Abre los ojos, la intensidad de la luz que entra por la claraboya, le hace retroceder en su intento de abrirlos, la luz le ciega, ese primer contacto con la luz después de tantos años sin poder abrir las costuras que pegaban sus parpados, le hace comprender. Los abre de nuevo en un tímido intento de vislumbrar la luz que a manera de naranja gigante lo enceguece de nuevo.
Observa bajo su nuevo estado el cuarto que lo atrapa para siempre, cuatro paredes que le parecen demasiado estrechas desde la última vez que logró divisarlas. Las cuatro paredes han hecho del espacio un lugar mínimo donde respirar, le parece a Humano B, que han pasado siglos desde la última que pudo corretear por el otrora inmenso recinto.
Las paredes se han cubierto de musgo y enredaderas reptan por las pequeñas grietas de estas. Intenta incorporarse de la cama y a duras penas lo logra, retira el cobertor que cubre sus extremidades entumecidas, quiere pararse, pero no puede, sus piernas están rígidas, horrorizado, observa que sus pies se han convertido en raíces que atraviesan la cama y se pierden en el suelo gris de la estancia. Ahora comprende que tantos años de encierro, han hecho de él, una extraña mutación. Ahora comprende el porqué de su soledad.


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