Cuando niño, mis padres no me enseñaron a dejar de crecer. El resultado, durante los primeros años, fue casi imperceptible: era el más alto de la clase y punto. Pero con el pasar de los años llegué a ser el más alto del pueblo, de la ciudad y, estoy seguro, del país. Pronto comencé a sentir que seguía creciendo, pero el cuero ya no daba para más y sentía que mi cuerpo me iba quedando chico. Esta sensación, que en un principio no pasaba de una ligera molestia, pasó a ser completamente insoportable y, así, me vi obligado a mudar de cuerpo. Primero me conformé con ser una habitación, luego llené todo un primer piso y, por último, me hice casa.
Esta es mi historia. Ahora, si tuvieran la bondad de regalarme unos pesos, realmente se los agradecería. Sucede que estoy ahorrando para comprar un pequeño edificio.



Curioso microrrelato (:
Cierto, no deja de ser curioso… y en eso radica su gran calidad.
Genial
Lleno de sabiduría y saber hacer. Gracias por compartirlo, se aprende mucho de el.