Lo había escuchado muchas veces antes ya. ¡Lázaro levántate!, ¡Lázaro, muchacho, anda y ve que el día corre, los animales están hambrientos y el campo abierto espera! ¡Lázaro, hombre, despierta que es tarde y debes afanarte aquí y por allá! ¡Lázaro atiende! ¡Lázaro ven! Y Lázaro entonces iba y hacía. Se levantaba adormilado todavía y entre sueños, llevado de la mano por la fuerza de la costumbre, cumplía en automático una y otra vez su deber.
Cuando cerca de las horas crepusculares llegó el sueño postrero y el anhelado reposo eterno fue cobija y almohada tibia en el friecillo del sepulcro, Lázaro descansó. Soñaba. Soñaba con el soñar musgoso de los caracoles sumidos en lo profundo de un pastizal alto y verde que es mecido por un viento suave y de un silbo apacible cuando lo oyó: ¡LÁZARO, ven fuera! Y Lázaro, mecánicamente, se levantó.


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