Se entrenan para estar muertos. Afilan con sumo cuidado los palos de escoba, sacan brillo a las tapas de acero que habían usado antes para ahuyentar a las moscas de la comida; y rezan, pidiendo misericordia a un dios que, hacía tiempo, no parecía responder.
La arena reposa sin ser pisada, el sol resplandeciente enciende ahora la ira de los allí presentes y las bestias enjauladas esperan ansiosas la suculenta merienda que les será entregada con el mayor e intenso aroma a sangre fresca. Ahora es el momento. Hombres disfrazados de corderos luchan con lobos disfrazados de hombres y, a tan solo un alzamiento de un trémulo pulgar, la vida o la muerte, a gritos, reducida a cenizas quedará.



El fulgor del polvo en el campo de lucha, el sudor en la frente de los combatientes…
El primer párrafo parecía más una parodia de la batalla en un juego de niños, pero el segundo, me ha puesto el pelo de punta.
“Hombres disfrazados de corderos luchan con lobos disfrazados de hombres”
Cuidado con la tilde en “dios”.
Un abrazo, Rosa!
Hola Luna! uy! cuanta razón llevas con esa tilde!! que despiste más tonto!! Ahora mismo lo cambio, gracias por la observación!!
Rosa Calzado: eso es, amiga; eso ocurre con inusitada frecuencia: con inusitada frecuencia los hombres, disfrazados de corderos, nos destrozamos unos a otros.
Felicidades.
Cuenta con mi voto.
Volivar
¡Muchas gracias, amigo! Un abrazo español