Reyes, príncipes y cenicientas
25 de Octubre, 2012 23
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Han pasado años desde aquellos tiempos de ilusión cuando semanas e incluso meses antes todo giraba en torno al día mágico.

Aún recuerdo uno de aquellos días esperados con desmedida ilusión porque –inducido por mi madre- había enviado carta no solo a los Reyes Magos, sino también a una reina europea que por entonces ocupaba las páginas más glamurosas de las revistas del corazón. A medida que se acercaba la festividad de la Epifanía, crecía la inquietud en mi inocente espíritu, atrapado por la duda de cuál sería la disposición de su graciosa majestad para conmigo. El asunto se convirtió en tema recurrente de mis hermanas mayores y mi madre. Inocentemente preguntaba con insistencia si la primera dama belga se avendría a satisfacer mi deseo; ellas, en connivencia, solían decir que aún había esperanzas, que tuviese paciencia. Pero, para añadir más gotas de inquietud a mi impaciencia infantil, comentaban a menudo que era posible que no pudiera atender todas las peticiones, que éramos muchos niños en el mundo, pero que, si no este, tal vez el próximo año…

Mi madre, gran fabuladora, que manejaba, además, el suspense con habilidad, solía contarnos historias que nos dejaban boquiabiertos, expectantes y deseosos de que no acabaran nunca. Aquella vez su imaginación se había superado convirtiéndome en coprotagonista de una narración por partes y creándome expectativas de consecuencias materiales.

Con frecuencia, a hurtadillas, ojeaba alguna de aquellas revistas buscando la sonrisa beatífica de su majestad en instantáneas tomadas mientras saludaba a sus súbditos. La miraba extasiado haciendo cábalas sobre mis posibilidades, y mis pensamientos se inclinaban porque aquél semblante bondadoso atendería mis deseos.

En algún momento desperté a la verdad; no recuerdo cómo ni cuándo, pero nunca hubo preguntas, reproches ni justificaciones. Tal vez me produjese decepción o quizá ya habría añadido elementos defensivos que me ayudaran a sobrellevar pequeñas contrariedades.

Nunca se volvió a hablar de ello, de aquel momento concebido para colmarme de ilusiones, de transmitirme un mensaje optimista —tal vez engañoso pero con buena intención—, que todo podía conseguirse con escaso esfuerzo y mucha fe. Todo tan fácil: carta enviada y deseo cumplido.

Antes de aquello, mis fantasías ya se habían alimentado de los cuentos tradicionales, cuyos escenarios eran parte de un mundo superlativo donde valores como el amor, la magia y la honestidad prevalecían sobre todo lo demás.

Más tarde, ya en la pubertad, sentí curiosidad por saber qué contaban aquellas fotonovelas que mis hermanas leían con verdadero afán. Vencido por la tentación, a escondidas —eran lecturas no recomendables para varones—, leí algunas de ellas. Los desenlaces, superados los conflictos a los que el autor o autora sometía a los protagonistas, siempre eran propicios. Confieso que, comenzada su lectura, no paraba hasta respirar profundamente mientras me recreaba en la última fotografía, que generalmente era una joven pareja besándose, olvidados del mundo y entregados a su recién hallada y merecida felicidad.

Sin duda que aquellas lecturas contagiosas prendieron en mi subconsciente hasta que oportunamente fui despertando a la realidad.

Personas cercanas preguntan por qué mis escritos, el contenido de mis mensajes, encierran los aspectos negativos del alma, de las bajezas humanas… En ocasiones me han sugerido que escriba alguna novela divertida, romántica o humorística. Arguyen que el contenido de los escritos difiere de mi actitud ante la vida, que no soy ni parezco un tipo amargado, sino lo contrario, un individuo optimista, que incluso a veces resulta simpático. Reconozco que la primera vez quedé sorprendido. Reflexioné sobre ello y recordé que más de una vez, rememorando aquellos cuentos de hadas, había sentido la tentación de cambiar sus finales. Un pensamiento que me persiguió durante mucho tiempo. Y recuerdo que, en algún momento, asumí mi propio reto, pero me encontré con un problema: debía rescribirlos íntegramente, aunque mantuviese los mismos personajes y circunstancias, pero el periodo a contar tendría que comenzar necesariamente a partir de la boda, del convite, de los besos y de la luna de miel, cuando los novios quedaban a solas y comenzaba la convivencia, el conocimiento del otro, de las costumbres, de las manías y de los malos humores. La chica, por ejemplo, que no se adaptaba al protocolo palaciego, que de cuando en cuando afloraba su natural asilvestrado, que los regios suegros no acababan de tragarla, que el príncipe carecía de carácter, que era poco higiénico, que bebía demasiado y que, además, fallaba estrepitosamente en las relaciones sexuales dejando insatisfecha a la flamante dama; después, tocaba la lucha contra la traviesa prole; al soberano pueblo, que en algún momento jaleó la romántica historia, esa unión comenzaba a parecerle un error. Finalmente sobrevenía el divorcio, la soledad, la vejez, la enfermedad y la muerte.

Quizá la vida se aproxime más a estos últimos planteamientos que a un corto y placentero periodo.

No, definitivamente mi opción no pasa por el puro entretenimiento ni por plasmar escenarios teñidos de rosa, sino por el intento de reflejar hechos ajustados al entorno, que sirvan de defensa contra la adversidad y ayuden a conducirse por la senda del conocimiento y de la prudencia. Y no es que reniegue de mi niñez entre algodones, que piense que una infancia feliz estigmatice toda una existencia, pero sí que, al despertar del sueño de la infancia y posteriormente de la adolescencia, crea desconcierto.

Me inclino, sin dudarlo, por diseccionar la cara oscura del género humano con el secreto ánimo de contribuir a clarearla, para evitar caer en la autocomplacencia cerrando los ojos y dormir un plácido sueño, para crear un estado de prevención y proveer de unas alertas que nos ayuden a afrontar y superar adversidades, para persuadir que hay que entregarse a cada momento favorable, disfrutarlo hasta las entrañas, sentirlo vivo dentro de nosotros como una ocasión única e irrepetible. En todo caso, sirva esta visión crítica de contrapunto a mundos oníricos.

Olvidaba decir, amable lector, que el egregio regalo llegó a tiempo: lo encontré sobre mis zapatos y lo abrí con desbordada ilusión, como cualquier niño.

23 Comentarios
  1. Me ha encantado.
    Vas permitiéndonos conocer tu verdadera esencia. Gracias por ello.

    Me parece fantástico que escribas ajustándote a la realidad, porque la vida no termina en se casaron y fueron muy felices, ahí es donde comienza la verdadera historia. Es preciso tener los pies en la tierra, aunque nuestra imaginación este en las nubes.
    Un gran abrazo y mi voto.

  2. Muy bueno, sos vos, o un personaje? Engancha. Voto!

  3. Muy bueno, aclaras tu punto de vista y me parece genial, cada quien ve la realidad a su modo.
    Un abrazo.

  4. Muy bien escrito TH, me congratulo de leerte. Mi voto

  5. Un choque que sin duda, si no rompe si hace cimbrar la percepción de la vida, con la crudeza del mundo real al abrir la puerta de la adolescencia….gran texto….saludos y voto….

  6. Excelente reflexión en la boca de un niño. Enhorabuena y voto.

  7. Tantas realidades como personas.
    Un abrazo

  8. Pienso que en cada historia hay un poco de nosotros mismos, vivencias, sueños o deseos, mezclados a veces con fantasía, adornado y envuelto para no desnudar por completo nuestro interior.
    Me ha gustado mucho tu texto.

    Un abrazo y mi voto.

  9. Gracias, Lucía. La vida, a mi modo de ver, es una montaña rusa. Mi consideración y un abrazo. T.H.Merino

  10. Gacias, Pernando. Sí, es un aspecto de mi feliz infancia. Nunca he publcado nada autobiográfico, pero la primera parte de este texto es un homenaje —desgraciadamente póstumo— a mi madre. Gracias de nuevo y un abrazo. T.H.Merino

  11. Gracias por tu presencia en mis textos, Moli; tambén por el comentario. Un abrazo. T.H.Merino

  12. Tan amable como siempre, Lidy, Muchas gracias y un abrazo. T.H.Merino

  13. Ese es mi pensamiento, apreciado Osorio. Despertar a la realidad es, a veces, duro. Un abrazo. T.H.Merino

  14. Agradezco mucho tu presencia y comentarios, Antonio. Recibe m abrazo. T.H.Merino.

  15. Muchas gracias, Diádenes, por estar presente y comentar. Un abrazo. T.H.Merino

  16. Agradezco mucho., Luna, tu presencia en mis textos. Tengo la idea de que tus comentarios van formando parte de ellos. Recibe mi cálido abrazo.

  17. No quiero olvidarme de esa persona que vota siempre mis escritos de manera silenciosa —sin identificarse—. Le envío mi reconocimiento y abrazo. Muchas gracias a ella. T.H.Merino

  18. Una profunda reflexión final amigo T.H., me agradó mucho tu honestidad, eso enaltece tu grandeza humana. Mis respetos, mi voto y un abrazo. (Voto)!!!!

  19. Grac ias, amigo Rafael, por tu grato comentario y… por tu voto. Un abrazo.

  20. No es malo soñar, pero al final la realidad siempre llega.
    Saludos y mi voto.

  21. Merino, señor escritor, estoy de acuerdo contigo, hay que vivir cada momento,pero el de ahora mismo,no el de mañana, y menos de unos años atrás.
    Recibe una gran felicitación por tu narrativa dotada de un estilo claro, conciso, sencillo y natural.
    Mi voto
    Volivar

  22. Gracias, Sofista, por tu presencia y comentario. Mi afecto. T.H.Merino

  23. Sí, amigo Volivar, creo que compartimos —y me congratulo por ello— planteamientos vitales. Gracias por estar presente y por tus gratas apreciaciones sobre mi prosa. Te envío un abrazo. T.H.Merino

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