[Quiero compartir con esta red, un pequeño artículo que realicé para la revista "Cruz de guía", en concreto para un número que a día de hoy no ha visto la luz aún. Hago esta pequeña introducción apresada entre corchetes para aclarar, que este texto es algo muy personal e íntimo, nada para un público general, dado que habla del mayor sentimiento ilógico que se tiene en un pequeño pueblo de la Subbética cordobesa: en Cabra. Allí, nos encontramos que el mayor movimiento asociativo no es otro que la Semana Santa y sus hermandades y cofradías. Eso mueve nuestros sentimientos y eso nos invita a escribirle a esas caritas apenadas que lloran por la muerte de su hijo. Es una historia trágica que me gustó poder describir, en concreto la de mi virgen de la Piedad, que pudo por primera vez este 2011 ver a su hijo, el señor del Amor en frente de su cara. Ni qué decir tiene que nombres propios como calles son de mi natal Cabra, espero que no interrumpa la lectura este detalle.]
Esa frase que encabeza el texto, bien podría haber sido pronunciada por cualquier egabrense que paseando un Jueves Santo, la viera. ¿Por qué llora, a la que se ve bajar la calle Mayor entre flores blancas bajo el brillante sol matutino?
Va mirando hacia abajo, al suelo quizás, ¿o será que hay algo?, ¿qué habrá allí que tanto la conmueve y que le hace caer esas cinco lágrimas, que como rocío de la mañana en una planta por su cara resbalan? ¿Qué observan sus ojos para que su mirada a la vez desprenda tanta rabia y tanta dulzura?
En su boca entreabierta se adivina un grito callado, un gemido de impotencia ante la imagen que por sus pupilas entra. Su expresión nos indica, que se siente horrorizada ante lo que ocurre frente a su precioso rostro, una escena que contiene la mayor tragedia jamás vista, el mayor dolor que pueda sufrir una madre.
Lleva esta señora, muchísimas horas de sufrimiento, cansancio, rabia e impotencia ante lo que le ocurre a la persona que más quiere. Ese es el motivo para que no pueda llevar la espalda recta en estos momentos, y por eso va inclinada hacia delante: no puede más, sabe que todo está terminando, pero que aún le queda uno de los momentos más dolorosos, la última vez que lo podrá ver en la faz de la Tierra.
Sus manos entrecruzadas se agarran una a la otra con la poca fuerza que le queda ya. Se las lleva hacia el corazón: un corazón dañado y que se muere de dolor como si siete espadas lo atravesaran. Tiene los dedos desgastados, pues todos los que la conocen, los han besado para acompañarla en su penuria, para intentar aliviarle un poco su pena.
Pero un detalle salta a la vista y conmueve aún más a los que la ven caminar: el rosario que de sus muñecas cuelga, símbolo de que; por mucho mal que haya vivido, sigue teniendo la esperanza en la Fe de Dios, sigue creyendo en Él y sigue implorándole para que no permita que aquello continúe, por mucho que ya esté todo escrito.
¿Qué es eso que está sucediendo a su alrededor en ese instante del mediodía del Jueves Santo? Todos ya lo sabíamos, todos conocíamos su historia y porqué estaba al pie de una cruz de madera en la que apoyaban escaleras.
Pero es ahora, más que nunca, cuando se hace visible; cuando sin tener que imaginarnos, vemos el contexto. Es ahora, que las blancas flores se han transformado en lirios morados del monte Calvario. Es ahora cuando, aunque arropada por más personas en su doloroso camino, comprendemos mejor su soledad. Es ahora, cuando aquel que se preguntara por qué llora la Piedad, no tenga que hacerlo más. Es ahora, cuando podemos ver la tragedia que ella observa, la tragedia que da significado a todo lo que sentimos por ella, que no es otra que la de ver como el Amor, su hijo, ya está muerto y se lo llevan a sepultar, sin poder hacer nada para evitarlo.


