Despierto sobre el frío metal, entre tijeras, pinzas y bisturíes.
Mis signos vitales están siendo monitoreados por aparatos que alguna vez escuché mencionar.
Lo primero que noto es que no hay nadie a mi alrededor.
Solo el suero que no me deja mover el brazo derecho y la correa que me sostiene el izquierdo.
No sé si estoy anestesiado, pero hace tiempo que no me siento tan feliz.
No tengo idea de cuanto tiempo llevo aquí.
Pero a juzgar por el hecho de que no recuerdo en que trabajaba, no puede ser poco.
Sé que creí en dios, porque siento ganas de rezar.
Y sé que creí en el diablo, porque tengo miedo de mirar.
No estoy seguro de si quiero salir de este lugar,
Pero sé que no me quiero quedar.
Y ahora me esfuerzo por respirar.
Y ahora me es más fácil escuchar, hay gente fuera de esta habitación.
Creo oír algo sobre el precio de los órganos.
Es curioso como a pesar de no recordar prácticamente nada de mi vida, te recuerdo a ti.
Pero es aún más curioso como confundo tu voz con la de una de las personas que están justo afuera de aquí.



Muy buen relato con un final escalofriante. Felicitaciones, Armienta y mi voto.
Sí, pone los pelos de punto, sobre todo en la parte en la que los familiares empiezan a hablar de los órganos… Me recuerda a aquel famoso relato de Stephen King, “Sala de autopsias nº4″ En el que los forenses estaban a punto de hacerle la autopsia a un hombre vivo, me produjo el mismo desasosiego. Mi enhorabuena y voto
Gracias. El tema del relato cambió cuando lo estaba escribiendo.