Los nietos de la guerra: mi madre
7 de Abril, 2012 9
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Mire como se mire, el viaje de Los Ángeles a Granada es quejumbroso. Para motivar ese fatigoso desplazamiento, pienso en el dotado navegante y cartógrafo Cristóbal Colón embarcado en su viaje oceánico rumbo a sus confundidas Indias Occidentales. Luego entre bosquejos históricos, me pregunto: “¿qué son cinco horas de vuelo para atravesar un país entero, seguidas de otras ocho para cruzar un océano, más otras cuatro para tocar la provincia de Granada?” Y la respuesta es siempre la misma: toda una nimiedad si el destino final es el rostro eternamente feliz de tus padres al verte.

La sensación de verlos es sobrecogedora y no hay momento en el que mi inflado corazón no brinque y grite, “¡amor a la vista!”, tal y como lo hizo el grumete Rodrigo de Triana al ver tierra. Envuelta en lágrimas, besos, y abrazos retorno efímeramente a mi niñez y me veo caminando cogida de la mano de mi madre y escuchándole decirme, “que guapa está mi hija”. Mi padre, adjunto al cuadro familiar, me sonríe con su pueril orgullo paternal mientras lleva a paso ligero mi gigantesca maleta. A pesar del largo viaje, el cansancio se adrenaliza y durante el trayecto a casa mi mirada se escapa por el cristal del coche levitando las calles que mi querida Granada me proporcionaba cuando vivía en ella.

Aunque me haya americanizado en ciertos aspectos, aun sigo siendo la hija granadina y el haber vivido lejos de la familia, en otra cultura por tan prolongado tiempo, sólo me ha ayudado a adquirir nuevas destrezas. Algunas de estas destrezas me han traído un cambio introspectivo en mi persona, el cual ha abierto una ventana hacia dentro dejando pasar los destellos más finos de luz de esos inseparables seres queridos. La fascinación por sus anécdotas, por las vértebras de su vida, aprehenden mis emociones. Ya no salgo pitando a mi cuarto después del almuerzo o de la cena, sino que reclamo sus historias y les escucho como nunca lo había hecho antes. Me quedo sentada pidiéndoles con la más merecida atención la voz de su vida.

La primera es mi madre, eterna amante de todo lo erudito, protectora del valor de un libro, profeta acérrima de la necesidad de una educación, amiga fiel de una salud universal y partidaria radical del eslogan, “aquí no te faltará nada pero los vicios te los pagas tú”. Ella y yo permanecemos sentadas charlando y gozando de la tertulia de la merienda española. Los ojos de mi madre, ya cansados por la edad pero puros en esencia, me miran y me dicen, “¡ay! que lejos se ha ido mi tesoro”. Yo hago invisibles mis lágrimas que por dentro se descuartizan en mil pedazos porque por fin, creo entender su lamento. Me pregunto después de décadas de negligencia emocional, “¿cómo fue para esta madre, fuerte como un roble, el crecer en una pura Guerra Civil sin padre?”. En más, “¿cómo se pudo sentir al ser criada por un culto abuelo nacionalista y una madre analfabeta?”. —Los civiles llamaron a la puerta y se llevaron a tu abuelo—me cuenta ella con agazapada tranquilidad. Yo la sigo mirando y ella con un gesto de dolorosa resignación prosigue: —Al día siguiente, tu abuela recibía una partida de defunción que indicaba que tu abuelo había muerto por causas naturales.

Yo me quedo perpleja por la frialdad de la acción acometida, por la falsedad evidente de los hechos y le pregunto a mi madre cómo pudo haber sido así, sin más. —¿Qué te puedo contar que ya no se haya dicho de los horrores de una Guerra?—me dice educadamente. Y con esta pregunta empieza a enumerarme descriptivamente algunas de las calamidades que pasaron por sus ojos. Me habla del miedo a la muerte y del odio ideológico hacia tu propio vecino firmando su fallecimiento seguro con un chivatazo. Me habla del aliento descompuesto del hambre y de la supervivencia de los seres humanos buscando nutrir sus estómagos vacíos con cáscaras de patata encontradas en los rincones de la basura. Me habla del futuro de un pobre niño mugriento quitándole de las manos el pan con chocolate al más afortunado del grupo. Y yo encapsulada en su tiempo, la escucho y me avergüenzo de mi misma por haberme quitado el pan de mi boca simplemente porque engordaba.

9 Comentarios
  1. Hermoso!
    Solo los que vivimos lejos de la tierra que nos vio crecer pueden entender la profundidad de ciertas palabras.
    Felididades!

  2. Excelente texto, Pilar. La resignada tranquilidad de tu madre al relatarte cómo desapareció tu abuelo abruma, desazona, pero así es como razona una persona que ha sobrevivido a los desmanes de una guerra. Y aquí en Colombia, tras casi sesenta años de una guerra no declarada, lo sabemos bien: hay que transigir con todo lo que nos desborda para vivir decentemente. El final me encantó: conocemos el valor de la comida no porque abunde sino porque alguna vez faltó. Un saludo.

    • De nuevo Gabriel, mi eterna gratitud por tu comentario y por compartir la voz de tus vivencias en tu país. Nos seguimos leyendo.
      -Pilar

  3. Excelente no, lo siguiente. Pilarmunoz me encanta tu estilo, me encanta lo que escribes, aun cuando lo que dices es la cruda realidad, dejas un halo de dulzura entre líneas. Felicidades y por cierto me encanta tu tierra, me encanta Granada.

  4. Me encanta cariño, se me escapa alguna lagrima por la veracidad del relato.

  5. Felicidades Pilar! No es facil tocar un tema con tanta sensibilidad.
    Eres maestra en tu estilo
    Herminia

  6. FELICIDADES PILAR! NOS EMOCIONA A TODOS

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