Volvíamos de enterrar a Camilo, mi tío abuelo. Íbamos demasiado rápido entre la niebla y seguí recto donde había curva. Nuestro coche dio dos vueltas de campana ladera abajo. —¿Estás bien, Laura? —pregunté escupiendo sangre. —Mejor que tú —respondió irónica—. ¿Te imaginas? Casi nos matamos volviendo de un entierro, ¡vaya! Permanecimos un rato abrazados antes de salir afuera. En la vida habíamos visto tanta niebla. Sentimos frío. —Lo importante es que estamos vivos —me consoló Laura ante el coche destrozado. —Alguien vendrá a socorrernos —añadí confiado. Tenía razón: entre la bruma, apareció nuestro salvador. Era Camilo, siempre dispuesto a ayudar.
Atajos
5 Comentarios



Buena economía de palabras que abren una gran historia. Un saludo y mi voto a este gran arte que dominas.
Un saludo
Muy bueno, Lengua, con un final estrujante. Abrazos y mi voto.
Impresionante, enhorabuena por este relato, lo contaré a mis amigos en nuestros cuentacuentos citando a su autor.
Lalenguasalvada: ah, narración; Dios nos libre de recibir una ayuda semejante. de no morir por el accidente, se va uno a la tumba al ver quién acude en nuestro auxilio.
Mi voto
Volivar
Genial, totalmente conmovedor.