Historia de un luchador

Lo extraño del personaje era que cuando se movía no lo hacia de una manera concreta. Sus extremidades hacían un recorrido diferente en cada ronda, pero aun así no lograba derribarlo, al contrario, el que acababa con la cabeza a ras de suelo era yo. Mi adversario era siempre impredecible y no lograba encontrar un punto débil en el que poder atacarle. Ni mis puños, ni mis piernas servían de nada ante tan singular individuo. Ya no sabía que método de todos los que conocía utilizar, mis recursos pugilísticos se acababan y mi nerviosismo y resignación aumentaban como la espuma. Nunca me había encontrando ante tal situación y me sentía acorralado, sin más salida que aguantar hasta llegar a un amargo fin o retirarme, dando por perdida la batalla. Me debatía en un bravo mar de dudas: “¿conseguiría abatirle?” ¿Sigo hasta el final, sea cual sea el desenlace?, “¿Qué podía hacer?”. Mi cabeza cavilaba al son de los golpes que esta recibía y los segundos que pasaban corrían en mi contra, acercándome a un desalentador final. De golpe, mientras pensaba en como defenderme, me vi tirado en el suelo, con mi contrincante echado a mi lado, me machacaba el brazo, aplicándome una dolorosa llave. Ya solamente me quedaba golpear la lona con la palma de la mano y ceder el duelo o, seguir hasta sobrepasar el límite y escuchar el chasquido de los huesos de mi inmovilizado miembro. Tras varios segundos de intenso dolor decidí abandonar, pues ya tendría otra oportunidad para corregir mis errores y enfrentarme de nuevo con aquel tipo.

“Amigo, nunca te des por vencido, lucha por lo que quieres y lograrás conseguir el objetivo que te propongas”.

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