Los nietos de la guerra: mi padre
11 de Abril, 2012 14
43
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

La tertulia prosigue con la llegada de mi padre a la sobremesa. Me sonríe cándidamente y empezamos a charlar de nuestras pequeñas trivialidades. Sus relatos y sus consejos los aliña con sus vetustas expresiones que yo las abrazo como mi más querido peluche lingüístico. “Yo pensaba que allí se ataban a los perros con longaniza”, me clarifica mi padre cuando discutimos de ciertos hábitos americanos. Cuánto más lo escucho más firme es mi opinión, y no lo adulo sino que confirmo su integridad, cuando digo que no hay en la tierra hombre con la más ejemplar ética laboral que la de él.

A los siete años, este niño que sucedía tener un extraordinario talento polifacético, tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar en condiciones tercermundistas para ayudar a su madre y a sus tres hermanos. La pavorosa Guerra Civil española y su ahijada la Posguerra también pasaron factura en este lado de la familia. Su padre bajo una lluvia de balas tuvo que salir huyendo por sierras y por montes hasta albergarse en el país vecino. Sin disyuntiva, allí dejó a su esposa embarazada y con tres chiquillos en las tierras dónde un kilo de harina era polvo sagrado de Dios. Yo sólo recuerdo a la madre de mi padre como “mi abuelita de Francia”, siempre elegante, más delicada que Grace Kelly, más fina que Jacqueline Onassis pero quedo petrificada cuando mi padre me explica del deseo inicuo de humillación del otro bando afeitándole completamente la cabeza a su madre.

Mi padre siempre me cuenta sus historietas cargadas de un tierno humor personal. A veces me da la impresión que por ser yo la hija menor siempre ha querido protegerme del dolor, disfrazando la dureza de su propia niñez. Le pregunto si volvió a encontrarse con su padre y me dice que sí.—Yo tuve la suerte de conocerlo, no como tu madre—me indica esta vez seriamente. El exilio y el encuentro después de 22 años sin haberse visto es un alud de inquietudes. Recuerdo haber oído antes pinceladas sueltas de la historia pero claramente fui incapaz de ilustrar la sensibilidad del cuadro que me dibujaba.

Entusiasmado por contarme el relato, mi padre empieza a describírmelo. El reencuentro tiene la capital francesa como escenario y el Río Sena como principal decorado. Me explica que justo el mismo día de su llegada a Paris y tras haber soltado su esperanzadora maleta, su hermano dispuso llevarlo a pasear por la vereda del río. Mientras que ellos descansaban tranquilamente en uno de los puentes del Sena, un hombre desconocido se les acercó pedaleando en bicicleta. Cuanto más se acercaba, más penetrante era la mirada del apacible ciclista. Ya a un metro de distancia, el señor se paró y les dio las buenas tardes a los dos muchachos. Mi padre extrañado por el imprevisto saludo de tal desconocido miró a su hermano buscando una respuesta.

—¿No conoces a este hombre?—le pregunta sonriente su hermano a mi padre.

—No—le responde él inocentemente.

Luego, su hermano mira al hombre desconocido y le dice, “Papá, este es tu hijo, Donoso”. Mi padre hace una pausa en la historia y empieza a llorar por primera vez delante de mis ojos abatido por el reflejo doloroso de sus memorias. Luego me mira nerviosamente y me dice, “Perdona hija mía, es que me he emocionado”. Yo no sé que decirle en tal acto de humildad, de sensibilidad, tan sólo quiero llorar pero esta vez no por mi sino por él.

14 Comentarios
  1. Que bella y tierna historia. Llega mas al saber que es cierta. Saludos.

  2. “A los siete años, este niño que sucedía tener un extraordinario talento polifacético, tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar en condiciones tercermundistas para ayudar a su madre y a sus tres hermanos.” Nada más cierto, Pilar, porque esas condiciones de vida es el pan de cada día en Latinoamérica: cumplir la edad legal para poder trabajar y así ayudar con los gastos del hogar. Aquí es común tal destino, pero no es impedimento para soñar una mejor vida. “Sin disyuntiva, allí dejó a su esposa embarazada y con tres chiquillos en las tierras donde un kilo de harina era polvo sagrado de Dios.” Precioso fragmento. “A veces me da la impresión que por ser yo la hija menor siempre ha querido protegerme del dolor, disfrazando la dureza de su propia niñez.” Excelentes partes, Pilar. Indudablemente, nos seguimos leyendo. Un saludo.

    • Hola, Gabriel.
      Gracias por la atención puesta en mi relato y tus detallados comentarios, me son de un gran valor emotivo.
      Un saludo,
      Pilar

  3. Que bonito describes una realidad tan cruda. Que pena no poder darle dos o tres veces a “me gusta”. FELICIDADES pilarmunoz.

  4. Hola, Erg.
    Gracias por tu precioso comentario. Nos leemos.
    Saludos,
    Pilar

  5. Me gusta tu claridad y sencillez en el relato. Por este camino encontraras tu propia voz.
    Besos infinitos
    MINI

  6. Me gusta,con que claridad y templanza redactas los recuerdos trasmitidos por ellos.
    Muchos besos. Blondi.

  7. Pilarmuñoz: un relato excelente, con expresiones tan preciosas como eso de que el kilo de trigo era polvo sagrado de Dios, y otras tantas que descubren que eres una escritora muy prolífica, inspirada, muy leída.

  8. Acabo de leer esto una vez más y toca mi corazón una vez más. Tu palabras abrir las puertas.

Deja un comentario