Dudé, pero seguí adelante con el plan. Primero sin dinero, después sin lugar.
Desde las diez vueltas que di para llegar a verlo hasta las 10 calles que caminé para encontrarlo.
Era lunes.
Estaba sentado en el brocal de un bar donde no aceptaban cheques. Llevaba el pelo largo y suelto y una camisa de botones con los puños hasta los codos.
Otro bar. Nos sentamos.
El discurso intervenido por alcohol: la sobriedad no me ayuda en las primeras citas.
Una cerveza, una risotada nerviosa, un atisbo descubierto, una sonrisa para distraer. Un libro de comodín, adminículos simpáticos que mostrar como conejos que salen de un sombrero, sólo que brincan desde el fondo de mi bolso hasta la mesa.
Él garabatea mi cuaderno de notas aleatorias, más aleatoriamente de lo que yo jamás he podido hacer.
Silencio.
¿Fumamos? Claro.
10 cigarros después, 10 cervezas después: un beso.
Otro.
Diez para la diez.
La idea: caminar hacia mi carro, emprender la vuelta a casa.
Mentiras, patrañas.
Media hora después seguíamos allí, encerrados: vidrios empañados, ropa fuera. Mi codo contra el freno, su pierna empuja la palanca. Pasa la poli. Ni volteamos.
Medio de la calle. diez y veinte de la noche.
En cueros. Manos, lenguas. La tensión cambió por una menos artificial.
Me voy. chao.
Adiós.
Se fue la noche. Diez para las doce.
(pausa y continúa)
Faltan 10 minutos para que nos encontremos.

