Al observar por el ojo de la cerradura la realidad —resumida en los pantalones de él enrollados en los tobillos, el traqueteo de la cama y ella jadeando, clavándole las uñas en la espalda— me superó. Aunque objetara que la pilló en dessous, se trataba de una traición indecente tras dos años de relaciones. Deseaba matarla. Pero me contuve, mareado por el olor a alcanfor, y esperé a oír los ronquidos del tipo para abrir la puerta con decisión. Salí desnudo, con las ropas de la mano, de puntillas, dejando atrás para siempre el dormitorio de ese condenado matrimonio.
In fraganti
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Lalenguasalvada: y todo por andar viendo lo que no a través del ojo de la cerradura.
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