Para no romper el alma
3 de Septiembre, 2012 2
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Ni me pegaron nunca en mi casa ni soy papá pero no me hacen falta ninguna de las dos cosas para hablar, con total conocimiento de causa, de la que es estoy convencido una de las peores formas de agresión que se pueden cometer contra un hijo pequeño. Yo no se cuánto daño puede llegar a hacerle a un niño el injustificable abuso que hay detrás de un par de cachetadas, un coscorrón en la cabeza o un rosario de correazos, nunca me cayó uno solo. Imagino que habrán de doler pero, puesto a escoger entre aquellos y lo que, de chico, me tocó en suerte, ahora creo que tal vez hasta los hubiera preferido.

El viernes pasado en un asombroso reportaje de “Abre Los Ojos” sometimos a los pascuales paseantes del Jirón de la Unión a un certero test de violencia doméstica. Sabiendo que los taimados limeños difícilmente responderían “sí” a la ilusa pregunta “¿Le pega usted a sus hijos?” optamos por dar por descontado que todo el mundo lo hacía, que era la cosa más cotidiana y natural así que elegimos una pregunta muchísimo más directa, cínica y campechana: “¿Con qué le pega usted a sus hijos?” y, a manera de material didáctico, pusimos a disposición del encuestado un auténtico catálogo paterno de instrumentos de tortura: correa, chicote de tres puntas o “San Martincito”, palo de escoba, manguera, cuchara de palo, cable de luz, regla de madera, sayonara y zapato. Como quiera que la mayoría eran adultos, lo que tendría que haber sido una catarsis colectiva, (con el mínimo dolor de corazón que se esperaría de tamaña confesión de culpa), se convirtió en una liturgia callejera de la añoranza familiar, de las más entrañables memorias de chiquititud, ni más ni menos que en “La Hora del Recuerdo”.

Todos o casi todos recordaban sonrientes haber sido sistemáticamente flagelados por sus papacitos y muchos de ellos demasiados reconocían alegremente, frente a cámaras y con un desparpajo aterrador haber masacradode vez en cuando, claro, no siempre a sus retoños con alguna de las armas contundentes arriba mencionadas. Las excusas eran, por supuesto, una antología de los grandes mitos de toda la vida: 1) “Es la única manera de que los chicos crezcan derechitos.” 2) “Mi mamá también me daba de alma y yo ahora se lo agradezco.” 3) “Las criaturas son terribles y no entienden razones.” 4) “Tienen que saber quién es el que manda acá porque si no, nunca aprenden a respetar”. 5) “Yo les pegaba bien duro cuando me traían un rojo en la libreta y todos me salieron excelentes profesionales”, etcétera. No vale la pena detenerse siquiera a analizar alguna de todas esas idiotas justificaciones de la brutalidad, variaciones hipócritas de aquel viejo e infausto lema con el que domesticaban a nuestros bisabuelos: “La letra con sangre entra.”

A pesar de que no soy padre o quizá precisamente porque no lo soy sé mejor que nadie que es absurdoademás de profundamente estúpido, ruin, imperdonable, cobarde, inaudito creer que la violencia que está en las antípodas del amor pueda ser la manera de educar a un hijo. No me cabe en la cabeza o, si cabe la ironía: yo no logro concebir que una pareja pueda cortejarse, enamorarse, convivir o casarse, engendrar un niño, esperarlo con ilusión, llorar al unísono viendo y escuchando el infaltable videíto de la ecografía, tejerle ropones y comprarle peluches gigantes para que finalmente nazca y les ilumine la existencia y… apenas alcance el tamañito suficiente, poder por fin sacarle la entreputa a latigazos o puntapiés sin misericordia. Tengo la modesta impresión de que semejante proyecto de felicidad familiar carece del menor sentido pero si esa fuera la fórmula mágica de la buena crianza, la verdad es que yo paso.

“Nunca me pegaron en mi casa” – fue la escueta, casi insólita respuesta que di cuando, en la ultima reunión de mi equipo de producción del noticiero, la sola mención del controversial temita desencadenó un animado debate en el que todos participaron y en el que cada nuevo testimonio sonaba más perturbador que el anterior: a una la levantaban de madrugada en viernes santo para meterla a la ducha helada y azotarla en nombre del dolor de Cristo crucificado, a otro le partían en la cabeza los platos del almuerzo que se negaba a comer, a otro le lavaban la boca con pulitón cuando decía lisuras y a otro más lo sentaban en ladrillos calientes cada vez que se orinaba en la cama.

Yo no tuve ninguna historia parecida que contar. No mentí al decir que mis papás nunca me pegaron porque no lo hicieron pero lo que no dije (porque aquello se hubiera convertido en un relato interminable) es que, desde muy chico, desde que tengo memoria, crecí en medio de una violencia sorda y feroz que, en algunas épocas, llegó a convertirse en el monocorde fondo musical de mi ermitaña niñez de hijo único: los gritos de mis padres peleándose, discutiendo sin tregua, exasperantemente, durante horas y horas por las razones más triviales que pueda el lector imaginarse: un táper de comida olvidado en la refri, el helecho marchito por falta de riego, un recibo de luz impago, un tubo de crema dental mal tapado, el perro durmiendo sobre el confortable, la marca blanca que el vaso mojado dejo sobre el fino laqueado de la consola, las maledicencias de la vecina obesa de enfrente, el maldito elástico de un calzoncillo que el detergente había arruinado. Ahora que enumero los ridículos pretextos que, cada semana, cada quince días, precipitaban a mi mamá y a mi papá a una nueva y atroz declaratoria de guerra, casi podría decirles que me enternezco de pensar lo sencillo que hubiera sido hacer que mi infancia fuese un poquito menos triste y sola. Liberarme del pavor que sentía cada vez que volvían a agredirse y a lanzarse insultos que ni siquiera entendía, del terror de que un día se fueran a las manos, de la culpa de creer que yo tenía que ser el único causante de todo eso, del miedo de que ya no se quisieran más y que, en consecuencia, tampoco me quisieran más. De mis precoces y horribles ganas de desaparecer en pedacitititos.
Como puede verse, este artículo es, en realidad, un llamado de auxilio. Porque diciembre es el mes más cruel y miles de niños van a llevar a casa libretas con notas tan malas como las que llevaban ustedes o yo. Y miles de padres estarán prestos para humillarlos, para torturarlos, para insultarse o para insultarlos cruelmente por eso. Para precipitarlos hacia la vergüenza, el desprecio, la desesperación y el suicidio por eso. ¿Para eso se reproducen ustedes? ¿En serio? ¿Para eso? Yo no he tenido esa suerte pero si tú que estas leyendo esto tienes un hijo no sé qué estás esperando para tirar este periódico al piso y correr a abrazarlo en este instante.

2 Comentarios
  1. Un escrito muy interesante y que cala con facilidad.
    Esa violencia gratuita que crea niños siempre inseguros, que se refugian en esa misma violencia para enmascararse.
    Un abrazo, Maldita Ternura.
    Luna

  2. A favor, totalmente. Mi voto.
    Un saludo.

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