Yo vivía en una casa majestuosa. Mis padres me adoraban y yo a mi hermana, mi colegio y mis maestros eran fabulosos. Todo comenzó a torcerse cuando los nazis invadieron nuestra humilde aldea. me pasé días vagando por algún sitio que desconocía. No recuerdo casi nada, tengo vagos recuerdos en mi mente. Recuerdo que de repente me vi en la calle: pudiendo comer lo que podía, vistiendo lo que podía, gente anónima intentaba ayudarme… Nunca volví a saber nada más de mi familia: ni de mis padres ni de mi hermana, que era más pequeña que yo. Ella tan sólo tenía 4 años. Yo tenía 9 por aquel entonces y muchísima hambre. Me viene a la mente una escena siempre, supongo que era por el placer que sentí cuando llegó a mi estómago. Llevaba casi tres días sin comer nada de nada, ni agua siquiera. Se me acercó un soldado nazi y, creyendo que estaría perdido, me ofreció un poco de compañía y comida.
-¡Por fin!.-exclamé cuando vi llegar el plato a la mesa.
Me obligó a comérmelo todo. Aunque éso no era problema, porque estaba muerto de hambre y por supuesto lo acabé entero. Me quedé muy satisfecho.
- Gracias.- le respondí educadamente.
- No debes dármelas a mí.- contestó mientras se encendía un cigarrillo.
No entedí aquéllo en aquel momento.
- Dáselas a tu hermana.
-¿Está aquí? ¿Puedo verla? - pregunté impacientemente.
Se rió cruelmente.
- Te la has comido, ¡qué aproveche!



Waaa… Qué relato tan fuerte.
Muchas gracias Gustavo.