Beatitud
19 de Agosto, 2012 3
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Despierto sobre el frío metal, entre tijeras, pinzas y bisturíes.
Mis signos vitales están siendo monitoreados por aparatos que alguna vez escuché mencionar.
Lo primero que noto es que no hay nadie a mi alrededor.
Solo el suero que no me deja mover el brazo derecho y la correa que me sostiene el izquierdo.
No sé si estoy anestesiado, pero hace tiempo que no me siento tan feliz.

No tengo idea de cuanto tiempo llevo aquí.
Pero a juzgar por el hecho de que no recuerdo en que trabajaba, no puede ser poco.
Sé que creí en dios, porque siento ganas de rezar.
Y sé que creí en el diablo, porque tengo miedo de mirar.
No estoy seguro de si quiero salir de este lugar,
Pero sé que no me quiero quedar.

Y ahora me esfuerzo por respirar.
Y ahora me es más fácil escuchar, hay gente fuera de esta habitación.
Creo oír algo sobre el precio de los órganos.
Es curioso como a pesar de no recordar prácticamente nada de mi vida, te recuerdo a ti.
Pero es aún más curioso como confundo tu voz con la de una de las personas que están justo afuera de aquí.

3 Comentarios
  1. Muy buen relato con un final escalofriante. Felicitaciones, Armienta y mi voto.

  2. Sí, pone los pelos de punto, sobre todo en la parte en la que los familiares empiezan a hablar de los órganos… Me recuerda a aquel famoso relato de Stephen King, “Sala de autopsias nº4″ En el que los forenses estaban a punto de hacerle la autopsia a un hombre vivo, me produjo el mismo desasosiego. Mi enhorabuena y voto

  3. Gracias. El tema del relato cambió cuando lo estaba escribiendo.

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