Los celos, ¡malditos celos…! Tan presentes en casi cualquier relación de pareja, en mayor o menor grado, encubiertos o sin tapujos, enmascarados o auto- engañados, silenciosos o latentes…pero casi siempre están. Y si no los hay, seguramente en alguna fase de la relación los habrá… Entre otras cosas, porque no sé porque razón “masoquista” cuando no los hay nos los inventamos o los reclamamos en la pareja a modo de demostración de amor. Pero centrémonos en cuando existen verazmente. El calibre, el grado de estos celos se mueve en una escala tan extensa como las excusas que los alimentan. Y dentro de ese abanico, preocupan por su cariz, los patológicos. Porque son destructivos, para la relación, para quien los padece y para quien los sufre. Y lo son porque quien los padece o bien no tiene conciencia de padecerlos o los enmascara, justifica y los alimenta y defiende a toda costa. Sin darse cuenta que a menudo, dan pie a lo que se llama “la profecía autocumplida”. Y aquello que no era nada más que la paranoia de un inseguro, de alguien con poca autoestima o vete a saber qué problema puntual o crónico, se transforma no en algo real en sí, sino en algo que termina rompiendo la relación. Nada constructivos destruyen cualquier relación sin piedad, cultivando el amor con miedos, dudas, paranoias, mentiras… Veneno para la tierra fértil que un día era cuando surgió la chispa del enamoramiento. Y así, poco a poco la flor enamorada se marchita sin remedio ni solución –al menos no sin gran coste-. Y cuando son de un grado superlativo, es decir, patológicos muestran su cara más dañina. Trastornos del pensamiento, en curso y forma, delirios de persecución y celotípicos, minando día a día la autoestima ya de por sí frágil de quien los padece, quien a su vez trata seguramente inconscientemente de minar y mermar la autoestima de su pareja en un atisbo de esperanza en no ser ni el único en sentirse tan “poca cosa” como de proponerse que en esa merma la pareja no se sienta deseada por nadie, y así de cierta manera los celos se “calman” y sobretodo, se justifican. Obsesiones, compulsiones, y a veces hasta ilusiones casi alucinatorias. Pobre del que se sumerja en esa espiral maldita de los celos. Porque no hay nada peor que “enjaular” o que te priven de libertad. Y eso hace el “celoso”; controlar, perseguir, creer que la pareja no es sino posesión suya, que no le pertenece a nadie más ni se puede compartir. Y no solo salpican a su “mundo” de dos, sino que en los casos en los que hay niños, éstos como “esponjas emocionales” que son se impregnan del veneno de los celos, para seguramente desarrollar la misma patología en su etapa madura, normalizado porque es lo que siempre veían en casa. Y el daño es inmenso en las criaturas, porque necesitan cariño y atención y el celoso es egoísta y egocéntrico. Él y sólo él y todos para él.
Especial cuidado en la mención de la posibilidad de que dichos cuadros patológicamente celosos, puedan deberse a causas físico-orgánicas. Especial digo porque es lo que le falta al celoso para justificarlos. Pero al margen de ello, puede darse esta situación. Trastornos tiroideos, falta de vitaminas, medicación, abuso de estupefacientes… Pero lo más normal –desde un punto de vista tanto de frecuencia como de continuidad- es que se deban a algún tipo de trastorno de la personalidad. No obstante, no hay que “aligerar” nunca en opinar sino más en objetivizar con buen diagnóstico y gran información de cada caso, pues como se suele decir, cada uno “es un mundo”.
Y pobre aquel del que se ponga en el punto de mira del celoso, del que tiene miedo patológico a una infidelidad, porque es eso, pánico a ser menos que otro. Ese otro será buscado, juzgado y condenado. Y condenarse también a sí mismo a sentirse menos que el otro en esa “morbosa” comparación de “machos” (o hembras…).
Y la psique ya mermada del “celópata” se envuelve, se retuerce y se maquilla cada vez más enferma. No disfrutando de lo que se tiene ni valorándolo hasta que lo pierde. Y en ese “enfermar” poder llegar a grados patológicos mucho más peligrosos para su capacidad de desenvolverse en el medio, ósea de socializarse con los demás. Se puede convertir – si no lo es ya – en una persona acomplejada, de personalidad temerosa que termine – o no, quien sabe – desarrollando fobias sociales que le aíslen de la realidad, depresiones profundas que le lleven al abismo de sus miedos y como no, desarrollando cualquier tipo de enfermedad por el machaque que la mente hace sobre el cuerpo. Sí, la mente influye mucho en el cuerpo, no es nuevo ni son nuevas las enfermedades psicosomáticas. Pero no seamos dramáticos, que “tiene cura” o al menos tratamiento. Una dosis de terapia conductual diaria a base de “quererse un poco más”, ser más positivo y amable y esa amabilidad retornada hará el resto… Ojo, no es tan sencillo… Lo sé, pero para comenzar, mejor “quitar dramatismo” al tema – que lo tiene – y poco a poco tratarlo…ayudando…entendiendo y sobretodo escuchando, ayudando a organizar una mente tan desorganizada, a poner las cosas donde deben estar. Y para ello llegar a la raíz del problema que seguramente date de la infancia, esa etapa tan “frágil” y tan constructiva a la vez, de personalidad, de identidad, del “yo” que será siempre. Quizás en esa infancia sobreprotegida, “enmadrada” resida parte de los celos que primero fueron a los nuevos hermanos o a los “intrusos” que venían a casa y captaban la atención de esa madre que se siente “únicamente para uno”. Y poco a poco así, el paisaje emocional del niño se va volviendo egoísta. Apegado a la madre –generalmente – su seguridad personal, ya mermada por la sobreprotección, se resquebraja para siempre.
Pero los celos, como emoción innata que son, tienen connotaciones positivas y negativas, los patológicos en ésta última categoría. Y positivos cuando en la justa medida – más bien pequeña – son muestra de afecto a la pareja. Y digo medida pequeña porque son tremendamente “adictivos” y un poco pide más y más y así se termina…con celos enfermizos, en esos que generan primero desconfianza en uno mismo e indefensión que desemboca en dependencia de los demás.
Terminando con la forma patológica del delirio celotípico, hay que tenerlos muy en cuenta a la hora de buscar posibles patologías psicológicas subyacentes, como pueden ser la esquizofrenia, la manía, la ansiedad o trastorno bipolar. Para ello de be ser una idea persistente, firmemente sostenida y defendida, inadecuada e incorregible desde la voluntad del paciente. Pero eso, inadecuada, no vayamos a pensar que quien defiende una postura política, religiosa o un valor con firmeza es ya una patología, no generalicemos. Inadecuada, irracional, infundada…esa es la clave.
Una ventana a la esperanza del paciente y del “padeciente” se ve en el horizonte de la terapia cognitiva, y por qué no, farmacológica.



Mikel Vega: muy buen tema el de los celos, que destruyen “la tierra que fue férti por un gran amor”.
Gracias por publicar esto que tanto bien nos hace a todos.
Atentamente
Volivar