-¿Qué echan hoy, papá? –preguntaba Julieta con la ilusión colgada de sus palabras.
-Una de indios y vaqueros –respondía su padre sin más adornos.
Julieta tenía ocho años por aquel entonces. Se colocaba frente al televisor y se quedaba ensimismada con las imágenes en blanco y negro. Le encantaban las de indios y vaqueros porque tenía la oportunidad de ver caballos. Siempre se ponía de parte de los indios. No soportaba la injusticia del hombre blanco y la prepotencia de sus gestos.
También se quedaba embobada con los musicales. En su afán por emular a Fred y Ginger, más de una vez abandonaba la salita y recorría el pasillo zapateando y haciendo cabriolas con un vestido largo imaginario de mucho vuelo y con lentejuelas.
Sin embargo, cuando a media película oía a su madre que le decía: “Julieta, ya es la hora, a catecismo”, un sabor agridulce quedaba engarzado entre los pliegues de aquel vestido.
La niña, hasta entonces enfrascada en una historia mágica y maravillosa, volvía de golpe y porrazo a la realidad; maldecía aquella estúpida idea de tomar la comunión, y salía de casa enfurruñada por no poder acabar de ver la película, mientras imaginaba que un jefe sioux la tomaba por esposa.



JA, ja, muy bueno, es como para volverse atea.
Sólo cambiaría, en la siguiente frase, el segundo “frente” por un “con”, ya que se repite la expresión.
“Se colocaba frente* al televisor y se quedaba ensimismada frente* a las imágenes en blanco y negro”
Saludos!
Nelo
Como siempre, Nelo, muy acertada tu observación. Lo corrijo ahora mismo.
Hola Julieta! Me ha gustado tu relato. Interesante punto de vista de las ensoñaciones de un niño contra los deberes que le imponen los mayores. Ese sabor agridulce que bien define el título.
Me alegra haber transmitido ese sabor. Gracias por leer y comentar, Kiko.
Muy bueno Julieta, me ha gustado mucho, como siempre, ,…
Recuerdos de niñez??
un beso!
Hola Julieta
Pienso que “Agridulce” es un título excelente para describir el sabor de la infancia, que bien has sabido evocar en esta composición de grato estilo.
Tal y como la protagonista de este texto, todos hemos pasado en la niñez por una época en donde la magia y el descubrimiento eran lo más importante. Pero así también las obligaciones de la cotidianidad nos orillaban a constreñir este mundo de maravillas, héroes y heroínas hasta su eclipse absoluto.
Textos como este que nos compartes, nos devuelven un poquito, de manera reflexiva y nostálgica, de esa edad tan bella.
Muchas gracias
Atte
Ademir
¡Julieta! ¡Buen micro! A mí también me ha parecido que hay un poco de ti en esta pequeña bailarina. Me ha gustado.
Como siempre, el sabor que me queda bailando al leerte, no es nada agridulce.
¡Un abrazo!
Gracias a todos. Sí, hay un poco de mi niñez en este relato. Es inevitable escribir sobre lo que mejor conoces.
Felicitaciones es un micro muy bonito, gracias por compartirlo.
Julieta Vigo: leo todo lo que sale de tu exuberante inspiración.
Esto es magnífico…. un recuerdo de la niñez, cuando nos era odiosa la obligación de obedecer a nuestros padres, dejando nuestros juegos y diversiones.
Atentamente.
Volivar (Sahuayo, Michoacán, México)
Muy bueno el relato Julieta. Interesante el contrapunto entre la magia del cine y el catecismo segundo la visión de una niña…Felicitaciones.
Gracias, Rosemarie. Siempre es agradable leer tus cometnarios. Por tu forma de hacerlos, siempre resultan dulces.
Me gusta que el mundo de ficción de la hija se vea interrumpido por el mundo de ficción de la madre. Es como si un adulto le dijera a un niño: “Deja ya de soñar con eso, y prepárate para soñar con esto otro.”
Creo que es un buen cuento, para meditar en como se percibe la religión en la actualidad. Una Julieta que ignora que en realidad, podría seguir soñando en la misa.