Fue una mañana fría de otoño. Yo me encontraba sentado en un banco del parque terminando de leer un libro y a punto de ir a desayunar a una cafetería cercana, cuando vi que alguien pasaba cerca parándose justo frente a mí. Levanté la vista viendo que se trataba de una chica que se había detenido a encenderse un pitillo. Tenía el pelo castaño y largo, recogido en una cola de caballo, tenía puesta una bufanda marrón al cuello y una chaqueta de cuero y calzaba botas “camperas”. El sol se situaba justo tras su cabeza y parecía proporcionarle una aureola como la de los ángeles. Me miró un instante mientras guardaba el mechero, sus ojos eran grandes, negros de esos ojos profundos en los que perderse y no regresar. Yo me había perdido en ellos de hecho. Me había quedado mirando con cara de bobo. O eso pensé. Ella sonrío, una sonrisa contagiosa, bella y fugaz, pues al pestañear solo conseguí verla de espaldas dirigiéndose a una boca de metro.
Aquella sonrisa me ha marcado para toda la vida, pues siempre que me encuentro solo o mal aquella muchacha y su sonrisa me vienen a la memoria como si hubiera ocurrido ayer mismo llenándome de felicidad, ya que por un segundo apenas, aquella chica me regaló su mejor sonrisa, una sonrisa llena de amor. Aquella que siempre he considerado y considero la sonrisa más bella del mundo.



Me encanta el primer párrafo tan descriptivo.
Gracias por compartir!!
Muchas gracias danniel por tu comentario porque creía que me había quedado flojo aunque veo que no