Siete largos años tardó Paco en volver a ver a sus padres. Emigró en los inicios de los ochentas sobre las crujientes tablas de una balsa casera en dirección a Miami. Con la ayuda de unos amigos y alguna dosis de confianza en sí mismo se lanzó al mar. De suerte que la presión del trabajo y la lucha por la sobrevivencia en el norte brutal le impidieron pisar tierra cubana durante todo ese tiempo. Cuando se bajó del Lada (carro de fabricación rusa) frente a su casa, en un oscuro municipio del oriente cubano, y los puros -como le llaman los cubanos a los padres- se le avalanzaron para abrazarlo, Paco no conocía a los ancianos que se proyectaban, llenos de lágrimas, contra él. !Es el síndrome de Ulises! -pensó, en la medida en que sentía a ambos cuerpos estrujarse contra el suyo. Su madre había perdido un diente delantero y estaba colmada de canas; ya el viejo se movía con dificultad y -al parecer- no veía bien de un ojo. !Mis viejos, mis viejos! Les murmuraba fijando la vista a lo lejos donde quedaba el mar… Al verlo (al mar, la mar), majestuoso y verde, como siempre, en aquella soleada mañana cubana pensó: no ha cambiado, es siempre el mismo…
José I.H. López



Buen relato, Jose, saludos y mi voto.
Jihlopez: felicidades… qué bien describes la llegada a su hogar paterno de un hijo ausente por mucho tiempo.
Mi voto
Volivar
Me ha gustado, enhorabuena y voto.