Esperé un momento para seguir hablando pero enseguida la oí llorar. Siempre me he preocupado de hablarle suavemente, con un tono lineal, afable y cariñoso. Por amor me despojé de mi vocabulario cerril, el de una persona que no ha salido de su aldea natal. Por ella empecé a leer a Borges y a Cortázar. Aún así mi jerga, innata, de familia de encofradores y de albañiles, surge de tanto en tanto. Incluso me ha salido una úlcera por controlar mi verdadera naturaleza agreste.
Y así es como, hace cinco minutos, le dije a mi refinada mujer: “Estoy extenuado de asistir a restaurantes donde lo más grotesco que puede ocurrir, es que te sirvan una ostra exánime o un asado frío”. Cualquier frase más ácida que esa hubiese sido motivo de divorcio. Tengo que andarme con cuidado, su psique no lo soportaría.
A veces echo de menos a Matilda. Una mujer rústica, nacida a escasos metros de la dehesa, un poco cafre pero utilitaria al fin y al cabo. Creo que esto último lo dije en voz alta porque mi mujer se acaba de marcar un in crescendo.
Israel Esteban: http://www.terapeutadesupermercado.com



JAJAJAJA!!! El matrimonio no vale una úlcera Israel. Y si habla en voz alta creyendo que piensa, bien haría en ir planeando una ida al psiquiatra. Muy bueno, de verdad. Mi voto
Me alegro que te lo hayas pasado tan bien como yo escribiéndolo.
Gracias
No se de que me suena…
Me encantó este relato desde la primera vez que lo ví pero como ademas aquí puedo votar, pues ahí va mi voto!!. Un abrazo.
Gracias Soraya. Un saludo