12 ene 2012
Ya se acerca la hora del baño, el momento en que más disfruto. Mientras me sujeta con cuidado y enjabona mis partes íntimas no puedo evitar ruborizarme, a pesar de mis setenta y dos años. Pero ella no, su profesionalidad no deja entrever ningún tipo de escrúpulo. Justo en el momento en que pasa la esponja por mi espalda y el sudor de su cuello se mezcla con la espuma, su escote se insinúa y me enfrento de nuevo al mismo dilema: ¿Los abro o los cierro? Entretanto decido, me limito a mirar por el rabillo del ojo.
8 Comentarios


Fantástico. Buen tema, se visualiza a la perfección. : ) Me encantó, un saludo.
Gracias Alba, me alegro de que te haya gustado
Un saludo.
Maravilloso relato. Al leerlo, me he identificado porque yo tuve una sensación semejante cuando tenía que bañar a mi madre (murió hace seis años con Alzheimer).
Muy bueno.
Un Saludo.
Gracias Jacobo, siento mucho tu pérdida. A veces, pensamos que los años quitan la vergüenza, pero para sentir…no hay edad, jamás dejamos de sentir, da igual la emoción que sea. Y lo más bello aun (al menos para mí) es esa inocencia que vuelve a brillar cuando las personas se hace mayores, sí, se hacen mayores, pero sienten como niños.
Gracias por leerlo y por el comentario. Un saludo.
Gracias Luciana, me alegro de que te haya gustado. Gracias por leerlo
Un saludo.
Me encantó el cuadro.
Muchas gracias lauterissimo, gracias por leerlo y por tu comentario.
Un saludo.