Cuando Pablo llegó al lugar para comprar lo que siempre compraba a esa hora de la madrugada, sintió un frío en la espalda. Sin embargo, no pensó que esa era su última noche siendo ese “yo” que conocía bien, o por lo menos, eso creía.
A las tres y quince, con esa luna redonda y esas luces eléctricas iluminando sus zapatos recién lustrados, llegó Guillermo con lo esperado por Pablo. Éste nunca pensó que su vida valía ese par de porros que le iba a comprar. Guillermo sí sabía.
Guillermo llegó con su calzado deportivo y su saco rojo, bien llamativo, como le gustaba vestirse. Pablo pensó que era muy ridículo pero qué le importaba, si él se topaba con gente “con clase”, “la crème de la crème”.
El recién llegado extendió la mano y le dio el tan preciado par de objetos que Pablo necesitaba, por lo menos, eso aseguraba éste. Pablo le pagó sin mediar palabra y dio media vuelta. Iba a dar un paso cuando Guillermo le tocó el hombro. El comprador se volteó y lo miró a los ojos. Guillermo abrió la boca pero no dijo nada, sólo aspiró. Pablo quedó allí, petrificado. El vendedor, después de unos segundos de examinarlo, tomó los zapatos recién lustrados de Pablo y se fue.
Guillermo ahora usa los zapatos del petrificado y todos empezaron a llamarlo Pablo, no sabe bien por qué, pero nunca dijo que no era ese su nombre.



Qué duro, hermoso sin embargo, soy de los que piensan que las cosas cortas dicen mucho mas que las largas… cuando se sabe.
saludos
Azul cook: hermoso, muy hermoso relato. Felicidades.
Volivar, que admira tu forma de narrar, tan atractiva.
(Mi voto)