡Oh, señor O`Connor! Creo que su nota acaba de bajar un cincuenta por ciento más.
—¿Por qué me dice eso? ¡Aquí tiene la referencia claramente indicada!
—Creo que debió haberla copiado de algún otro libro.
—¡Imposible! De ser así se lo hubiera consignado, profesor.
—En ese caso —contestó Indy con parsimonia—, preséntese mañana por la tarde en mi oficina con el tomo en cuestión. Estoy sumamente ansioso por tenerlo en mis manos. —El joven lo observó simulando sorpresa—. Si lo consigue, con mucho gusto se lo compraré al precio que usted desee. —Levantó el portafolios y mientras reiniciaba la marcha esbozó su característica sonrisa ladeada, agregando:—Ah, le informo que esa obra está escrita en copto y agotada desde 1883… ¿Sabe usted hablar copto? ¡Me sorprende, señor O`Connor! ¡Es usted un alumno admirable!
Y abriéndose paso entre las decenas de estudiantes lo perdió de vista.
“¡Maldito mentiroso!”, pensó.
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No había transcurrido una hora cuando, finalmente, el haz de luz de la linterna de Vasiliev dio con una caja de cartón en cuya carátula podía leerse claramente:
ENERO/ DICIEMBRE 1948
*Memorandos internos
*Altas y bajas de la Planta Funcional (personal docente)
*Certificados médicos (ausencias justificadas/ defunciones)
*Documentación personal de profesores (no reclamadas por deceso).
Rebuscó con nerviosismo en el sobre papel madera correspondiente al último ítem de la etiqueta. Había una gruesa resma de hojas manuscritas, descoloridas; muchas de ellas arrugadas y todas fuertemente atadas con bandas elásticas. Junto a ellas, a un costado, tres pequeñas libretas negras con manchas de humedad en sus tapas y sendos apellidos escritos con tinta corrida en el frente. Tomó una, y contrariamente a las estadísticas, acertó en sacar la que quería. Sonrió. Tal como le habían informado, ahí estaba. No esperó un segundo. La sacó de la caja y se la guardó en el bolsillo interno de su chaqueta. Ya era hora de salir de allí.
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—¿Vas estar este fin de semana en el campus? —indagó, con la boca llena de comida, Clement Wilbert, profesor titular de la cátedra de Historia Clásica, mientras levantaba sus ojos saltones por encima de la mesa de la confitería de la universidad.
Indy estaba inapetente. Acompañaba a su colega sin almorzar. Sólo tomaba un café y releía un libro de técnicas de excavación cuando la pregunta llegó a sus oídos, venciendo el murmullo de voces que flotaba en el ambiente repleto de alumnos.
—No lo sé —respondió—, recién estamos a mitad de semana. Tengo muchas cosas que corregir. Trabajo atrasado.
—Te preguntaba porque estoy por organizar un ateneo el sábado en mi casa. Ya sabes que estás invitado, como siempre.
Indy agradeció, pero sabía que no iba a concurrir. Alguna excusa se le ocurriría más adelante. Esas reuniones eran de lo más aburridas. Un atajo de veteranos discutiendo teorías insulsas, en tono monocorde y tratando de lucirse frente a sus colegas. No era el mejor de los programas para su día franco. Por otro lado, la comida de Clement era horrible.
Sonó el timbre. La hora del almuerzo había terminado y tenían que reintegrarse a sus respectivos cursos. En tanto Wilbert apuraba su ingesta de fideos, Indy se reincorporó, levantó sus mapas, sus libros, el portafolios y, cargado como un Ekeko, emprendió el camino hacia el aula de Arqueología Teórica en donde debía impartir la última clase del día.
Mientras recorría el pasillo lentamente, sorteando los cuerpos agitados de los alumnos que se dirigían a sus respectivos cursos, reconoció el par de ojos azules que lo miraban de lejos. Caminaban hacia él. La intensión era clara: interpelarlo nuevamente.
“No puedo creerlo”, pensó, mascullando rabia, al identificar el rubicundo rostro de Mike O’Connor. “Este tipo terminará sacándome de las casilla”.
No aminoró el paso ni desvió la marcha.
Tres alumnas pasaron a su lado y lo saludaron. Desvió la vista un segundo para contestar la gentileza y cuando levantó de nuevo la cara, O’Connor estaba parado enfrente suyo, tapándole el paso.
—Profesor Jones, quisiera decirle que…
Repentinamente, como salido de la nada, un sujeto alto, de cabello muy corto, vistiendo chaqueta, camisa y corbata al tono, chocó intempestivamente contra Mike. Se notaba que estaba apurado. Indy advirtió pequeñas gotitas de sudor en el borde mismo de su cabello y sintió claramente el sonido de algo cayéndose al piso. Bajó la vista. Ahí estaba: una libreta color oscuro.
—Lo siento, señor —se disculpó el estudiante, aún sabiéndose no culpable por el hecho.
—¡Tonto! ¿Por qué no mira por donde anda? —ladró Vasiliev con cierto nerviosismo mal escondido.
Indy se agachó y levantó la libreta. No pudo dejar de notar algo extraño: un sello de tinta roja, muy pequeño, en el ángulo superior derecho. No se alcanzaba a leer lo que decía, pero Jones conocía el diseño. Le resultaba familiar. Tardó tres segundos en darse cuenta de que era la marca oficial que la universidad utilizaba para identificar los papeles que se archivaban en el depósito. Un timbre que solía decir (cuando se podía leer): “Prohibido el uso y el retiro de este material”.
Miró al sujeto con extrañeza. No lo conocía. No era personal del Marshall College. No pertenecía al plantel docente o administrativo. ¿Quién era ese tipo?
Vasiliev notó de inmediato la mirada inquisidora de Jones y antes de que éste dijera algo, le arrebató la libreta con brusquedad y le imprimió un potente empujón, golpeándole el pecho.
Cuando Indy cayó al suelo, desparramando sus papeles y mapas, Vasiliev ya había emprendido una huída a toda marcha con dirección al parque central de la universidad.
El alumnado se alteró. Fue como sacudir un avispero. Gritos, improperios y risas estallaron de todas direcciones. Pero Indiana Jones hizo caso omiso al caos producido por la sorpresa y poniéndose de pie se lanzó a la carrera detrás de su imprevisto agresor.
No era fácil moverse a esa hora del día. Los cuerpos chocaban y se rozaban por el pasillo y la entrada al edificio era un cuello de botella, del que ya había habido quejas de parte de los alumnos más quisquillosos.
Fue precisamente en ese sitio en donde Indy alcanzó a tomar el hombro del ruso, girarlo con fuerza y propinarle una trompada en la mejilla izquierda.
Vasiliev no acusó recibo. Apretó sus mandíbulas y le disparó al arqueólogo un patada demoledora en la zona de la ingle. Jones expulsó todo el aire de los pulmones y una punzada dolorosísima le subió desde los testículos hasta la parte central del abdomen, inclinándolo hacia delante.
Los chicos y muchachas que veían la pelea se hicieron a un costado, como si la lepra estuviera en el escenario de la lucha.
Vasiliev reinició la marcha. Indy resopló. Enderezó su columna y justo cuando iba a dar el primer paso tambaleante, sintió una mano pesada, de dedos enormes, tomándolo por la nuca.
“Son dos”, caviló preparándose para otro golpe, que no tardo en venir. Esta vez en la cintura.
Cayó al piso. Pero no se iba a dar por vencido. Recuperó el ánimo en una décima de segundo y arrojó su pierna derecha contra el misterioso bravucón. Dio en el blanco, más justamente en la barbilla de un individuo de mediana edad con barba candado y cabello también muy corto. Sin más, giró como un trompo y su zapato izquierdo volvió a impactar al otro lado del rostro. El aliado de Vasiliev se desplomó grogui. Fue cuando Indy lo tomó por las solapas y preguntó casi en un grito agitado:
—¿Quién es usted?
El ruso sonrió.
Indy quedó atónito al comprender lo que se avecinaba. “¡Qué idiota soy”, pensó en el instante mismo en que un tercer hombre le descargaba todo el peso de una cachiporra en la cabeza, haciéndole perder la conciencia.
2
EL CÓNCLAVE
SALA DE PROFESORES
DEPARTAMENTO DE ARQUEOLOGÍA
DOS HORAS MÁS TARDE
Amplia, amueblada con elegancia e inmensos ventanales que daban al parque, la sala de reuniones semejaba un tribunal. Era un espacio cómodo, con una mesa de roble para catorce personas en el centro y un cuadro grandioso del primer rector, señoreando el recinto desde la única pared que no tenía aberturas. El pomposo cortinado era también responsable del clima de academicismo que se sentía al ingresar.
Richard “Dick” Clayton, vice-decano en funciones mientras el rector disfrutaba de sus vacaciones, estaba frenético. Le transpiraban las manos y trataba de contener sus gesticulaciones nerviosas en tanto Mike O’Connor estuviera en el lugar.
—Le repito, señor —expresó al muchacho con gentileza—, que por el bien de la institución debería usted convencer a sus compañeros que olviden el altercado de hace unas horas. Mi obligación es poner orden en la universidad y con todos los rumores que ya empezaron a correr por el campus no me extrañaría nada tener que soportar a miembros del FBI rondando por aquí. No quiero publicidad negativa.
Indy, sentado a la derecha del muchachón, se reclinó hacia Clayton.
—¿Publicidad negativa? ¿A qué te refieres Dick? —inquirió frunciendo el seño.
—Están comentando que los tipos que te atacaron eran rusos…
—Pero si es cierto —intervino O’Connor con cierta timidez—. Yo mismo noté el acento soviético que tenían cuando me interpeló el hombre que golpeó al profesor Jones.
—Señor O’Connor, no estamos seguros de eso. No especulemos ni saquemos falsas conclusiones antes de tiempo. Nadie quiere que la prensa publique que el Marshall College está infiltrado por agentes de la Unión Soviética. Usted bien sabe cuán sensible es el gobierno a esas cosas. Correríamos el riesgo de que intervinieran la universidad. Y no deseamos eso, ¿verdad?
Norman Pike, el elegante cuarentón que oficiaba de secretario académico, se alzó del sillón que ocupaba junto al de Clayton y con un gesto cortés invitó a que O’Connor se levantara del suyo.
—Muy bien, joven, gracias por su testimonio y colaboración. Puede ahora retirarse. Nosotros nos ocuparemos del tema y, por favor, no alentemos tempestades con comentarios imprudentes. Estaremos en contacto. Contamos con su apoyo.
El muchacho asintió en silencio y abandonó el recinto.
Justo en el momento en que él salía, Eleonor Whitenight, la jefa de archivo, ingresó en la sala con una caja de cartón en los brazos
—Permiso, señor vice-decano —dijo.
—Adelante, Eleonor, pase.
La mujer, entrada en años, ocupó el lugar dejado por el alumno y tomó asiento.
—¿Encontró algo? —la interpeló Indy a boca de jarro.
—Sí, doctor —respondió—. Tenía usted razón. El nombre que figuraba en la etiqueta de la libreta que se llevaron era Robert Brooks.
—¿Y quién demonios es Robert Brooks? —sonrió el arqueólogo.
—Un antiguo profesor de esta casa, doctor Jones.
—Explíquelo todo, Eleonor —invitó Clayton.
—Brooks trabajó aquí durante casi una década, entre 1938 y 1948, año en que falleció de un infarto. Fue un hombre muy respetado por sus alumnos y especialista en técnicas antiguas de irrigación artificial. Se dedicó a ello durante largo tiempo mientras daba clases en la Universidad de Boston, antes de instalarse entre nosotros. Vivió solo y sin parientes, en una de las casas destinadas al plantel docente. Cuando murió, y dado que nadie reclamó las pertenencias personales, sus apuntes y trabajos inconclusos pasaron a ser de nuestra propiedad y los archivamos hasta tanto alguien las pidiera.
Indy dirigió la mirada hacia Pike.
—¿Lo conociste, Norman?
—Muy poco —indicó el secretario—. No era un sujeto simpático con sus colegas. Jamás intimé con él. Además, murió a los tres meses de haberme hecho cargo de mi puesto como profesor. No creo haber intercambiado mas de diez palabras.
—Era un hombre difícil —convalidó la mujer—. De carácter fuerte. Lo recuerdo muy bien.
Clayton, por tener menos años en la universidad, se calló la boca.
—¿Esa es la caja donde estaban sus cosas? —preguntó Indy señalándola.
—Efectivamente, doctor. No bien el vice-decano me informó del hecho, bajé al subsuelo para revisarla. Y, según el listado mecanográfico que había adentro, lo que se llevaron es un cuaderno de notas personales —explicó Whitenight.
—¿Sobre qué eran las notas? —volvió a interferir Jones.
—De acuerdo con lo dice este registro —respondió leyendo un viejo papel amarillento—, corresponden a una excavación arqueológica en Chile, que Brooks realizó para Universidad de Boston en 1935. Son los únicos datos que se consignan en este registro.
—¿Alguien sabe si algún investigador del Marshall College trabajó sobre esos apuntes?
—Lo dudo mucho, doctor Jones.
—¿Por qué, Eleonor?
—Nadie trabaja con la documentación privada de nuestro docentes fallecidos, Indy —replicó Clayton.
—Pero, ¿no eran acaso notas sobre una excavación?
—Sí —respondió la mujer—, pero por algún motivo nadie se vio interesado por ellas.
—Hasta hoy… —dijo Jones con cierta ironía—. Esos tipos que me atacaron sabían lo que buscaban.
—¿Qué sugieres que hagamos, Dick? —inquirió Norman Pike.
—Por el momento seguir manteniendo el tema en reserva hasta tanto sepamos algo más.
—¿Y qué pasa si, efectivamente, viene el FBI?—repreguntó el secretario.
—En ese caso… no sé… Lo pensaremos sobre la marcha.
—Me comprometo a re-examinar el archivo —dijo Eleonor—, para ver si hay algún otro faltante.
—Muchas gracias, señora Whitenight. Puede retirarse y manténgame al tanto de todo.
Acto seguido, la anciana abandonó el salón.
—Dick —empezó a articular Indy—, tú y yo sabemos que los alumnos dicen la verdad. Los matones eran rusos. También yo sé reconocer un acento…
—Sí, pero… tenemos que tener algo concreto por si al FBI se le ocurre investigar un simple robo.
—Permíteme que me encargue del tema —dijo Jones.
—¿Qué harás?
—Indagar más sobre Robert Brooks y su trabajo en Chile.
—Pero, ¿tú no estabas acá en el ’48? —indagó algo confundido Clayton.
—No. Dejé Marshall en el ’37 para ir a Nueva York .Recién volví a incorporarme aquí en 1951. Brooks ya estaba muerto, por eso jamás supe nada de él.
—¿Qué piensas hacer?
—Por lo pronto, Dick, viajar el fin de semana entrante a Boston. Tengo gente conocida allí. Alguien debe saber algo sobre esas excavación en Sudamérica.
—No tengo objeciones. ¿Tú, Norman?
—Tampoco. Ninguna. Incluso iré contigo, Jones. Este tema me está empezando a intrigar. Si te parece bien, saldremos el viernes por la noche. ¿Trabajan hasta el mediodía del sábado en Boston, verdad?
—Se cursan algunas materias por la mañana, sí.
—Mucho mejor. No habrá tanta gente revoloteando como aquí.
Indy se reincorporó. Todavía le dolía la cintura.
—Ah, otra cosa —agregó Pike—. El profesor Wilbert se ofreció gentilmente a colaborar en lo que sea. ¿Tendrías algún inconveniente que viniera con nosotros?
—¡¿Clement Wilbert?!… —exclamó Indy sorprendido—. ¿Por qué Wilbert?



Primero que nada amigo Fernando quiero que sepa que mi primo y Yo somos fanáticos de Indiana Jones asi que para mi es un placer enorme leer una historia basada en tan inolvidable personaje personificado en el cine por Harrinson Ford… Una historia magistralmente escrita de la cuál tendré que estar pendiente del resto al menos que exista una forma de leer toda la narrada por su persona en algún libro publicado o versión digitalizada. Un gusto leerlo y muchos saludos.
Robert
Estimado Robert
En principio, muchas gracias por tus generosas palabras.
La verdad es que estas novelitas las escribí hace ya algunos años. Fueron una verdadera terapia psicológica que me alejó de los graves problemas que me acosaban opr todos lados,especialmente al tener a mis hios llejos. Por eso disfruté tanto al escribirlas: me evadía de la realidad metiendo a Indy en problemas. jajaja
naturalemnete mis hijos (adolescentes hoy) jamás las leyeron , jajajajaja. Pero algúun día lo harán, cuando yo ya no esté rondando por este planeta jajajaja.
Un abrazo a la distancia y MUCHAS GRACIAS DE NUEVO.