Tuve un día muy duro en el trabajo y ahora estaba sentado entre toda esa gente, en su mayoría desconocida, fui invitado amablemente por una mirada de esas que corta tu libertad, junto a esa sonrisa que entierra los trozos en que ha quedado lo que alguna vez llamaste elección.
Coartado moralmente fui sentado en medio de la multitud, de manera automática mi rostro esbozo una falsa alegría al verlos a todos y mi boca pronuncio un nefasto saludo que me introdujo en la reunión. Intente no cruzar mirada alguna, ya que el encuentro provocaría la erupción de preguntas y era justamente eso lo que quería evitar. Mi cuerpo descansaba sobre una mullida silla alrededor de una rustica mesa, pero mi mente viajaba a lugares más felices para mi, más parecidos a mis reales deseos. Una intensa inquietud asaltaba mi corazón intentando jalarme asía la salida, pero el deber me tenia atornillado y mis pies no lograban moverse. Grata fue mi sorpresa, aunque duraría poco, cuando de un salto todo se pusieron de pie y dijeron al unisonó:
-Han venido por nosotros, es hora de irnos.
Aliviado me incorpore, ya casi saboreaba la preciada libertad, y me dispuse a saludar a todos, monstruoso fue mi sobresalto al constatar que sus caras habían desaparecido, eran como un lienzo en blanco, no había nada allí, ni una nariz, ni una boca. Estaban vestidos todos de la misma manera, uniformados con negras sedas y tenían las cabezas rasuradas. Solo una de ellas conservaba una apariencia poco espeluznante, horrorizado le pregunte que sucedía, a lo cual me respondió:
-El rico y el pobre son iguales en la muerte.



Me encantó. Mantuviste mi atención.
Que pesadilla y sin embargo gran realidad.
Un abrazo y mi voto,