Desde el comienzo de los tiempos, el Hombre intentó por todos los medios posibles de apoderarse de lo que más valor tenía en un momento dado. Sal, oro, petróleo, uranio, agua… Quien fuera dueño de la mayor cantidad de recursos, por vía pacífica u hostil sería quien controlara el juego de fuerzas del poder mundial.
Sin embargo hay un bien “supremo”, un recurso mucho más importante y poderoso que todos los nombrados: La historia. Desde el principio de los tiempos cuando Herodoto escribía sus diarios de viaje contando sus “inocentes” aventuras, hubo una finalidad, un objetivo. La guerra entre Persia y Grecia, las guerras médicas eran un tema importante y había que estar informado para actuar en consecuencia. Así el ser humano fue dándose cuenta del valor de este recurso: quien “cuenta” la historia, la domina, le pertenece, pero sobre todo, es capaz de moldearla, transformarla y hasta reinventarla.
Si la historia se cuenta diferente, las víctimas pasan por victimarios, los héroes por traidores, los ganadores por perdedores, los ladrones por próceres y la verdad se retuerce tanto que se desintegra en sí misma, porque en realidad, no existe la verdad, sólo hay interpretaciones. Todos los dictadores pretendieron adueñarse de la verdad, a través de su interpretación o directamente de la tergiversación de hechos. No seamos ilusos, también las democracias quisieron hacerlo, claro que sus medios siempre fueron (por suerte) más débiles y difusos.
Ya en el siglo XX, el estudio de la historia se resignificó junto a Freud, Lacan, Foulcault entre otros, cambiando el eje hacia las palabras, hacia el lenguaje. Las palabras tienen poder sobre las cosas porque, sobre todo, vivimos en una sociedad simbólica que se basa en signos que expresan significados, pero esos significados son impuestos. ¿Por quién? Por los dueños de la historia. Ellos son quienes le otorgan el sentido a las palabras y por lo tanto a los hechos, que están compuestos de palabras. Poco a poco, al adueñarse de la historia, en realidad están adueñándose de algo mucho más básico para la sociedad en que vivimos: del lenguaje. Al ser dueño de una palabra, uno puede cambiar su significado, a conveniencia. En este mismo momento intento hacerme dueño de algún puñado de palabras para convencer a mi lector.
En Las palabras y las cosas Foulcault hace un completísimo y profundo análisis de Las meninas de Velázquez y analizando su juego de ocultamientos, miradas y puntos de vista, explica de forma metafórica esas verdades que en cada periodo histórico están aceptadas o no socialmente. Somos producto de esos “imperativos” morales que nos condicionan sin los cuales ni siquiera seríamos parte de la sociedad. El problema reside en que para que haya “una” verdad aceptada tiene que haber un discurso que dogmatice, el discurso “aceptado” es el impuesto. Como ejemplo se puede argumentar al discurso científico positivista que dominó la escena durante los últimos doscientos años (y apostaría que lo seguirá haciendo por mucho tiempo más). Las palabras, el lenguaje instalado, constituyen el tema de importancia. Nuevas palabras se instalan como huéspedes inesperados que buscan asilo pero piensan quedarse para siempre. GH, Células Madre, clonación, calentamiento global, son palabras que casi no existían hace 20 ó 30 años o existían y adquirieron nuevo significado. De este modo, el discurso que nos dogmatiza nos incita, en el caso del capitalismo, a consumir. Consumimos el significado que nos imponen, que a la vez nos incita a consumir; debemos mirar Gran Hermano, comer Big Macs, y votar a tal (no porque sea bueno, sino porque es el que mantendrá todo este sistema de maquillaje sublime y espeso y grandes marionetas danzantes). Entonces el sistema (¡qué palabra más abstracta!), busca adueñarse de la historia a través de las palabras para lograr su cometido. ¿Cuál es el objetivo del sistema? Mantenerse (aclaro, de todo sistema, sea capitalista, feudal, etc).
A lo largo de la historia fue cambiando de manos el discurso hegemónico pero siempre su fin fue acumular más poder para mantenerse como el amo. El discurso del amo para Hegel es justamente ese, la retroalimentación del ser uno mismo a partir de la aceptación por parte del otro, del discurso de uno. Claro que el amo no busca precisamente “cambiar las cosas”, por eso no crea nada nuevo, es el siervo el creador, que pretende transvalorar los valores. El siervo entonces va a contramano de la historia, en contra de la corriente, busca apoderarse del lenguaje, pero al no poder, intenta la interpretación desde la penumbra. Ese es precisamente el intelectual. Lamentablemente para muchos, pero afortunadamente para mí, el intelectual nunca está del lado del Amo, siempre lo confronta. Es por eso que el intelectual obsecuente, lamebotas, “amigo” del poder, no es el verdadero intelectual “tradicional”, es sólo un “orgánico” inservible que pretende ser dueño del discurso pero no es más que un lindo origami manipulado por los que realmente son dueños de la historia.
Los intelectuales “orgánicos” (leer Los Intelectuales y la Organización de la Cultura de Antonio Gramsci) no son más que meros operarios del discurso dogmático. Son los que sirven al grupo al que pertenecen, recreando y adoptando el nuevo (o viejo) lenguaje y la nueva (o vieja) interpretación de la historia. Parte de esa tarea de apoderarse de la historia es la de adueñarse de los héroes, los mártires, pero sobre todo de los intelectuales “tradicionales”, aquellos que trascienden el pensamiento y lo atraviesan como una lanza. Son los creadores de paradigmas, inventores de métodos. Marx, Comte, Rousseau, Moreno, Alberdi, Sarmiento, son desgajados de su historia y reinventados dentro de un nuevo marco discursivo al que le son funcionales sin siquiera haberlo querido.
Los dueños de la historia, entonces, son dueños de las palabras. Dentro de su nuevo diccionario se encuentran las palabras que los harán más poderosos casi con sólo decirlas. Derechos Humanos, Dictadura, Rosas, soberanía, progresismo. Ya no son nuestras (perdón, tenía que tomar partido), quizás lo fueron alguna vez, pero las perdimos, son parte de lo otro, del Discurso y poseen un nuevo significado, ajeno a nosotros. Claro que si no formamos parte de ese discurso no podemos estar de acuerdo con el significado que esas palabras adquieren, por lo tanto somos traidores, desleales. El nuevo discurso es implacable y tiene dueño, quienes no se alineen no podrán ni siquiera pensar en pronunciarlo y toda la historia precedente (y por lo tanto futura porque ¿qué seríamos sin el pasado?) se resignificará y nos resignificará a nosotros mismos ya que somos un reflejo de la historia (la historia nueva, la que verdaderamente existe, la nueva interpretación de la historia, ya que la “verdadera” historia ya estipulamos que no existe).
La nueva historia será útil para quienes quieran aceptarla, pero será letal para quienes la rechacen. ¿Será verdad que somos presos de nuestras palabras? Porque si es así, muchos van a tener problemas en el futuro. El discurso anterior es tan dogmático y fundamentalista como este, a todos ellos los rechazo casi con el mismo vigor.
CxF



Increible descrpcion, muy inteligente
Me gustaria agregar que es una interesante reflexion—
Los dueños de la Historia también suelen ser los dueños del lenguaje; ya no hay guerras, ahora hay conflictos bélicos; ya no hay despidos, ahora son reajustes de plantilla; ya no se dice despotismo, se dice plan electoral…
Recuerdo ahora varios de los que se autodenominan intelectuales, asalariados de un lado u otro, con el bolsillo bien lleno. Lo que me hace gracia es que muchos de ellos van de transgresores y se permiten el lujo de descalificar lo que se adapta a su norma. Decía Krishnamurti: “No es señal de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”…y qué razón tenía.
Buen artículo.
Si, felipe, aca en argentina yo por lo menos estoy viendo una crisis de la intelectualidad. Mucho lacayo ex intelectual que en vez de conviccion ideologica tiene unos cuantos billetes en el bolsillo y sale a criticar hacia afuera cuando no ve que el propio movimiento que esta legitimando con su discurso es el creador de esa realidad que aborrece. El espejo es uno de los instrumentos menos usados en la humanidad, todos lo usan para vestirse o para verse, pero no para mirarse.
que bueno…
que bueno
Me ha gustado, casi nadie toma en serio a la historia. Enhorabuena.
Un saludo.