El prestidigitador escondía siempre un par de ases en la manga y una debilidad desmedida por el alcohol. Fuera del escenario, su truco más valioso consistía en hacer aparecer una rosa, que solía entregar a cambio de una noche acompañado. Cuando la mujer entró en el bar, el ilusionista, enseguida pensó en recurrir a la flor, pero primero le pidió una bebida. Esos ojos almendrados, esos labios de mazapán, merecían algo especial. Abrió el puño y no apareció nada. Solo sus palabras rellenando el vacío. Fue su mejor truco: logró que el resto de sus noches tuvieran sabor a Navidad.
Mazapán
3 Comentarios



Muy bueno, Lengua, con un final enigmatico, como el mago. Mi voto y un abrazo.
Gracias, Vmon, pero no sé si el mazapán me ha quedado un tanto dulzón
Lalenguasalvada: o sea, ¿que el prestidigitador no necesitó del as de la manga para pagar el sabor de masapán de aquellos labios? Pues qué amigo, tan suertudo.
Felicidades
Mi voto
Volivar