Como cada día, todos los años entro en vuestras casas sujetado por dos manos. La ornamenta es espectacular en algunos casos: me han decorado con coches, letras muy extrañas que jamás he visto, muñecos de mundos desconocidos,… y aún así siempre me hacéis desaparecer. Es reconfortable entrar en vuestros hogares y ver vuestra cara de sorpresa aún sabiendo que es el momento de mi aparición. Me colocan ante ti. Y veo crecer una sonrisa inolvidable, imposible de borrar en vuestras caras. Pero esa sensación es efímera, ya que para poder seguir viendo esa sonrisa año tras año, debo morir. Y así es como me lo pagáis. Os ofrezco mil sabores y mil ilusiones pero al final os acabáis devorando mi persona a bocados. Y lo último que escucho en vida entre vosotros es:
-¡Ya verás hijo mío qué bueno está el pastel de cumpleaños que te he hecho yo misma!.
-Gracias mamá.


