Trabajos sucios
16 de Abril, 2012 3
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El cabo Egmont abrió los ojos y la primera imagen que tuvo aquella mañana, como siempre, fue la mugrienta parte de abajo de la litera de su compañero de trabajo, el soldado Hietck Heggel.

Como cada día desde hacía ya un año, Egmont se incorporó y golpeó la cama de Heggel cuatro veces para despertarlo. Justo después, se levantó y se miró en el mugriento espejo para, acto seguido, meterse dentro de aquel uniforme verde que hacía que pareciese tan fiero.
Entonces, se levantó Heggel, el cual saludó a su superior con aquella mirada profunda, y procedió a embutirse también en su traje.
Salieron del cuarto y caminaron por el patio. Allí, las personas trabajaban y no paraban de moverse de un lado a otro, bajo las órdenes de sus respectivos superiores. Los niños correteaban, se escuchaba algún que otro llanto, se veía a lo lejos algún que otro abrazo, y se escuchaban, por encima de todo aquel barullo, infinidad de frases imperativas.
Tanto Egmont como Heggel caminaron con paso firme hasta llegar a su puesto de trabajo.
Una vez en la puerta, el soldado la abrió y cedió el paso al cabo.
Lo que aquella tremenda puerta de hierro oxidado escondía tras de sí era, por así decirlo, el lugar donde ambos pasaban doce horas al día.
Caminando por el pasillo no se escuchaba ni un alma y, una vez en la oficina, sellaron la puerta y cada uno tomó su asiento para esperar la señal.
Tras una hora y media sonó la primera alarma del día. Como si estuviese siendo movido por un titiritero, el soldado Hietck Heggel se levantó de su silla, mientras que el cabo Egmont se limitó a suspirar.
Se escuchaba el barullo atravesando el pasillo que precedía a la oficina. Ambos militares lograron distinguir amor y miedo mezclados con palabras como “agua” y “baño” en aquel murmullo.
De repente, como cada día, sonó la segunda alarma, la que les indicaba que debían actuar.
Aunque odiaba hacerlo, el cabo Egmont se levantó, y tomando la mano del soldado Heggel, le ayudó a tirar de la palanca, como si le estuviera enseñando a hacerlo.
Tras unos minutos, silencio.
Padre e hijo se miraron, y con lágrimas recorriendo sus rostros se indicaron que no podían soportar más ser los encargados de tirar de la palanca de las “duchas” en Auschwitz.
3 Comentarios
  1. Terrible relato. Seguramente muy real.

  2. Triste, pero no por el relato ,sino por la realidad que lo recorre. Está muy bien recordar la historia del mundo, y no olvidar a tantas almas caídas, gracias.
    Un saludo EDU!

  3. ¡Muchísimas gracias! Me parece necesario recordar tal barbarie. Un saludo.

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